antes de que sea irremediable

Marguerite Duras y Yann Andréa Steiner

Marguerite Duras y Yann Andréa Steiner

«Para mí, escribir era como llorar. No hay libro alegre sin indecencia.»
Yann Andréa Steiner, de Marguerite Duras

«Nunca he mentido en un libro. Ni tampoco en mi vida. Excepto a los hombres. Nunca.»
Escribir, de Marguerite Duras

Agnès Desarthe, en su novela Cómo aprendí a leer (Periférica, 2014), se preguntaba desde dónde se lee; y, decía, que para entender desde dónde se lee es necesario entender también desde dónde se escribe. Cuando leo novelas de Marguerite Duras me pregunto cuál sería el lugar exacto desde el que ella escribía porque las novelas de la Duras son una vorágine de situaciones, sentimientos y personajes que no siempre tienen sentido. «A veces», escribe la propia Marguerite, «escribo cosas que no comprendo. Las dejo en mis libros y las releo y entonces cobran sentido.» Y en todas sus novelas habla de la escritura, del hecho en sí mismo, que tanto le gustaba, de responder por escrito a una vida que le planteaba demasiadas preguntas. Me la imagino vagando por un París idílico, rumiando frases, frases que quizás en ese caminar tenían sentido, forma, razón de ser, y que al vomitarlas en casa se quedaban en un compendio de hilos, cada uno de un grosor y color distintos, que no siempre pueden coserse. Desde dónde, por tanto, escribía Marguerite. Quizás para entenderlo tendríamos que saber desde dónde vivía.

«La joven decía que siempre se ha escrito sobre el final del mundo y sobre la muerte del amor.»
YANN ANDRÉA STEINER, Marguerite Duras

Para entender a la Duras de este libro es necesario entender quién fue Yann Andréa y qué significó para él Marguerite. Yann fue, quizás, uno más en la vida de Marguerite más; un amigo más, un compañero más, alguien más a quien salvar, alguien con quien se olvidaba de sí misma, alguien que la alejaba de sus precipicios y de su soledad, a través de quien podía escribir, alguien a quien creer que se ama pero a quien sólo se quiere. Para Yann, Marguerite fue el abismo mismo, una salvación, también, de sí mismo, alguien de quien aprendió a escribir, alguien con quien se mimetizó, alguien a través del cual respirar porque el aire dentro de su cuerpo estaba ya demasiado viciado —pero nunca se sabe cuán viciado está el aire de los demás, ¿verdad?—; seguro, eso sí, que Marguerite no fue una más en la vida de Yann: fue Ella. Y mientras una sabía que quería, sólo te quería, Yann, el otro creía amar, me convenzo de que te amo, Marguerite. Lo cierto, en cualquier caso, es que se hicieron mucho bien, se compenetraron, hablaron, crearon, destruyeron, quemaron las naves, esperaron la noche, la muerte, y también esperaron el amanecer, la vida. Marguerite dictaba y él escribía; y revisaban, y reescribían, y leían, y caminaban, y…

La memoria de Yann cuando escribió Ese amor —su historia con Marguerite, su única historia, parece— debía de ser como cuando se coge un libro de la Duras y relees las frases subrayadas a lápiz: esa sonrisa, esas estacas, a veces, y esos preciosos escenarios pintados con sorprendente pulso para tanta arruga y pasado. Pero siempre nos olvidamos que es el pasado el que nos permite crear un presente, ese en el que la Duras se ancló para siempre. Yann, sin embargo, aún vivió demasiado años en el pasado —años sin Marguerite. Ese amor es un libro bello que está escrito, y así se lee al menos, desde las entrañas mismas de Marguerite, como si a la muerte de la escritora él la abriese en canal, como se abre a los camellos en el desierto, y se quedase allí dentro, ayudándose de sus vísceras para encontrar la forma de escribir su gran historia de amor. Porque Marguerite lo amó como niño perdido en la playa —Yann Andréa Steiner— pero lo quiso como hombre. Ella tenía 65 años. Él 27.

«Quizás es como siempre, en todas partes es lo mismo, no es nada, has venido simplemente porque estabas desesperado, como cada uno de los días de tu vida en que lo estás y también durante ciertos veranos a ciertas horas del día y la noche, por ejemplo, cuando el sol abandona el cielo y se sumerge en el mar cada tarde para siempre, no puedes evitar el deseo de morir. Eso lo sé, cariño.»

Marguerite vivió siempre desde el no-amor. Por eso escribía sobre él. Cuando más infelices somos escribir es lo más real que tenemos. Es la cuerda que nos ata a una piedra gigantesca y que nos mantiene, aunque colgando, con vida. Marguerite vivía el amor, el real, desde sus libros, que no eran de mentira pero que, a veces, sí que eran mentira. Yann Andréa no lo era. Porque Yann fue un amor distinto. Quizás, entonces, ya sabemos desde dónde vivía Marguerite y, por tanto, desde dónde escribía. Y así también entendemos desde dónde leía a Yann. Y lo quiso hacer eterno. Quiso darle lo único que sabía que lo mantendría a flote: un libro exclusivamente suyo, un libro exclusivamente nacido de él, un libro exclusivamente para él.

Las novelas de la Duras son efímeras, tan efímeras como esa noche en la que hacemos el amor con alguien por primera vez. Tan efímera como esa noche en la que hacemos el amor con alguien por última vez. Y esos instantes son esta novela, Yann Andréa Steiner: ese último segundo en el que estamos diciendo adiós una y otra vez. En bucle. Porque por más que intentamos alargar el momento el tiempo no cede a los deseos. Marguerite lo sabía. Yann no. Por eso tuvo que escribirlo.

«Nunca se conoce una historia antes de que haya sido escrita. Antes de que haya sufrido la desaparición de las circunstancias que han hecho que el autor la escriba. Y sobre todo antes de que haya sufrido en el libro la mutilación de su pasado, de su cuerpo, de vuestro rostro, de vuestra voz, antes de que se convierta en irremediable, de que alcance un carácter fatal. Quiero decir también: antes de que el libro se objetivice, se aleje de su autor y se pierda para él, durante el resto de la eternidad.»

Artículo originalmente escrito, y publicado, para OTRO LUNES.

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