durar o arder

Necesito aprender a lidiar con mis entrañas. Saber qué hacer con el alboroto que me veo correr por todo el cuerpo. Los nudos, que se hacen y deshacen una y otra vez, la locura de la sangre revolucionándome entera, las palpitaciones, el reposo inexistente, el dolor. El dolor. El dolor. Repetirlo tres veces como un mantra, como si así, quizás, pero eres idiota, fuese a desaparecer. Idiota y tonta. Pero necesito aprender a lidiar conmigo misma y con lo que siento, con lo que está arrasándome, con lo que está a punto de desbocarse como un caballo loco. Aprender a saber quién es esta persona que vive en mí, averiguar si va a quedarse o es temporal; intentar reconocerla en las pequeñas cosas, en las viejas costumbres, y en las nuevas, en gestos antiguos, en las heridas. Intentar saber si esa que asoma por la herida abierta soy yo o es otra. Y es otra, eso ya lo sabes, no volverás a ser quien fuiste, se ha ido para siempre. Aprender a entender. Aprender a entender que la muerte se lleva consigo a tu ser y que has de reconstruirte de cero, de nuevo, como si fueses un recién nacido. Aprender a lidiar con el silencio atronador que en realidad no deja de gritar. Aprender a lidiar también con el exceso de palabras, con el exceso de guerra que comienza a invadir mi sangre; batallar con la necesidad imperiosa de decirlo todo por si acaso, porque imagínate, porque no quiero perderme más cosas. Y aprender a saber que, aún así, vas a callar, que no vas a decir, que el te echo de menos te lo vas a guardar porque no sé. Recuperar el grito y la paz del después. Unos segundos, al menos, porque no sabemos si estamos aquí para durar o arder.

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