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Esto es lo que ocurre. Llegan los clichés y aquellos que decían que un día te levantas y tu vida ya no es la misma resulta que tienen razón. La vida cambia en un instante. Otro cliché. Aunque la vida, en realidad, ocurre entre instantes en los que pensamos que nada pasa, que no hay nada, cuando en realidad hay mundos enteros. Un silencio, por ejemplo: algo que no verbalizas y te escondes generará un efecto mariposa. Quizás tu vida no se hunda ese día, quizás no haya ningún barranco cerca o quizás ni siquiera haya un leve movimiento de tierra. Pero lo tendrá, en algún momento, y maldecirás ese día el resto de tu vida. Puede. Si algo sé es que no hay certezas. Eso es ha aprendido: no podemos dar nada por sentado. Y entonces un día te levantas y te sobreviene una guerra interna. Algo que se rompe, algo que se crea. Y ya no sé qué es peor. Lo que se destruye o lo que construimos. O lo que funciona solo. Quizás sea eso, sí. Lo que se mueve solo, lo que se va generando sin que intervengamos. Qué peligroso. Como los sueños. Qué torpeza humana, el soñar. Debería prohibirse. Pero no venía a hablar de eso. Aunque tampoco venía a hablar de nada en concreto. Necesitaba escribir y dejar frases que, probablemente, nadie más que yo entienda. Y me pregunto si al leerlo dentro de una semana lo entenderé. El cerebro es caprichoso. Hoy todo parece una gigantesca montaña que te ves obligada a escalar. Pero mañana todo cambia y esa montaña no era más que una ladera y ojalá volver entonces a ella, a la de ayer, porque con la de hoy, mañana, no puedo. La guerra interna, decía. Cien tiros en el pecho duelen menos. Las batallas que libramos con nuestras propias entrañas, desenredar las articulaciones, los nudos, las trampas que nos ponemos inconscientemente: una voz que no recuerdas, o crees no recordar, un sonido, las rutinas de antaño (de hace un mes, de hace dos apenas), la piel, la sangre maldita sea. ¿Lo peor? Saber que hemos perdido de antemano, porque siempre lo hacemos. Cuando perdemos a alguien, cuando queda todo en pausa, cuando nos enamoramos, cuando alguien muere, cuando echamos de menos, cuando los sonidos cambian, cuando nos ponemos una canción. Todo es un hilo rojo que nos hace volver al mismo sitio. Estamos condenados. La felicidad, incluso, es una batalla perdida. Pensadlo un momento, detened vuestro pensamiento en ese instante en el que hay un cambio, el que sea, en vuestro interior. Qué sé yo, una sonrisa, un mal gesto, un ligero temblor. Sabéis lo que viene, sabéis lo que trae de la mano. Hoy, aquí y ahora, por ejemplo, estos vómitos. Y no hay dónde agarrarse. Es una caída libre, una gran bomba que estallará, y lo hará, cuando hayas alcanzado un poco de paz. Hagamos como Virginia Woolf (Vir, no hay día que no te mencione) y digamos: «no podemos encontrar la paz evitando la vida». Vivamos, pues, destruyámonos.

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