la memoria del aire

«Parece que todo amor es político. Es político el modo en que una mano se posa sobre la nuca, la rodilla, el vientre; la historia que ha modelado esa mano, la memoria que la dirige, su intención secreta.»

El modo en el que una mano se posa sobre la nuca, el modo en el que un libro se posa sobre ti. Este, como un bofetón que no te esperas, como esa ceniza que te ves obligada a devorar para que no destruya tu telaraña. Qué escena, esa, me digo, qué escena tan terrible, pese a la belleza que la envuelve en realidad, esa belleza oscura, sextoniana, qué escena tan terrible, decía, cuando la araña se ve obligada a devorar la ceniza del Deantes para que su vida, asentada en algo tan frágil —como la tuya, como la mía— no se desmorone. No sé, en realidad, cómo describir La memoria del aire para que se ajuste a la realidad, para que os llegue el mismo ahogo que me llegó a mí sentada en un autobús de vuelta a mi ciudad. Es, digamos, como contener la respiración demasiado tiempo, a propósito, hasta que sentimos que nos están dando patadas en los pulmones. Y la contenemos más, y más, y más, porque, pese a todo, o precisamente por ese todo, necesitamos morir un poco. Buscamos, creo, la misma sensación, el mismo corte pulmonar que sentimos cuando llegamos al orgasmo. Este libro es un poco eso, un rasgarse deliberadamente porque debemos limpiarnos la sangre.

Lamarche ha construido un libro sobre el yo, desde donde siempre nace la literatura de verdad. La novela, breve pero intensa, es un monólogo entre la protagonista y una muerta con la que sueña: «Esta muerta, sí, tenía mi edad, de eso estoy segura, y sin embargo se parecía a la que yo era hace más de veinte años, como si hubiera estado en letargo desde entonces, como si hubiera pasado todo este tiempo muriéndome.» Esta frase, este abismo, ocurre en la primera página, y es el primer golpe mortal. A partir de ese momento la autora, partiendo de un fuego en apariencia inocente, porque cómo pensar que el amor puede llegar a arrasarnos, construye y disecciona un auténtico infierno, el infierno que viene, a veces, de la mano del amor romántico, del adentrarnos en pozos ajenos, de venerar la oscuridad, de tratarla como un recurso literario cuando no se vive dentro de una historia memorable. Esa devastación que acompaña a la subyugación, pero entendida esta como embeleso, como devoción a una imagen, a un momento concreto del enamoramiento, como una entrega absoluta a un ideal o entendida como el salto definitivo a la aniquilación personal. Porque a veces ocurre, lo sabes, a veces ocurre que nos aferramos a lo que creemos que nos da vida. La propia Lamarche nos lo dice: «Nada como el miedo para atarse a alguien.»

Lamarche nos habla de la condición de ser mujer y de lo que ello acarrea; esos precipicios a veces buscados, otras encontrados, a los que nos entregamos sin querer siquiera predecir la catástrofe porque el reducto de paz, el equilibrio, debe de estar en algún sitio, y por qué no aquí, aquí donde estamos ni mucho menos analizar qué demonios nos palpita dentro. También nos habla de la violencia, externa e interna, tan invisible en ocasiones y del poder que entregamos a otro, y de cómo todo ello habita en nuestro peor enemigo, que es la memoria, y la piel, y el aire, claro, y en la política, en la pira formada por una mano que se posa en tu vientre y te susurra, casi ahogada, un día acabaré por matarme.

Más tarde, en las pendientes del escorial arbolado donde nos tumbamos para aprovechar un rayo de sol, unas placas de hielo endurecido llaman mi atención. Extraño: temperatura primaveral y esos restos de hielo en las grietas del terreno. Ahí abajo el sol no penetra jamás, dice Deantes. Al escuchar estas palabras siento que hay en mí una grieta donde el sol no penetra jamás, un lugar helado y frío del que ignoro hasta el nombre.

La memoria del aire es una secuencia de gritos que no levantan la voz pero que te rebanan los miembros con diabólica precisión. Una auténtica delicia para los sentidos pero un saqueo personal brutal, un aniquilamiento tras el cual nada, nunca, volverá a surgir. Porque el alma, herida, dañada, duerme.

[Por cierto, la edición, por parte de Sol Salama, es deliciosa. Apuntad el nombre de esta editorial porque nos va a arrasar mucho, sí, pero nos va a dar muchas alegrías. editorialtransito.es

Mención especial, también, a la inmejorable traducción de Raquel Vicedo. Un deleite absoluto.]

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