divagación

He abierto el archivo de mi primera novela. Lo he hecho con la intención de prepararla, revisarla y reescribirla para presentarla a un concurso. ¿Vale la pena?, me he preguntado. Quizás. Y he empezado por el principio, por dónde sino. Y me he dado cuenta de algo terrible: no puedo volver a ella; siento que la novela, tal y como está, ya no tiene remedio. Creí terminarla definitivamente el año pasado. Había comenzado a escribirla en un viaje a Edimburgo, en agosto de 2010. Durante un año las palabras salían solas, especialmente en verano; y es curioso, eso, porque la novela es gélida, es una Siberia en plena campiña inglesa. Las palabras brotaban, era un vómito. La he revisado —y revisitado, sin cambiar ni una mísera palabra— mil veces, y habrá alrededor de cuatro o cinco versiones diferentes de la historia. Hay quien la ha leído, hay editoriales que le han echado un vistazo. Pero yo misma sé, aunque no quiera decirlo en voz alta, que la novela no está preparada. Algo falla, y sé muy bien qué es, pero no sé cómo arreglarlo. Al releerla, ahora, me doy cuenta de que quizás nunca lo esté, de que o bien yo no deseo cerrarla, finiquitarla, o de que no hay salida posible para una historia que colmó mis días de algo muy cálido; era como una ducha de agua caliente, casi hirviendo, en mitad de un bosque helado. Pero ahora… Ya no soy aquella que escribió estas palabras, ya no soy quien busca en la historia una respuesta. Hay preguntas que han quedado contestadas. Quizás no debería decirlo, y siento que estoy siendo injusta, pero me da pereza releerme, me da pereza sentir —o quizás sea rabia— que no puedo arreglar el desorden. Porque es desorden, es un collage de textos que se relacionan pero no, que están pero no son. Y a lo mejor es porque se parece demasiado a una vida que yo no he vivido, o quizás porque, simplemente, esa historia no ha de ser. A lo mejor mi primera novela no será nunca la primera o será siempre la excusa para la segunda. Pero me provoca mucha desazón abrir el archivo y darme de bruces con una verdad un tanto insultante: aquel fue un intento fallido. Y ya no importan las buenas palabras de quien me leyó, tampoco importan las críticas, que tuve muy en cuenta. No en esta historia. Todo eso me lo llevo a la actual. Y pienso que tampoco importa ya que la escribiera. Que a sí misma, de alguna forma, no le importa. Está, y es bonito que esté; era, hasta hace poco, la única historia que he deseado contar de verdad. Una historia que nació de un grito que necesitaba explicarme a mí misma. Y quedó resuelto. Y ahora. Ahora nada. Me pregunto si los escritores se sentirán así con su primera obra, si al echar la vista atrás, esté la historia publicada o no, sentirán el mismo reproche, el mismo dolor, la misma paz, la misma desazón, la turbulencia, el ahogo y un poco la vergüenza que yo, no escritora aún, he sentido ahora mismo por la mía. Y sí, también hay amor, pero no identifico si es amor platónico o amor no correspondido. Y me pregunto, claro, si algún día llegaré al centro del laberinto, si desintegraré el misterio y podré, por fin y de una vez por todas, escribir la historia que estaba en mis venas.

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