Traducir

Avanzo más despacio de lo que esperaba. Conozco el libro, he releído fragmentos muchas veces; antes, incluso, de que me dijeran «adelante», ya había traducido partes, fragmentos de aquí y de allá, probándome. Ahora abro el documento de word y vuelvo a mis notas, a las frases escritas en el cuaderno o entre líneas, en las páginas, y avanzo despacio pero segura. Preveo la dimensión de cada palabra, la sitúo en su contexto, agarro su sentido del pescuezo y la transcribo a mi idioma. El mejor consejo que he leído sobre traducción lo conseguí, de forma totalmente gratuita, cuando entrevisté a José C. Vales para G&R. Él dijo que la mejor traducción es aquella en la que parece que el escritor traducido ha escrito en tu lengua. Sin costuras, sin tramas, sin hilos chivatos. Un trabajo de sastre. Y los sastres trabajan como Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Al fin y al cabo, la traducción es un traje en el que debes sentirte a gusto, como en casa. Así que avanzo despacio, más despacio de lo que esperaba. Con mimo. No entiendo la traducción sin finura, sin un pulso perfecto.

Estoy aprendiendo a obsesionarme con frases, con palabras; estoy aprendiendo a lidiar con esa obsesión, a tomarla como un juego, un reto. Estoy aprendiendo a sobrellevar ese momento en el que una frase no desea salir o no sale tal y como tú quieres; entender que hay que dejar pasar varios minutos, horas, para volver a ella y, si hay suerte, encontrarle el cuerpo, ordenarle los huesos. Estoy aprendiendo a ahondar en las palabras, a bucear en ellas, investigarlas y verle las entrañas. Sólo así, pienso, puedo tratarlas como merecen. Golpeo con el lápiz, o con los dedos, en el escritorio e intento dar con la forma de honrar lo que acabo de leer. Siempre, eso sí, distanciándome lo necesario para no reescribirlo como yo lo hubiese escrito (lo que no significa en absoluto mejorarlo). A veces la línea es muy fina y nos dejamos llevar por el fervor de la literatura. El traductor debe dejar su ser un poco apartado del trabajo que tiene entre manos. Reescribir, sí, transcribir, traducir, pero siendo fiel a las entrañas (¿cuántas veces utilizo esta palabra? seguro que demasiadas), a su naturaleza.

Estoy aprendiendo a respirar a través de la traducción. También a controlar los impulsos de volver a una frase, constantemente, buscando la forma más correcta, el orden de las palabras, la intención y la fuerza. Y también estoy aprendiendo a ordenarme, a ser organizada, a pausarme, a no desesperar cuando no se tiene el día, o la mañana, o la tarde. Y lo estoy disfrutando tanto como una niña con zapatos nuevos. Pese a los nervios, pese al agobio, pese a la presión de estar a la altura de semejante novela. Lo maravilloso de todo esto es saber, sentir, que estoy donde debo estar. Todos los caminos que he escogido a lo largo de mi vida me han traído hasta aquí, hasta la felicidad de depender de las letras para respirar, comer y vivir.

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