old habits die hard

Asistí, no hace mucho, a un recital poético. En él, una de las poetas dijo que sospechaba, como muchos otros, que los escritores siempre terminaban hablando de lo mismo. Y pienso yo ahora: es verdad, cambia el disfraz pero no el grito. Estamos tejidos de obsesiones. Somos lo que leemos, lo que escribimos. Lo que buscamos en la literatura es un texto, un poema, que calme a alguien que está encerrado en nuestras entrañas. Ese alguien somos nosotros mismos y a veces las entrañas están oxidadas, podridas, malheridas. Y buscamos salvación en la literatura.

Los poetas dicen que la poesía no es un género sino supervivencia. Y pienso: lo fue para Anne Sexton, lo fue para Leopoldo María Panero, lo fue para un francés al que acabo de descubrir, de apellido Tarkos; lo fue, asimismo, para Sylvia Plath, para Alejandra Pizarnik, para Miguel Hernández cuando escribió aquellos versos que componen Me sobra la fe; lo fue para Princesa Inca, quien invocaba a Alejandra, a su Alejandra Pizarnik particular, y le pedía que la salvara. Y no debemos olvidar la poesía en la prosa. Porque los que escriben narrativa poética son también poetas, ¿verdad? Si la poesía es supervivencia, si la poesía es disfraz en muchas ocasiones, si la poesía trata de sortear el dolor, la pena, la melancolía, a veces incluso la vida, da igual si es un verso narrado, un verso libre, o una narración lírica y poética. ¿No? Pienso en las cartas de los Fitzgerald, en las cartas de Tsviétaieva, Rilke y Pasternak, pienso en Erri de Luca, en Sándor Márai, en Gabriel García Márquez, en Francisco Umbral, en Virginia Woolf y sus olas. Quizás, en realidad, eso sea la poesía: olas. Pienso en todos aquellos libros que forman mi biblioteca y que son desgarro. Carlos Castán, por ejemplo. Primo Levi. Y he de detenerme ante semejante portento humano. Primo Levi, superviviente de los campos de concentración, superviviente de sí mismo, superviviente de lo más indigno, demoledor y repugnante del ser humano. Escribió hasta desnudarse, escribió hasta vaciarse, y cuando no pudo soportarlo más —y nadie puede culparle por ello— se suicidó.

De nuevo la literatura unida a la tragedia. Y a veces pienso qué sentido tiene escribir si no es para dañar, aunque sea levemente, a quien te lee; si no es para dejar un vacío, a la orilla de un abismo, si no es, digo, para hacerte temblar, ¿para qué escribir, para qué la literatura? Y cuando el vómito debe ser inmediato se crea poesía. Entonces, quizás, he caído en dos trampas: la de creer que la poesía no es un género sino supervivencia, inmediata al menos, de esos fragmentos y escenas de vida que son puro veneno, y la de que siempre acabamos hablando de lo mismo. Mirad arriba: he mencionado todas mis obsesiones literarias. Y yo también he necesitado escribir para ser más liviana, y he vivido en ocasiones agarrada a un árbol en mitad de una tormenta y una ciclogénesis explosiva. Eso es para mí la literatura, precisamente. Y eso es lo que busco en ella: el árbol, el sustento, y el viento arrollador.

Y también pienso hasta qué punto necesitamos estar hechos mierda para escribir. Hasta qué punto la genialidad de un poema o de una narración está unida a la desesperanza más absoluta, al llanto más amargo, o a la locura más desafiante. Hasta qué punto debe habitar un laberinto de precipicios en nuestro interior para poder crear, y crear algo digno. ¿No se puede escribir siendo feliz? Si leo de nuevo los ejemplos arriba mencionados pienso que no, que es imposible. Entonces, la literatura es un salvoconducto. Entonces, en verdad, la literatura es un estado de ánimo. Es habitar un infierno para alcanzar algo que aún no está a nuestro alcance. Es intentar respirar bajo el agua a pleno pulmón. La literatura, por tanto, es una inconsciencia, un acto suicida y confesional.

Siento que no es la primera vez que escribo sobre esto. Siento que necesito extenuarme intentando entender no tanto lo que es la literatura como qué es la literatura en los libros de mis estanterías. Intentando entender hasta qué punto es necesario abandonar el traje de huesos y dejarse la sangre en las páginas, seas escritor o lector. Sé que no es la primera vez que escribo sobre esto y que tampoco será la última. Divagaré más y peor. Sólo espero que no tengáis que leerme otra vez hablando sobre lo mismo; que de ahí a ser escritor hay un paso y entonces sí que estamos todos perdidos.

(Columna publicada originalmente en el G&R #28. Para leer la revista al completo pinchar AQUÍ.)

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