como un caballo loco

Barcelona, algún año impar

En la memoria hay palabras que no se pueden decir.
Duran, y hacen mal y hacen bien, como un caballo loco. Correr
por esos campos sin tapar los ojos del recuerdo para que se detenga.
Respetar el deseo que no fue. Contestarse con nada y
mostrar valor ante el desastre.

JUAN GELMAN

Querida Virginia:

De noche, la iglesia que está en el monte no se ve. Suena y truena como babas bajo tierra. Al buscarla, sólo tropiezo con la negrura. Ahí no hay nada, quiero pensar, pero el arpa de mis venas no me dice lo mismo. Acaban de sonar. Son las dos. La última madrugada en esta ciudad, último comienzo de los últimos comienzos y las últimas veces. Si me preguntases qué esperaba de este viaje y qué me he encontrado, si me hicieses un cuestionario Proust, hallaría yo más dolor del que ahora siento. Estoy metida en mí, encerrada como una ostra que guarda, esconde, purifica algo en su interior —rozando, sin saberlo, la putrefacción— y no podría sino disimular. Te pediría que me preguntases por el murciélago que se posó en la ventana, aún bebé, o por la luz de la ventana en plena noche, o por cómo se veían las patitas de una paloma frente a una tela transparente. Te pediría que me preguntases por la sensación que ha invadido todo mi cuerpo al soñar que abrazaba un cuerpo nuevo o por el sueño de anoche con una mujer a la que siento que adoro. Pregúntame, te diría, por aquello que, entiendo, es lo que verdaderamente soy, por aquello, todo, a lo que pertenezco, sin indagar en la faceta que más terror me provoca, que más tiras de mi piel absorbe. Pregúntame por el roce de su mano, que desconozco. Pregúntame por esta batalla que aún no te sé contar. Pregúntame, si quieres, por mi verano incendiado, o por «esa voz que te grita vives y no te ves vivir», como diría Vicente Huidobro. Pero pregúntame.

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