Que vuelva el agua

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«Que vuelva el agua que tú sabías»

La luz del mar. A veces blanca. A veces azul. La luz del mar recuerda a los vestidos de las niñas que caminan por la orilla, por el malecón. La luz del mar que ciega si la miras intensamente, desafiándola. La blancura extrema de sus rincones más oscuros. Es magia. Es verano. Gaviotas, el rumor del oleaje, piedras planas lanzadas en busca de la hazaña. Y la luz del mar al atardecer. Esa maravillosa mezcla de tranquilidad, temblor y suspense cuando el mundo parece ir apagándose, y que deja paso a un sinfín de probabilidades. Y esa luz, que arrulla y calma, que eriza el bello, es cómplice. Porque el mar sabe decir basta. Y entonces qué.

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Entonces, la isla.
La isla que es el barco.
La isla que es Novecento. La isla que es La niña del faro, y la isla que es, en sí mismo, Gabriel García Márquez.

¿Qué une a Baricco, a Márquez y a Jeanette Winterson? La huída. La desesperación. La soledad. Les une, y les desune, la vida. El cuerpo, las entrañas, su reflejo en el agua. Pero ¿de qué color es el mar? ¿Es la unión de todos los colores? ¿O es la unión de todos los sentimientos? ¿Negro? ¿Azul? ¿Turquesa? ¿El mar no tiene color, acaso? Y ¿qué es lo que queremos que refleje de nosotros el mar? ¿La verdad o la mentira? ¿Qué hay detrás de recurrir a las olas, a la espuma, a la resaca? Porque el mar está, somos nosotros quienes faltamos. Siempre. Novecento falta; es el mar quien le da nombre, cuerpo, presente; le da un motivo para vivir: el barco, el viaje, el mismo horizonte que nunca es el mismo. Jamás. El náufrago de Márquez existe porque el mar lo ha querido; su historia nos ha llegado porque el agua lo ha creído conveniente, te he salvado, le dice. La pequeña en la novela de la Winterson existe, huérfana como es de seres terrestres (Pew, el farero, es mar puro), porque la pequeña debe ser un faro para las vidas de quienes la rodean y de quienes la leen; Jeanette, que es la niña, lo sabe y lo cuenta: te estoy contando historias, créeme. ¿Es eso lo que desea el mar, entonces: hacer historia?

Amos Oz, en El mismo mar, se pregunta lo mismo que Jeanette Winterson en Escrito en el cuerpo: «¿por qué la perdida es la medida del amor?» En la novela de Oz todos los que aman están separados de los culpables de su amor; en La niña del faro la pequeña está separada del amor de una madre, de un padre. En Relato de un náufrago, don Gabriel nos cuenta cómo el mar, una de las cosas que el protagonista más ama, está separándose de su propia vida. Y en Novecento, Baricco nos habla de perder lo que nunca se ha conocido: la sensación de tierra firme. Sin embargo, Novecento, su protagonista, necesita el desequilibrio. Como dice Virginia Woolf en Las olas: «Sólo existo en las suelas de mis zapatos y en los fatigados músculos de los muslos». Y, a menudo, es el mar el que forma el esqueleto. «¿Para qué cruzar abismos?», se pregunta Oz. Para llenar espacios vacíos.

«Tristán, el mundo fue hecho para que pudiéramos encontrarnos en él. El mundo se desvanece ya, de vuelta al mar. Mi pulso mengua con el tuyo. La muerte nos libera del tormento de la separación. No puedo separarme de ti. Soy tú.
El mundo no es nada. El amor lo formó.
El mundo se desvanece sin dejar rastro.
Lo que queda es el amor.»
La niña del faro, Jeanette Winterson

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¿Qué une al mar y al ser humano? El amor. Pese a que pueda parecer la respuesta para todo, lo es. Es el amor, y el deseo, y la pasión, y las ganas. Todo lo que va unido a querer, a sentir todo de nuevo por primera vez. Incluso la vida. Erri de Luca lo hace con Montedidio: un niño que apenas está, como él mismo dice, en la primera melancolía, cuando se sabe enamorado va a cantar al mar; va a pescar, va a inhalar el salitre, a llenarse los pulmones de eso tan dulce que viene del agua. Se dedica a impulsar su vida con la magia del océano. Su segunda casa. Y su propia guerra. Sí, sí, una guerra. También lo dice Virginia: «El pájaro vuela. La flor baila. Pero oigo siempre el sordo sonido de las olas, y la bestia encadenada patea en la playa. Patea y patea. (…) Esto es el primer día de las vacaciones de verano. Esto es parte del monstruo, en trance de aparecer, al que estamos vinculados». Y tu monstruo y el mío nunca son el mismo, pero siempre tienen el mismo hilo: el mar, el amor, el mar. Es un juego. «Se juega, se gana, se juega, se pierde. Se juega. Lo que arriesgas revela lo que valoras», dice Jeanette en La pasión. Y lo que unimos al mar es lo que amamos. Y lo que ganamos. Y lo que perdemos. Simple y llanamente. A veces es la vida, como Novecento, como el náufrago de García Márquez. Otras veces es la soledad, la búsqueda, como la pequeña de La niña del faro. Otras es la propia esencia, nuestros huesos, como en Las olas. El sufrimiento, el miedo. El monstruo. Otras es el temblor, la piel que huele a felicidad, como en Erri de Luca. Sea lo que sea, el mar es donde guardamos nuestros tesoros. Es la causa y el fin de nuestra ancla. El faro. La luz. La sangre que necesitamos para bombear la vida.

«Ella vino aquí una vez. No a esta casa, sino al faro. Eso es lo que me ayuda a soportar la idea de seguir viviendo aquí. Todos los días camino como lo hicimos e intento distinguir sus huellas. Ella deslizó las manos por el rompeolas. Se sentó en una roca, de espaldas al viento. Tornó generoso este lugar desolado. Hay algo de ella en el viento, en las amapolas, en la zambullida de las gaviotas. (…) La encuentro en el faro y en sus largos destellos sobre el agua.»
La niña del faro, Jeanette Winterson

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«Porque es posible bajarse de un barco, pero del océano…» / «Se podía pensar que estaba loco [Novecento]. Pero no era tan simple. Cuando alguien te cuenta con absoluta exactitud qué olor tiene Bertham Street, en verano, cuando acaba de dejar de llover, no puedes pensar que está loco por la única y estúpida razón de que no haya estado nunca en Bertham Street. En los ojos de alguien, en las palabras de alguien, él había respirado ese aire. A su manera: pero de verdad. Quizá no había visto nunca el mundo. Pero hacía veintisiete años que el mundo pasaba por aquel barco, y hacía veintisiete años que él, desde aquel barco, lo escrutaba. Y le robaba el alma». Por eso Novecento no podía bajarse del barco, porque el mundo, la tierra firme, le iba a decepcionar. Es como leer un libro que te cautiva, que te desintegra, y tener que volver a tu vida real, donde no están esos personajes que has acabado por amar, donde no están esas frases que te ayudan a describir tu vida sin tener que ahondar en tus miserias, donde se encuentra una magia que deshace los nudos y los tira por la borda. Volver, si no es a lo que más amamos, es siempre decepcionante. Para Novecento el mar, el océano, ese gran charco de agua salada sobre el que da saltos —como los niños pequeños, con botas de goma y calcetín gordo—, es el libro; por él desfilan personajes, historias, que le valen para seguir adelante. Y su piano, del que se enamoró sobre el mar, que no puede abandonar. Novecento, el virtuoso del piano. ¿Cómo abandonar el lugar donde se ha conocido el verdadero amor? ¿Para qué necesita Novecento el lodo, el cemento, la contaminación, el alboroto de la tierra firme, si todo lo que le da nombre está sobre el mar? «Es como un grito gigantesco [el mar], que grita y grita, y lo que grita es “¡Pandilla de cabrones, la vida es algo inmenso! ¿Queréis enteraros o no? ¡Inmenso! (…) Quizás es que a Novecento tampoco se le había pasado por la cabeza todo aquello, que la vida es inmensa». Pero no es verdad, Novecento lo sabía, lo sabía perfectamente, pero no estaba dispuesto a abandonar la inmensidad del mar por la inmensidad mundana de una ciudad, donde nadie es nadie, donde nada es nada. El mar es, es. Por eso dice: «Yo nací en este barco. Y por aquí pasaba el mundo, pero a razón de dos mil personas cada vez. Y aquí había también deseos, pero no más de los que caben entre proa y popa. Tocabas tu felicidad sobre un teclado que no era infinito. Así lo aprendí yo. La tierra es un barco demasiado grande para mí. Es un viaje demasiado largo. Es una mujer demasiado hermosa. Es un perfume demasiado intenso. Es una música que no sé tocar.» Y ahí está, de nuevo, el monstruo.

«No estamos locos cuando hemos encontrado el sistema para salvarnos.»
Novecento, Alessandro Baricco

«Pero yo sabía que cuando el viento aúlla en el mar, cuando las olas se rompen contra los acantilados, uno sigue oyendo las voces que recuerda. Y las sigue oyendo con enloquecedora persistencia: “Gordo, rema para ese lado”». Y entonces remas, sí, como el náufrago de Márquez, porque qué otra cosa puedes hacer si no es remar, si no es plantarle cara a los desafíos del monstruo, que quizás sea el océano o no, quizás los tiburones que acechan y ansían tu cuerpo. Qué hacer si no es intentar abandonar la isla indeseada por la deseada —y a esas islas tú debes ponerle nombre, porque si algo hará el mar será dejarte desnudo, desposeído de todo. El mar también tiene sus límites. Somos islas flotantes. Huimos y buscamos sin saber muy bien qué orden seguimos. «Y también en mí se alza la ola. Se hincha, arquea el lomo. Una vez más tengo conciencia de un nuevo deseo, de algo que surge del fondo de mí, como el altivo caballo cuando el jinete pica espuelas y después lo refrena con la brida. ¿Qué enemigo percibimos ahora avanzando hacia nosotros, tú, sobre quien ahora cabalgo, mientras piafamos en este pavimento? Es la muerte. La muerte es el enemigo», dice Woolf en Las olas. Pero ese bien podría ser el discurso del náufrago: la muerte es el enemigo. Aquí estás de nuevo, monstruo.

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«Con estos menudos cadáveres, con lo que tenemos que construirnos. Siempre vuelve a empezar. Siempre hay enemigo. Ojos que miran los tuyos. Dedos que enlazan con los tuyos. El esfuerzo de esperar.» Esto también es de Virginia pero ¿acaso no podría, de nuevo, ser del náufrago? ¿Por qué se salva, si no? ¿Por ser un héroe? Quizás, podría ser, pero no. Por la vida, por los cadáveres que lo han precedido antes en ese mismo mar, con los que ahora debe hacerse un traje y salir, salir de ahí, de aquella terrorífica inmensidad que, en otro tiempo, fue su aliada. Por los dedos que enlazó con sus propios dedos antes de que zarpase el barco que naufragó. No por esos dedos, no. Por los que estaban por venir, por los dedos definitivos. Por los ojos que han de mirarlo y darle un espacio en el mundo, un lugar definitivo; por no desembarcarse de lo que hace, al fin y al cabo, ronronear la sangre: el amor. Porque hay que volver a casa. Y cuando la casa no es el mar, es mejor abandonarlo cuanto antes. Porque el mar lo sabe y se enfurece. Y lo bravío no siempre conviene. Si eres un extranjero en el mar, hay que volver a casa. Hay que encontrar la isla que sea casa, tierra firme. El mar no es nacionalidad para todo el mundo. El principio del final. Y por eso el náufrago vive. Porque el esfuerzo de esperar en el mar le va a traer la historia que justifique su existencia. También para esto Virginia tiene palabras: «De esta manera, cuando llega el momento de dar forma, aquí, en esta mesa, entre mis manos, a la historia de mi vida y ponerla ante ti, como una cosa completa, he de recordar cosas que se han ido muy lejos, que se han ido a gran profundidad, que se han hundido en esta o aquella vida».

El agua, la unión del agua. «Que vuelva el agua que tú sabías.» (Novecento, Alessandro Baricco). Y el recuerdo del agua. Cuando se recuerda, ¿de qué color es? Cuando se recuerda, ¿a qué huele? ¿Está fría o caliente? Y cuando llueve en el mar, ¿el agua de lluvia es más cálida, los charcos más hondos, nuestro reflejo más claro? Rompen las olas en nosotros. La unión del agua a nuestra constante persecución. Es, por tanto, la unión con nuestras obsesiones. Arde el mar dentro de nosotros. Y, sea como sea, se trace de la forma que se trace nuestra unión con el mar, nuestra complicidad con el agua, nuestro embrujo íntimo y personal, intransferible, con el océano, somos víctimas de ese monstruo que habita en él, en nosotros; somos víctimas de su monstruo, primigenio.

¿Y el amor?

Jeanette escribió en Escrito en el cuerpo «aún eres el color de mi sangre». Me tomo la libertad de modificar la cita: «el mar es el color de nuestra sangre», al menos mientras amemos. Al fin y al cabo, ¿no deseamos todos anclarnos a un faro y susurrar su nombre mientras de fondo, como banda sonora, escuchamos el aleteo de las olas? ¿Acaso no queremos comprender, entre beso y beso, que el mar es azul por el reflejo del cielo?

«El sol aún no se había alzado. Sólo los leves pliegues, como los de un paño algo arrugado, permitían distinguir el mar del cielo. Poco a poco, a medida que el cielo clareaba, se iba formando una raya oscura en el horizonte, que dividía el cielo del mar, y en el paño gris aparecieron gruesas líneas que lo rayaban, avanzando una tras otra, bajo la superficie, cada cual siguiendo a la anterior, persiguiéndose una a otra, perpetuamente.»
Las olas, Virginia Woolf

Siempre se hace de día.


Artículo publicado originalmente en la revista literaria G&R #29. Para leer la revista al completo, y de manera gratuita, pinchar AQUÍ.

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