escribir

Escribes una novela. No por publicar, ni por figurar. Escribes porque deseas contart(te) algo. Necesitas quitarte ese peso de encima porque empieza a ahogar. Empieza a ser demasiado. Sabes lo que quieres decir, cómo lo quieres narrar. No deseas reconocimiento. No te gusta más ser escritor que escribir. En realidad, ni tan siquiera lo percibes como un trabajo o una afición; lo percibes como un imperativo, algo que tienes que hacer. Liberarte un poco, exprimir un poco esa obsesión —y toda escritura lo es, toda historia, todo poema—, y desgastarla otro poco. Las novelas —incluso las del cajón— son la cabezonería de la extenuación; reducir algo a su mínima expresión y poder contemplarlo en su totalidad y, al verlo tan pequeño, minúsculo, miserable e indefenso, poder continuar con otra cosa. Buscar, claro, otra obsesión. Los hilos que componen una novela son muchos pero muy reconocibles. Siempre hay un escenario común. La novela es el salvoconducto.

Escribes la novela. La novela crece. La escribes a mano, en un cuaderno de tapa dura negra, y a ordenador. Descubres que tecleando lo que acabas de escribir a mano el texto adquiere otra dimensión, mejora un poco. Descubres la reescritura. Otra obsesión. Te descubres, al de poco, cogiendo párrafos al azar y reescribiéndolos, buscando tres —mínimo tres, siempre— formas diferentes de contar lo mismo. Empieza a devorarte, entonces, otra obsesión: la de la infelicidad que nace al escribir una novela. ¿Alguna vez estarás satisfecho? Pides opiniones, quizás, pero rápido descubres que no te ayudan en nada los comentarios que recibes. Sí, vale, los puramente técnicos sí, pero qué sabrán de lo que quiero decir. No es soberbia, es protección del hijo que estás pariendo. Descubres, para bien, que la maternidad no te llama. No podrías vivir así todos los días hasta el resto de tu vida. Sigues con la novela. Sigues escribiendo, reescribiendo, modificando, introduciendo conversaciones —aunque no te guste, aunque creas que es un diálogo infumable—, pensando los títulos de los capítulos. Te obsesionas, entonces, con los títulos. Buscas en los párrafos alguna frase rescatable para poder utilizarla como tal. Desesperas. Decides seguir escribiendo. Dejas reposar lo escrito. Un minuto exactamente. Vuelves a marcarte el propósito de dejarlo reposar. Coges un libro, lees. Crees leer. Vuelves al tuyo. En algún momento, como por arte de magia, lo dejas reposar. Empiezas a saber cuándo es el final de un capítulo y cómo estructurar la acción; qué decir y qué sugerir. Mentira. No tienes ni puta idea. Pero o te lo crees o no vuelves a escribir una palabra más en tu vida. Así que escribes, ya, desde otra perspectiva. La chorrada típica de: estoy escribiendo el libro para mí o estoy escribiendo el libro que me gustaría leer. De eso hay un poco, claro, porque sino para qué, pero empiezas a darte cuenta de que también tú contienes estupideces supinas. No te estás haciendo escritor. Te estás volviendo imbécil.

Escribes tu novela. Ocurre de repente. Todo comienza a tener sentido. Atrás has dejado las dudas imberbes, atrás han quedado las obsesiones con la reescritura de párrafos; ahora, cuando comienzas uno, sabes si o si no. Escribes como si el agua fluyese sobre ti, al ritmo de las olas. Ya no hay ruido de banda sonora; hay un piano, un violín como acompañamiento. Joder, cómo fluye, te dices. Va sola. La novela va sola. Eso que tantas veces has leído de boca de otros, tantos y tantas escritoras que has admirado y odiado, ignorado o avasallado, y que tan imposible te parecía, de repente es cierto. Vives en la novela. Habitas en ella. No estás en el estado previo que consistía, simplemente, en pisar de puntillas tu propia creación. Eres la novela. Es tu novela. Empiezas a sentir un poco de orgullo, aunque sólo sea por escribirla. No, aún no aparece el instinto maternal, ni lo va a hacer. Pero es tu creación y empiezas a amarla. Es en ese momento cuando ocurre el milagro, cuando sientes que tenías que escribir para alcanzar un sentimiento así, sentirme así, aquí y ahora, sentirme. Escribir nos da sentido, nos ordena los huesos, hace que nos veamos. Y por eso hay que escribir siempre. Nunca hay que dejar de hacerlo. Salva vidas. Salvó a Anne (Sexton), salvó a Virginia (Woolf), salva diariamente, sospecho, a Jeanette (Winterson). Muchos otros alzarían las manos. Se nace escritor, como creo que decía Clarice Lispector. Yo, sin embargo, aún no he llegado a ese punto.

Escribí mi primera novela. Empecé a escribirla en 2010 y la terminé en 2013. Edimburgo. Bilbao. Aún hoy siento que nunca la terminé, que nunca la empecé, que nunca la terminaré, que nunca dejaré de comenzarla. Pero hoy, ya en 2015, sé que esa novela no funciona. Sé que hice un collage de distintas imágenes y que intenté darle una consistencia, cabezonamente, que ahora sé que no funcionará jamás. Por muchas veces que la relea y la reescriba y la reestructure y la vuelva a esquematizar. Ahora sé que es no. La ha leído gente, editores, amigos, gente que me ha dedicado su tiempo, a mí y a mi novela. La ha leído una agente, incluso. Todos coincidían en puntualizaciones muy similares. Quizás ha llegado el momento de poner en orden mis asuntos literarios, intentarlo por otra vía, reescribir esa novela en forma de relatos cortos, con el elemento que tienen en común, presente en todos los capítulos. Darle una vida más larga a mi protagonista a través de diferentes relatos, diferentes nombres, pero siempre portando el mismo saco de huesos al que hay que ayudar a ponerse en orden.

Escribes.

La duda. La duda es escribir.

MARGUERITE DURAS

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