esqueleto

No puedo hacer nada. No puedo escribir. No puedo concentrarme. Apenas puedo pensar con claridad, pese a que mi mente centrifuga y no se detiene. Pero entra en bucle, en realidad, lo cual es casi peor. Pero no puedo escribir. Intento reseñar un poemario y me lo llevo al terreno personal. Intento escribir un email y termino hablando de lo que no debo. Intento ir al gimnasio, airearme, y sólo pienso en cervezas y en cigarrillos. Intento traducir y lo único que deseo es traducirme a mí para comprobar si me entiendo, si tengo un esqueleto que pueda seguir, unos trazos en los que no me pierda, como todos los días, en esto que se supone que soy. Intento hablar con otros y sólo me sale hablar con I., porque I. sabrá explicarme, porque con I. necesito llegar al origen, aunque sé cuál es el origen, claro que lo sé, cómo no lo voy a saber si no hace ni un año de todo aquello, todo aquello, digo, como si todo aquello me fuese ahora ajeno. Aquello, aquello, aquello. Intento disociarme del origen y lo único que encuentro es caos. Claro, cómo no ibas a encontrar caos, imbécil, si estás destruida para siempre. Pero no sé qué hacer con la destrucción, con las ruinas. ¿Construir de nuevo? Claro. Eso me dice I. y me lo dice todo el mundo, incluso aquellos que aún, como yo, no son capaces de construir. Pero no sé cómo hacerlo. Y no es sólo eso, claro. Hay mil cosas más. Estoy hurgando en toda una vida de mirar para otro lado. Esas no son palabras mías. Eso me lo dijo I. He tenido que mirar para otro lado porque cuando he mirado donde debía me hacía demasiado daño. El exterior, lo que veía, lo que sentía, me destrozaba. Y ahora, a veces, miro para dentro y sí, también me asusto, pero tengo otros mecanismos. Los de antes eran dañinos; llevaba a cabo mi propia guerra y yo le ponía el fin. Decía basta y se terminaba. O eso creía. Ahora sé que no. Ahora no. Ahora esta guerra, que es mía, me es ajena, y no sé cómo librarla. Sólo pienso en quitarme el escudo y dejarme ir. Ver qué pasa. Y qué va a pasar, estúpida. Pero no lo hago. Y dejo de mirar porque esta vez, esta oscuridad, me da miedo. No debo hacerlo. La teoría me la sé. Y este sentimiento no me es ajeno. Yo me soy ajena. Soy yo la que se muestra en el espejo y no lo soy. Me veo desde el exterior, me observo, me examino, y no veo nada. Y si me miro por dentro, si excarvo un poco, brota la sangre y brotan las vísceras. Y no puedo. Grito que no puedo en un mutismo absoluto.

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