Querida Virginia


02.15 de la madrugada del 25 de septiembre de 2012

Leo la poesía de Julia Prilutzky en la madrugada de una noche en la que ya debería estar durmiendo; mañana he de levantarme pronto y sé que el día me va a pesar más de lo necesario. No puedo, sin embargo, detenerme en otras poesías que no sean las de Julia o las de Vilariño. Hoy ha sido un día de otoño, como le he leído a alguien. El viento comienza a incrustarse lentamente en mi ventana y si presto atención puedo oír a las hojas caer. Hoy es más otoño que todo otoño junto, me temo. Cuando el viento sopla de esta manera me siento catapultada a mi infancia. No intento entenderlo; mi infancia no fueron huracanes incontrolables en mi habitación. Allí, además, tampoco estaban Julias Prilutzkys ni Ideas Vilariños; tampoco, por desgracia, estabas tú. Había soledad, una soledad constante y liviana, y un silencio apenas interrumpido por el ruido de coches y vecinos. Mi infancia sólo significó un tránsito en el que ni siquiera sabía quién era. Me bastaba alzarme frente a la cama y decidir qué hacer, si finalmente decidía hacer algo. Nada parecía tener demasiada importancia, nada parecía merecer memoria. Y cuando creces y escribes la infancia siempre vuelve, aunque no haya recuerdos. Siempre están las llagas, me digo. Y sí, en mi infancia hubo llagas, muchas, y demasiadas conversaciones a solas. Quizás la poesía me hubiese ayudado a no sentir pasión por la locura; quizás tus palabras me hubiesen hablado de la unión del agua –siempre, siempre el agua desde los cuatro años, Virginia. Decía: tengo que dormir y estoy leyendo poesía. También me digo: tengo que leer y estoy escuchando el viento. Hay veces que me cansan los fragmentos de la vida. Aún estoy desubicada, aún los trozos están llegando a mí. Lo hacen desordenados, ruidosos; están igual de perdidos que yo, igual de tristes, igual. Me cuesta mirar a través de la ventana. Bajo la persiana y enciendo una pequeña luz: es mi forma de penitencia, es mi modo de vivir el luto. Y leer poesía como si se tratase de oraciones: hay muchos dioses a los que leer y venerar, aunque la lectura de la poesía no sea en sí más que una búsqueda –infructuosa casi siempre– de uno mismo. ¿De qué me está sirviendo leer a Prilutzky? ¿Y a Vilariño? Sé de que me sirve leerte a ti: sólo así respiro. Pero ¿y a las demás? ¿Por qué son siempre mujeres, en su mayoría? Prilutzky me está sirviendo de parapeto, igual que Francisca Aguirre, a quien me he acercado –me han acercado, mejor dicho– hoy por primera vez. Ella dice: «deberíamos hacer algo que no fuera morir» y todo mi cuerpo se convierte en una bomba de relojería que asiente; tengo miedo de descubrir más por si exploto. Pero sigo leyendo, kamikaze absoluta, y sigo pretendiendo que no me afecta. Exactamente igual que cuando era niña y pasaba los recreos sola en el patio. Observaba a mis compañeros de clase, incapaces de pasarse consigo mismos más de diez segundos, y me miraba a mí en el reflejo del cristal de los baños o de la entrada al edificio; escuchaba a lo lejos los insultos, las bromas pesadas que recaían sobre mí; las escuchaba en silencio y me hacía la sorda; a veces les decía con la mirada sí, os oigo, pero no me importa, no sois nadie, seguid hablando; aprendí muy pronto a actuar, a pretender. Creo que la infancia no es más que un disfraz que siempre termina por oler mal. No hay infancia absolutamente feliz porque nunca podemos estar vacíos de todo; aunque sea de lodo, de lápidas, de huesos, pero siempre estaremos llenos de algo. Algo que terminaremos por expulsar. Todo nos termina por abandonar. )

Leer poesía siempre tiene este efecto en mí: recuerdo mi infancia, mis amores, y me lleno de objetos fríos y puntiagudos. A veces, como cuando leo a Sexton o a Pizarnik, a Plath, lo cálido se amarra a mí y dejo de sentirme sola; entonces no hay infancias ni amores, hay dolores que no sé de dónde me surgen y que por nuevos son cálidos, adaptables y moldeables a mi cuerpo. Se afianzan entre entrañas y venas, hacen nudos de supervivencia aquí y allá y se apoltronan donde más comodidad encuentran. A partir de ahí crecen, pero siempre teniéndome en cuenta. La poesía que me remonta a amores y a la infancia nunca me ha tenido en consideración; llega y arrasa; consume nervios, sangre, la forma de mis dientes. A veces, incluso, rompe la garganta. Queda el cuerpo destrozado. Con suerte, aquellas cosas cálidas que alquilan tu cuerpo de forma indefinida actuarán de salvavidas, de colchoneta, y evitarán los huesos rotos contra el cemento. Pero ay de ti como no tengas el seguro de vida de las muertes de otros. Leer poesía me enfrenta al tiempo. Me coloca en una especie de cima: a un lado tengo el tiempo vivido, con sus bailarines ejercitando los músculos; al otro lado tengo la nieve, que es el tiempo que me queda. Me pregunto, siempre, si esas heladas significan algo más que lo que entiendo de ellas; extraigo locura y más soledad, y ninguna de las dos cosas me importan demasiado. Me han acompañado siempre. Sé que debajo de la nieve hay más bailarines, pero no sé si aún quedará música en mi interior para hacerlos bailar. Leer poesía me enfrenta al tiempo perdido, a besos antiguos, a besos marchitos. Leer poesía es caer en una trampa. (Se cuela el viento por las rendijas de mi ventana de madera. Siento el frío en las piernas, en mis pies. Pienso en lo poco que necesita la naturaleza para asistir a espectáculos íntimos sin pedir permiso. Miro la hora, las 02.56, y pienso en Alejandra Pizarnik y en que debería estar durmiendo. Pienso en ella porque he leído algunas de sus cartas esta tarde, cartas que siempre parecía escribir de madrugada –tres, cinco, siete del alba, como decía ella–, como si una carta no pudiese ser escrita bajo el sol. Algo tiene la noche, Virginia, que nos encandila y nos asusta. Y no, no hablo de la oscuridad, ni tan siquiera de la posibilidad. Es como una criatura que se posa en el hombro pero que no desequilibra, si acaso todo lo contrario. Rilke decía «yo creo en las noches». Yo, en cambio, nunca había creído en ellas hasta ahora. 

Quisiera releer esto que he escrito pero no quiero borrarlo. Sé, como me pasa siempre, que no he llegado a decir ni la mitad de las cosas que tenía pensadas decir. Ocurre siempre, siempre. La idea está y busco desarrollarla pero siempre parece escaparse antes de tiempo. Me bulle la cabezas de cosas, de imágenes, de mañanas. Quisiera explayarme más, buscar los razonamientos que se esconden en algún lugar de mi mente y mis dedos, pero temo convertir lo malo en algo mucho peor aún. Me retiro a la cama con tu libro, Virginia, con Los años, que me está salvando del después londinense, como yo lo llamo. Chirrían los muelles de las camas de los demás. Los míos esperan, se divierten en mi ausencia. Los imagino afilando sus lanzas, lanzas que se clavarán contra mi espalda cuando concilie el sueño y no me pueda doler aún. Los objetos no tienen vida, me han dicho siempre, y yo preguntaba, ¿seguro? Ahora también lo hago. ¿Seguro? 

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