put your lips together

le port de l'angoisse

Había visto a Lauren Bacall en Dogville sin saber que era la Bacall. Había escrito artículos sobre los grandes del cine clásico. Había escrito sobre Humphrey. Había escuchado la frase «You know how to whistle, don’t you, Steve? You just put your lips together and blow». Pero nunca ni ella ni él habían tenido el significado que tienen ahora. J. me descubrió un cine y una relación que se dan una vez en la vida. Me contó historias de ellos dos, juntos y separados, y me hizo aprender a soñar en un escenario en el que no me había atrevido a adentrarme del todo. Quizás por el miedo a no saber salir. Hoy me he despertado con la noticia de la muerte de una de las diosas de J. Y lo he sentido por ella, por ese universo que sé que existe en su vida. Y he sentido su dolor, la herida supurando sal. Es curioso; hace dos días le decía que fumaba como Lauren Bacall; estábamos en una terraza y ella se encendió un cigarro, casi a cámara lenta; lo posó sobre sus labios, lo dejó ahí unos segundos, y su mano derecha reprodujo a la perfección la escena tantas veces vista de Lauren Bacall quitándose el cigarro de la boca y soltando el humo despacio, en un acto de seducción imponente e impecable. Lauren sabía conquistar a la cámara. Bastaban sus ojos y el grueso de sus labios. J. se parece a ella; en la elegancia, en el saber estar. Cuando me inicié en las películas clásicas sentí un calor parecido al que sentí cuando la conocí a ella. Era algo así como estar en casa. Como cuando llegas a casa de un día tormentoso y lluvioso, calada hasta los huesos, y dejas caer toda la ropa al suelo, te metes en la ducha y sientes el agua caliente corriéndote por el cuerpo. Así me sentí al conocerla, a mi J., y algo similar ocurre cuando mi pantalla se disfraza de blanco y negro. Me siento transportada a un mundo que no me es ajeno, un mundo en el que me quedaría a vivir, un mundo que es un hogar. Y, a mi lado, J. contándome historias, señalándome escenas. Y, yo, viendo ese brillo en sus ojos, ese éxtasis en su mirada.

J. me explicó que esa fotografía de ahí arriba fue un robado. Estaban haciendo las fotos de promoción de, si no me equivoco, Tener y no tener. En un descanso, cuando ellos creían que nadie los observaba, se besaron, y el fotógrafo tuvo la audacia suficiente de capturar un beso con el que todos soñamos en algún momento de nuestra vida. Un beso así era impensable en aquellos tiempos, tanto en película como en imágenes promocionales. Ese beso habla de amor. Y de devoción. Habla de algo que muy pocos experimentan pero que todos anhelan. Me decía J. esta mañana que Lauren es eterna. Lo es. Lo son. Aún se me está revelando. No quiero dejar de hacerlo nunca. He descubierto que hay sentimientos que, en cuanto nacen, se convierten en clásicos. Más que las personas, más que su trabajo, lo que hace de ellos un clásico, lo que los convierte en eternos, es su capacidad de dejarnos marcados, de hacernos creer que este mundo, en algún momento, tiene salvación.

Cuando Humphrey murió Lauren enterró un silbato con él. Hoy Humphrey ha decidido silbar y Lauren lo ha dejado todo. Ni él ni ella podían aguantar más. A veces la muerte también es vida.

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