una carta de amor

MIRACLES COME IN DISGUISE*

Han coincidido en mi vida tres mujeres que han entendido que la intensidad con la que sentían debía ser desintegrada. Buscaban salvarse. Buscaban pisar tierra. Vivían, parece, de salto en salto, sorteando abismos que, casi siempre, provienen de un mismo sustantivo. Sentían demasiado y lo sabían. Quizás por eso escribían, porque la escritura era su único escudo, su último resquicio de paz. Desembarazarse de la pasión, elevar el peso que les oprimía el cuerpo, el pecho, y traspasárselo a sus personajes, a sus versos, que han de contener lo más doloroso de los sentimientos sin dañar, en exceso, al lector. Las tres, en su estrategia para lidiar con las emociones, son magistrales. Y su piel se ve en lo que escriben, en lo que intentan que sea eterno. Están al cien por cien. Son al cien por cien. Nos dejan percibir su cansancio, sus ganas. Su valentía, siempre. Porque la literatura exige dejar la cobardía debajo de la cama, para que juegue con los fantasmas y se alimente del miedo de otros. La literatura pide, exigente, que nos atrevamos. Y atreverse significa leer, significa vaciarse en un libro y llenarse de nuevo con el punto final, con el fin de la última página; atreverse significa dejarse desnudar por la narración, por las vidas de otros que nunca pensamos que serían las nuestras; atreverse significa dejarse hacer, dejarse provocar, dejarse alimentar por un demonio que, aunque nos diese miedo al principio, acabamos por contemplar como el ser más tierno del planeta. Ese demonio, ese pequeño monstruo, es el reflejo de lo que llevamos dentro. Porque todos, como decía García Márquez, tenemos tres vidas: la pública, la profesional y la privada. Y todos, como también decía, debemos mantener secretos. Y a veces, diría Winterson, esos secretos son la base de la literatura. Son esos secretos los que crean los libros más bellos, que siempre son excusas para liberarnos de la pesada carga de hundirnos, todos los días, en nuestro propio lodazal. Jeanette Winterson lo sabe. Virginia y Anne Sexton también lo sabían. Y por eso escribían. Por eso escribe. Pero también por eso las leemos. Sabemos que sus libros encierran verdades para las que no estamos preparados pero que, de alguna forma, necesitamos que nos hieran. Porque sólo de la herida nace el renacimiento. Sólo de la sangre nace la oración. Sólo de una piel arrasada puede surgir el fuego. Y necesitamos el fuego. Necesitamos arder. Necesitamos sentirnos vivos, sentir que la vida no se nos escapa, que no estamos condenados, como la estirpe de Cien años de soledad.

Jeanette Winterson

*Frase de ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Jeanette me ha leído desnuda. Jeanette lee a la gente y la desnuda. Jeanette se lee, se escribe, y nos desnuda. Se desnuda, ella. Todos sus libros de ficción se encomiendan a historias que no lo son. Bebe de la realidad, no miente. No inventa. Transforma. Hace magia. Nos regala una forma de entender la vida que nos salvará de un naufragio. Es un faro. Literalmente. Literariamente. Entiende las sombras de la luz. Entiende la luz de la esperanza. Pero es sincera, terriblemente honesta. En sus libros no hay esperanza. Ni en La niña del faro, ni en La pasión, ni mucho menos en Escrito en el cuerpo. La hay, sin duda, en su autobiografía, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? Y, aunque la vida de Jeanette es pura literatura, en sus ficciones sabe que mentir al lector es ayudarle a creer en una utopía; mentir al lector es generar en él una dicha que nunca existirá. Jeanette escribe para derribar muros y construir fortalezas. Sabe lo que es estar al otro lado. Sabe lo que es estar desprotegida, perdida, ausente. Sabe lo que es amar y, por tanto, arder. Y quizás sea esa la forma más acertada de describir la literatura Wintersoniana: sus libros arden porque caen en la tentación, siempre. ¿Tentación de qué, exactamente? Tentación de todo. Y de nada.

Jeanette es una funambulista. Desde pequeña, Jeanette ha caminado por un cable finísimo que la amenazaba a cada paso. Sabe del terror de caer, del miedo, pero también sabe de la atracción de la caída. Sabe lo que es sentir placer por una herida, sabe lo que es recrearse en la tristeza. Sabe que lo esencial no es siempre invisible a los ojos porque, a veces, lo esencial habita en la piel, se mete entre las uñas y anida. Aguarda. Lo esencial es saber caminar por ese cable. Lo esencial es dar piruetas sin marearse. Y mirar a las cosas de frente. Sus libros lo hacen. Sus historias, os estoy contando historias, creedme, son el faro al final del cable. Jeanette camina y nos enseña cómo hacerlo, dónde pisar, dónde hay mina y peligro, dónde habrá únicamente soledad. Nos muestra que siempre hay luz, siempre, y que aquella frase de Hemingway era cierta: «todos estamos rotos, así es como entra la luz».

Jeanette sabe jugar, sabe guardarse un as bajo la manga y sabe cómo dar la estocada final. Nos obliga, mientras la leemos, a sacar lo mejor de nosotros mismos. Primero, para no caer; segundo, para no perder; tercero, para poder seguir. Porque a Jeanette le interesa que sigamos, que sigamos siempre hacia adelante, contándonos historias que nos hagan olvidar que el pasado, si no un prólogo como decía Shakespeare, es una hoguera. Y allí, entre el fuego, en el mismo fuego que arde en cada una de sus novelas, están viejas leyendas que ya no tienen sentido en el presente, ni tan siquiera para justificar la tristeza o la felicidad. Leer a Jeanette es desnudarse ante un papel que nos ha escrito sin nosotros saberlo. Jeanette es magia. Leo, en Escrito en el cuerpo:

«Dijiste: me voy a marchar.
Por supuesto que sí –pensé– vuelves al cascarón.
Voy a dejar a mi marido porque mi amor por ti convierte cualquier otra vida en una mentira.
He escondido esas palabras en el dobladillo de mi abrigo. A veces las saco y las contemplo, como el ladrón de joyas, cuando nadie me ve. No se han desvanecido. Nada que tenga que ver contigo ha desaparecido. Aún eres el color de mi sangre. Tú eres mi sangre.»

Confiar en Jeanette es confiar en el cuerpo, en el poder de la piel, en el poder del juego. Es caer en la tentación y buscar, conscientemente, la penitencia. En el dolor encontraremos el placer, parece decirnos, y no se equivoca. Restregándonos por el barro de la infelicidad, de la tristeza, de las costillas rotas por noches de amor y de soledad, encontramos el orgasmo de la vida, y nos recreamos en él porque sentimos que hemos escalado el Everest a punta de pistola. Y esa extenuación, ese peligro indómito, esa capacidad de conseguir lo imposible, de caer en trampas que nunca habíamos previsto, da sentido a una existencia que sólo encuentra paz a través de las palabras de escritoras como Jeanette Winterson, capaces de reducir a la mínima expresión aún eres el color de mi sangre, el amor puro, la devoción, la trampa y la mano que perdemos en la mesa del casino. «Todo juego encierra el riesgo de un comodín», nos dice en La pasión, y ese comodín pueden ser tantas cosas… Y dice: «Se juega, se gana, se juega, se pierde. Se juega. Lo que arriesgas revela lo que valoras». Y nosotros, siempre, mirad vuestra vida, vamos, arriesgamos lo mismo: un beso, una caricia, una frase hecha, como un te quiero, que llegue en el momento en el que el pie, allá arriba en el cable, esté a punto de rendirse. «Son los clichés los que causan los problemas», dice en Escrito en el cuerpo, y también: «¿Por qué la frase menos original del mundo es la frase que más deseamos escuchar de la boca del otro? “Te quiero” es siempre una cita». Y, sin embargo, no dejamos de buscar esa oración en los labios del ser amado. Incansables. Indestructibles. Esperanzados.

En las novelas de la Winterson no hay esperanza. Jeanette arrasa sin dañar, como lo hace Márai, por ejemplo. Ambos entienden muy bien los universos que describen porque, me temo, usan a sus personajes para entenderse a sí mismos. Los personajes son su excusa para poder contar al mundo su verdad, sus sentimientos. Su forma de sobrevivir. Su forma de contarnos que no estamos solos y que lo sabe. Jeanette sabe. Todo. Jeanette es un milagro.

Anne Sexton

Leer a Anne es prepararse para la vida. Anne es un cuchillo afilado. Entrar en su mundo es salir de él con heridas, con tajos abiertos que supuran todo el barro de vidas ajenas y propias; leerla, orar en sus poemas, significa adentrarse en un bosque lleno de lobos hambrientos. Con Anne no hay segundas oportunidades. Anne es una bestia que no entiende de dientes de leche; Anne es, siempre, un colmillo dispuesto a devorar a su presa de una pieza. Su vida, esa jaula al aire libre, esa caja de zapatos que ella tan bien describe en uno de sus poemas, ese armario en el que se encerraba antes de que su madre apareciera, madre a la que temía, madre temeraria, era una constante selva, un psiquiátrico sin cámaras, ni reglas, ni humanidad. Su infancia la convirtió en una depredadora. La presa, ella, aquella niñita rubia preciosa, aprendió que para sobrevivir o se gruñe y se enfurece o te comen. Y ella prefirió devorar, incluso devorarse a sí misma, antes que volver a padecer el abismo de aquella muñeca que fingía (ser feliz, ser niña, ser) «I am a plaster doll; I pose», dice en su poema Self in 1958. Aprendió que nadie debía volver a jugar con su cuerpo, que los precipicios de los demás, disfrazados de vida, no volverían a convertirse en sus precipicios. Decidió tener los suyos propios, sus propias trampas y agujeros, sus propias reglas. Aun a riesgo de morir, aun a riesgo de perder, aun a riesgo de lapidarse. «They think I am me!», exclama, asombrada, ante la estupidez de los adultos. ¿Alguien supo, alguna vez, quién era en realidad Anne? Esa Anne a secas, en soledad, sin apellidos ni referencias familiares, esa Anne que mascullaba, quizás, versos, cuentos, que intentaba ver la vida con sus propios ojos y no a través de los demás, no a través de la mirada inquisidora de su madre, no a través de la ausencia del padre, no a través de… ¿Alguien lo supo alguna vez? ¿Alguien se molestó en mirarla a los ojos y cumplir sus deseos? ¿Y qué deseos podía tener una niña como ella? Ser niña. Nada más. Como Virginia. Sin muertes ni interrogantes a la espalda, sin la memoria de otras memorias. A solas. Ser niñas y aprender a ser niñas. Ser niñas y no entender a los adultos. Ser niñas y ver el mundo a través de esa inocencia que no se sabe que es inocencia pero que existe, que es necesaria. Para poder, después, ser adultos sin buscar, sin visitar de nuevo, obsesivamente, el territorio infantil, intentando dar sentido a un presente que sea hace indigno por no haber tenido un pasado con silencios en el pentagrama. La infancia ha de vivirse a cámara lenta, no como una composición al piano que nunca, ni un segundo, siente la necesidad de respirar. Una caja de zapatos sin orificios para el aire. Una muerte dentro de un objeto que lleva vida. Una jaula sin candado.

Por eso, adentrarse en Vive o muere, su mejor poemario, es adentrarse en una especie de infierno que intenta no parecerlo, que intenta disfrazarse, que intenta no ser tan vil, tan arrollador como en realidad es. Pero es una pose más, como la de la muñeca de la que nos habla en varios poemas de ese libro. Es una pose frente al espejo. Un ensayo, el disfraz es un ensayo. Pero lo que hay, en realidad, es una actuación tan estelar, tan brillante y magistral que, por derecho y definición, es terrible. Monstruosa. Vive o muere requiere de nosotros no sólo una concentración plena sino un escudo. Y no hay escudo capaz de contener tanto dolor, tanto miedo y destrucción como el que alberga el poemario. Nadie, ni siquiera Anne, está preparado para librar una batalla de este calibre. «Someone plays with me», dice, «someone pretends with me»; «Their warmth? Their warmth is not a friend!» Esa Anne, escondida en un armario, huyendo de su madre, es la imagen que se queda grabada en la cabeza. A fuego. Anne se escondía de su madre porque su madre no respetaba su intimidad, su cuerpo, sus secretos. Una niña no tiene secretos, pensaréis. Una niña puede tener lo que quiera porque la infancia es libre. Pero Anne no lo era, como tampoco lo era su madre, que le hacía revisiones físicas todos los días, que la sacaba del armario y la obligaba a abrirse de piernas, desnuda, a inspeccionaba. Imaginaos a la Anne adulta, obligada frente al psicoanalista a revivir esas escenas grotescas en las que su madre rompió una barrera que nunca más, ni con todo el aplomo y tesón del mundo, podría volver a ser reconstruida. En esos momentos, mientras su madre indagaba en lo más profundo de su ser, Anne se hizo poeta. Anne creó, desde su infancia, el Vive o muere, el «vive o muere pero no lo envenenes todo». Anne vivió gran parte de su vida en un abismo lleno de veneno, en un peligro constante de enfrentarse a su nombre y a su apellido, a un peligro de ser lo que su madre consiguió que fuera en aquellas revisiones oculares. En aquella vergüenza. En aquella inocencia interrumpida.

Anne se rompió en mil pedazos e intentó reconstruirse a través de sus poemas. No. Es evidente que no lo consiguió. Pero puso todo su empeño en sobrevivirse. «I am on a diet from death», dijo en su poema The addict, también en su poemario Vive o muere. Y lo estuvo durante un tiempo, un tiempo en el que, sin embargo, no consiguió no envenenar, sin querer, las vidas de quienes estaban a su alrededor, de su marido, de sus hijas. Años más tarde, su hija, Linda Gray Sexton, escribiría en Searching for Mercy Street sus recuerdos con su madre, su recuerdo de lo que fue su madre, su lucha con su madre, su batalla, la bandera blanca que ondeaba de vez en cuando, y la explosión final. Su hija consiguió narrar el horror de lo que el veneno consigue cuando no mata del todo, cuando se está vivo pero, en realidad, se está muerto. Un libro, el de Linda, tan bestial y demoledor como los poemas de su madre, a quien admiramos e intentamos entender sabiendo, como sabemos, que jamás alcanzaremos el infierno que ella pone ante nosotros, servido en bandeja, pero incomible. Por eso a los poemas de Anne hay que acercarse de puntillas, intentando no molestarlos, no perturbarlos, para no lanzar nuestra propia vida a una ausencia de latidos; los latidos que se quedaron en aquella caja de zapatos, en aquel armario, en aquel espejo en el que una niña se obliga a sí misma a ser una muñeca que posa, que finge, que ni vive ni muere pero que todo lo envenena; incluso su propia sangre invisible.

Virginia Woolf

Mi gran obsesión. El gran milagro de mi vida. Mi V. Mi amada Stephen. Nadie hay como ella. Nadie ocupa el lugar que ella habita en mis entrañas. Nadie será capaz de invadirme con esa ternura y con esa arrolladora capacidad de hacerme temblar por dentro y por fuera. Que apareciese en mi vida fue mi salvación. Cuántas veces, antes de volcarme entera en sus libros, había escuchado hablar de ella. Cuántas veces había oído hablar de su capacidad para que el lector no entendiese palabra de lo que decía. Cuántas veces retrasé el momento de involucrarme con ella porque sabía que una vez que entrase no iba a poder salir. Cuántas. Y cuánto tiempo perdido. Virginia es mi faro en la literatura. A ella me encomiendo cuando tengo miedo, a ella me lanzo cuando mi vida parece una broma, una comedia que no soy capaz de comprender. Me tiro en sus brazos y me siento en casa. Virginia, para mí, es un hogar. Es casa. Mi casa. Me lee, como Anne, como Jeanette, pero me lee de una forma que ninguna de las otras dos es capaz de conseguir. Me lee como si fuese su hija, como si fuese, por tanto, uno de sus personajes. Virginia me emociona. Dentro y fuera de los libros. Me emociona su existencia, el milagro. Que naciese alguien de su talento y nos honrase a los demás con su literatura. Que nos regalase sus historias, con miedo pero con valentía. Y me emociona que fuese capaz de afrontar su vida, tan llena de muertes, tan llena de ausencias. Quizás porque me siento identificada. Porque siento que, como ella, ninguna de las dos nos pudimos despedir de verdad, y con tiempo, de esas personas que nos enseñaron a ser personas. Quizás, porque me siento unida a ella de una forma que ni yo misma soy capaz de expresar. Sé que ella es mi faro y que con eso basta. Que ella me da luz cuando no percibo ni la oscuridad, que ella vuelve a colocar mis huesos en su sitio y me da una palmada en la espalda y me dice ve. Como el sentir de las olas que rompen en tu piel sentada en la orilla. El agua se siente fría pero esperas el próximo golpe porque, en el fondo, sabes de la calidez que encierra.

No me avergüenza reconocer que con Virginia tengo una obsesión tal que la objetividad es imposible. Tampoco me avergüenza reconocer que me he pasado noches enteras leyendo las muchas biografías que se han escrito de ella, que me he obsesionado con la película Las horas, con la biografía de Quentin Bell, o que he escrito una novela en la que reinvento la historia de Virginia para suplir mi necesidad, en parte, de ella. No me importa reconocer, aunque escuche las risas, que Virginia me ha hecho feliz cuando ningún humano con el que he convivido lo ha conseguido. Tampoco que releo una y otra vez los fragmentos subrayados, que me busco y me encuentro, que la busco y la encuentro, y que de vez en cuando le escribo cartas a un email creado por mí misma. Y le escribo y le cuento, me vacío y me sacio. Y así, sólo así, mirando a la luz de ese faro que es para mí Virginia, soy capaz de continuar. Desde que entré en ella no he sido capaz de salir. Es casa. Es hogar. Es Hyde Park Gate, es St. Ives. Mi St. Ives particular.

«Pero si un día no vienes después del desayuno, si un día te veo a través de cualquier espejo buscando, quizá, a otro, si el teléfono suena y suena en tu habitación vacía, entonces, después de indecibles angustias, entonces —porque la locura del corazón humano no tiene límites— buscaré un tú como el tuyo. Entretanto, borremos de un golpe el tic-tac del reloj del tiempo. Acércate más.» (Las olas, 1931)

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