Dolly Wilde

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(H)Ojeando uno de los muchos libros comprados por impulso (que roza lo obsesivo) a lo largo de mi vida, di con uno que contenía, entre muchas otras cosas, cartas que personalidades del mundo literario, cinematográfico y musical se habían escrito. Y, leyendo algunas que tenían que ver con el grupo Bloomsbury, di con una que describía a Virginia Woolf. Lo interesante de esta carta reside no sólo en cómo alguien que tiene una imagen formada de Virginia a través de sus obras sale (o no) de ese hechizo y la ve tal cual es (o como cree que es, desde su propio prisma e interés), sino también en quién está detrás de la carta. He de reconocer que no conocía a Dolly Wilde, autora de la misiva; no pertenece al grupo Bloomsbury, ni a ningún otro grupo, ni hizo de su vida algo extraordinario, más allá de ser la sobrina de Oscar Wilde y de codearse con las grandes figuras de su época (Colette, Gertrude Stein, Djuna Barnes, Scott Fitzgerald, Hemingway…). Buscando información sobre ella llegué a un artículo en Revista de Libros titulado La importancia de llamarse Dolly Wilde; el artículo hace mención directa a la novela-biografía sobre Dolly Wilde que Joan Schenkar escribió. [Otro interesante artículo es el escrito por Luis Antonio de Villena en El Cultural]. Resumiendo, Dolly murió en 1941, como Virginia, en una habitación de hotel, sola, aparentemente de una sobredosis. Además, debió de vivir de escritor(a) en escritor(a), exprimiendo su vida tal y como su tío hiciera. No en vano el subtítulo de la novela-biografía de Schankar es: La vida de una mujer digna de los mejores pecados. La carta, dirigida a Natalie Barney, una de sus muchas amantes, está fechada en 1931 (año en que se publicó Las olas) y dice así:

Cambridge, noche helada. La habitación del Decano en King’s College; la luz del fuego, los libros, los colores sobrios, la elegancia, y un grupo de gente encantadora manteniendo una conversación. Estamos esperando la cena cuando alguien dice: «Leonard y Virginia llegan muy tarde». Las calmadas aguas de mi mente se ven agitadas por el miedo ante la inesperada declaración, y mi corazón empieza a latir perceptiblemente más rápido. El Dalai Lama del Tíbet estará aquí de un momento a otro; los gestos más comunes darán paso al decoro y la familiar amistad se transformará en rígidas atenciones. Se abre, entonces, la puerta, y una alta y delgada figura de pelo gris entra sigilosamente en la sala. Lo primero que me llamó la atención fue su edad; después, su belleza. Sorpresa y deleite al mismo tiempo. ¿Cómo explicarlo? Hay algo de bruja en ella —como en Edith Sitwell—, con la espalda tan curvada y los rasgos afilados. Está vestida de negro, con ropas viejas y anticuadas que hacen que me sienta de segunda fila en mi preciosa vestimenta; sus pies son muy largos y delgados y están cubiertos con unos zapatos broché negros con correas del período eduardiano. Todo parece desvanecido y gris en ella, como su pelo, del color del hierro, con la raya al medio y unido con un moño. Y, sin embargo, en seguida percibimos su belleza y una maravillosa apariencia limpia y etérea que nos hace parecer a todos brutos y sensuales. Los ojos son profundos y pequeños, están hundidos; la nariz es fina y respingona, demasiado afilada por la curiosidad. Pero el rasgo que más me llamó la atención fue la boca, una boca completamente redonda, la boca de una bonita mujer en un rostro de solterona. Es tan joven, su piel es tan joven, que es delicada y suave. Nos saluda a Honey y a mí sin apenas mirarnos, y durante la cena nunca nos convierte en el centro de su mirada; hay cierta contención en la mesa y ella sólo habla con sus más íntimos. Es ingeniosa y maligna. De repente, digo algo que la hace reír y el telón de sus párpados se eleva y hablamos, de forma vanal y encantadora. Me dijeron una vez que nunca deben mencionarse sus libros y, mientras entretejíamos humorísticos adioses, me acordé de las cartas que me escribiste sobre ella. La vi, yo también, como una pequeña y preciosa niña escondida tras un gran sombrero, y vi a la institutriz, en Kew Gardens, dándole un beso en la nuca —¿te acuerdas?—, que fue la madre de todos los besos de su vida. No tiene ningún instinto maternal —se supone que es virgen, que no ha experimentado contacto físico ni tan siquiera con Orlando. Dice que no necesita experimentar nada, que lo sabe todo; esa es precisamente la impresión que te transmite cuando la conoces. Percibí crueldad en ella, una crueldad nacida del humor, del cansancio, de un enorme cansancio; y sus ojos, velados por las visiones más que iluminados por ellas.

*Carta traducida por Ainize Salaberri.
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