fiebre italiana

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Comenzó hace un año. No. En realidad comenzó hace cinco meses, tras la lectura de una novela de Lavagnino. Hoy me encuentro enamorada de autores que aún no he leído, que no he degustado, que no he quemado en mis entrañas. Pero ahí están y nunca lo hubiese afirmado de forma tan rotunda de no ser porque están ahí y me miran interrogantes, pidiendo fecha de lectura. Hoy compro un libro de Erri de Luca y me caigo en sus brazos sin saberlo, antes de pagar, antes de sentir. Y es que abro un página, una página cualquiera de “Los peces no cierran los ojos”, en una librería abarrotada por el día del libro, y leo: “El odio, sí, eso lo entendía, era un contagio de nervios tensados hasta el punto de ruptura”, a lo que se suma una frase de la contraportada, “Nacer y crecer en Nápoles agota el destino: vaya uno donde vaya, ya lo ha recibido como dote, mitad lastre, mitad salvoconducto”, y sé que eso me basta para ser una nueva persona, una nueva lectora. Escribía no hace mucho que la literatura italiana salía al escenario desnuda, completamente nueva cada vez, en cada escena, en cada monólogo, y que era eso precisamente, eso y no otra cosa, lo que la hacía especial. Pocos libros italianos han caído en mis manos a lo largo de los años. Poquísimos. Ginzburg, Lavagnino, Baricco, Primo Levi, Bianciardi, Buzzati, y habían sido tanto, sin embargo. Tantísimo en un corto espacio de tiempo, absurdamente relevantes en una mente que sólo entendía de literatura victoriana, de novelas inglesas, de Virginia Woolf. Y, de repente, toda una serie de personajes entrañables, completamente desnudos, me estaban robando la piel para vestirse a sí mismos. Tanto y tan de sopetón que mi cuerpo temblaba con una excitación nunca antes sentida, nunca antes expuesta a mí misma. ¿Qué estaba pasando? No lo sabía. Sí que sabía algo, sin embargo: debía de seguir leyendo. Mi desnudez también debía salir a escena; debía dejarme llevar por el fluir del aire italiano, tan suave, tan nuevo y tan digno de admiración. Esos autores me estaban regalando una especie de adolescencia tardía que, comprendí, debía vivir, debía explotar, exprimir, solventar. Como si la literatura italiana fuese una asignatura pendiente del colegio, tan pasado ya, que sólo pudiese comprender con veintiséis años de venas anglosajonas. Frente al libro de Erri de Luca observé todo mi mundo, como quien observa desde una bola de cristal: ahí se encontraba mi futuro más inmediato y ni quería ni podía escapar de él. De Luca dice que la infancia se pierde por completo cuando la edad se escribe por primera vez con dos cifras. Puedo decir que empecé a vivir mi vida, en realidad, con esas dos cifras que a él le pesaban en la espalda, una losa catastrófica que le anclaba a un futuro que era tan incierto como lo es siempre la historia. Y es que: “Habíamos nacido después de la guerra, éramos la espuma que queda después de la marejada.”

Quiero esa espuma.
Quiero esta fiebre italiana.
Quiero más De Luca, más Ginzburg, más Lavagnino, más Baricco.
Quiero a Svevo, a Tabucchi, a Calvino. Los quiero a todos.
Vivo en esta fiebre italiana.

“En las trampas es fácil entrar, pero hay que sudar para salir”, dice Erri, que ya es como un viejo amigo. En la biblioteca me acompañan tantos títulos como lectores hay, no literalmente. He venido en busca de tiempo y de refugio, como si fuera hubiese una guerra de la que hay que huir. Claro, porque de las guerras siempre se huye, inconscientes como somos de que siempre vivimos en una, perpetuamente. Pero es más fácil pensar que son los demás las que las viven y nosotros los que debemos huir. Tengo delante de mí muchos libros que he leído. Algunos no los leeré jamás, existen unos principios sobre los que se rigen mis dedos antes que mi cabeza: hay páginas que no se deben tocar, hieren de una forma terrible. Y no porque lo que cuentan sea doloroso, sino por lo que no cuentan y sí defienden: la mediocridad. Como de las guerras, hay que huir de ella. Destruye al ser humano convirtiéndolo en ignorante. Nada peor, me digo siempre, a modo de consuelo. Son estos tiempos los que hacen daño, me dicen por detrás, espiando mis lujurias librescas y bibliotecarias. Sí, claro, y sigo a lo mío.

Debería haber sido poeta y no esta especie de interrogación que lo único que desea es leer y habitar otros cuerpos más sabrosos. Debería haber sido poeta como Anne Sexton y quererme suicidar. O una escritora de genio como Virginia Woolf. Querer abrirme la piel con alicates como Sylvia Plath, o morirme cálidamente en un sopor provocado por el gas. La muerte dulce, la llaman. Debería llevar un caramelo debajo de la lengua siempre. Un poco de cianuro en los bolsillos. Estricnina en los zapatos, una boa constrictor detrás de la oreja. Me hubiese gustado conocer a Anne Sexton, hundirme en sus ojos y salir a respirar lo justo a través de sus poemas. Sentir que la vida, mi vida, está siempre al borde del abismo, al borde siempre de un lugar inhabitable, inhóspito y desagradable. Desear que ocurra algo que me haga sentarme a escribir y hacerlo, intentarlo, como lo hacían ellas, cigarro en mano, muerte en la pluma. Algo. Desnudarme día tras día en mi escritorio, aunque no sea para escribir, aunque sólo sea para aplaudir a los otros que sí que escriben, que sí que crean, que sí que se dejan los huesos sobre la mesa para poder seguir con su vida. Quiero ese dolor que habita el poeta sin desearlo, como lo hacía Kafka, que no era poeta pero poco le faltaba, como les ocurría a tantos otros, a tantos que tendré delante y nunca leeré, a otros tantos que he leído y han derrochado en mí su dolor, del que me hago eco a través, sólo, de viejas heridas que supuraron hace demasiado tiempo. El tiempo. Dice Tabucchi, recientemente fallecido, recientemente alabado, que “El tiempo envejece deprisa”. Así se llama uno de sus libros, así sienten los genios el tiempo. Los ordinarios, ordinarios como yo, lo sentimos de otra manera: a través de las páginas de los demás, con una especie de suerte que no acaba de atarnos a los minutos ni las horas. Las horas, como diría Virginia, siempre las horas. En una hora puede estar contenida toda una vida, cientos de acantilados, cientos de resurrecciones. Creo que los italianos podrían resucitar a quien quisieran. Sólo tienen que escribir para hacer magia, sólo tienen que dejarse ir una vez más para conseguir lo que se propongan. Y entonces qué ocurre con los demás. ¿Qué?

La ce, la de, la efe y la ge. Esas son las letras que tengo frente a mí. A la izquierda, las demás. A la derecha, las otras demás. En la A está Adón, Pilar, una escritora a a que es necesario leer para sobrevivir, una escritora que pasará a la historia. Esta es mi sentencia: es demasiado buena como para ser olvidada. En la F hay un escritor que pasó a la historia hace dos semanas, tres, un mes, quién sabe; en el futuro nadie lo recordará; si acaso, por algún sarao literario en el que tomó cinco copas de más. Eso, claro, no es literatura. Entre los libros debería haber uno en la D que no está, aún. Lo mismo pasa en la S. Falto yo. Eso me lo han dado los poetas y los italianos, que son las dos cosas, mientras que otros tienen que conformarse con ser sólo una de ellas: la confianza. No sé quién depositó en mí esta esperanza, este deseo. Está y no responde a nada más que no sea el silencio, la espera y su desesperación. Alguien mueve dentro de mí mis entrañas, mis huesos, y me hace teclear, me hace coger un papel y desgranarme en él a base de tinta líquida que no huele a nada. Me hacen regurgitar lo que creía sanado, atemporal y sin sentido, lo que creía ya eterno en el cielo de desgracias ajenas. Mi vida dejó de pertenecerme, supongo, cuando la entendí, aunque a veces me pierda en mí misma.

Los italianos parecen siempre atormentados. Los que escriben, quiero decir. Los demás pueden seguir saltando a la comba si lo desean. El atormentado es el que mira cómo saltan y se pregunta por qué no se caen, por qué ellos sí que tropezarían con la cuerda y se abrirían el labio, sin poder besar aunque no tuvieran a nadie a quien hacerlo. Ese es el atormentado que en vez de coger la cuerda de una lado o romperla para no volver a caerse, prefiere asomarse al balcón, o agazaparse detrás de una ventana abierta en una cálida tarde de julio, y escribir, observar y escribir, como si en realidad el mañana no existiera, como si incluso en eso nos hubieran mentido. Durante muchos años de mi infancia yo fui esa niña que se escondía detrás de grandes columnas del colegio, que sostenían toda una educación, mirando a las niñas pasarlo bien, hablando con chicos, echándose el pelo hacia atrás, riéndose mientras yo buscaba esa risa en las palmas de mis manos, en el cemento gris de un día aún más gris. Entendía esa dicha mejor que ellas mismas, mejor que ellos, mejor que nadie, pero prefería echarla de menos a tenerla, prefería sentir dolor y prepararme para la vida.

Cómo es el paisaje de una vena a punto de explotar, cómo es la mente de un poeta a punto de llorar, cómo es el sudor de las manos de un espectador que sólo es capaz de sentir pudor mezclado con aprensión. Cómo son todas esas cosas que no se ven pero se huelen, que no se tocan pero se pretenden. Cómo son las elecciones que hacemos desde niños sin saber a qué demonios vamos a jugar de mayores. Cómo. Cómo es esa paz que llega tras la muerte, o cómo es esa muerte que llega tras engullir a un hijo. Una hija. Una madre. El padre. La tía que se esconde en el ático para asustar a sus sobrinos. Cómo es el momento de la renuncia, el momento de elegir el odio antes que la cama.

No habrá paz para los poetas.
Tampoco la habrá para los italianos.

Supongo que los italianos tendrán algo contra la gente que abre paraguas en la biblioteca. No es éste un lugar en el que abrir nada más que la mente y el libro. Un señor mayor comprueba que todo funciona bien en su paraguas. Quizás sea nuevo, quizás acaben de arreglarlo y no se fía del todo. Quizás el viento ha soplado demasiado fuerte y ha sentido un rotura en algo que no era él. No lo sé, nadie más que él lo sabe. Quizás lo que busca es la sabiduría que el tiempo le debía de dar y no le ha dado, creyendo que esa sabiduría se encontraba en las aristas de metal de un paraguas negro en una ciudad del norte de un país cualquiera en un mundo cualquiera. Ahí está, leyendo un periódico, o un libro grande, pasando de largo de las varillas que han de protegerle de la lluvia. El ruido era seco, distante. No se ha roto, parecía decir resoplando, pero qué poco le ha faltado. Un paraguas nunca debe abrirse en un lugar cerrado, dicen. Pero, hasta donde yo sé, el mundo también lo es, también está cerrado a cal y canto, ¿no? ¿No vivimos todos en una bola de cristal? ¿No somos todos manejados por hilos que no vemos, por lazos que no sentimos, por promesas que nunca cumplimos? Lo que se queda en el aire nos ata a un lugar para siempre. Quizás ese señor recuerde que abrió su paraguas una tarde de viernes lluviosa en una ciudad del norte de un país cualquiera y que fue eso, eso y no otra cosa, lo que hizo que se resbalase en la calle, que se tropezase con otro señor que comprobaba también su paraguas, lo que hizo que su equipo de fútbol perdiese en la liga un partido clave. Los paraguas traen siempre mala suerte porque se sacan cuando llueve. Los paraguas están condenados al uso ocasional, al uso odioso: a nadie le gusta sacarlo de paseo. Pero en la vida interna desconocida de una paraguas ajeno, quizás algún día podamos ver cuánto le agradece a su dueño, un señor mayor de pelo banco y ropa oscura, con boina, que lo abriese en la cuna del conocimiento y del silencio, sólo roto por el click automático de él mismo al abrirse. Al fin y al cabo, ese señor le permitió al paraguas, triste y pequeño, observar la biblioteca y olerla. Porque las bibliotecas deben olerse. El primer paso debe ser para abrir las fosas nasales y respirar palabras. Y ese señor, ese señor que está ahí sentado, ha hecho feliz a un paraguas recién comprado, recién arreglado, recién envuelto en papel de oro.

Leer en italiano como método de inspiración. Funciona. Al leer la melodía del idioma uno empieza a imaginarse otros mundos, otros personajes, conversaciones, que lo transportan lejos, lejísimos de ese mundo que De Luca, Tabucchi o Baricco nos presentan. Es volver a escribir algo que ya se estaba escribiendo antes y que no sabíamos. Es reescribir, con suma humildad, lo que otros nos enseñan. Es la fiebre italiana. Es la obsesión.

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