huesos en la memoria

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A la literatura le pido que me extenúe, que no me deje indiferente. Que me arrase, que me queme, que me haga temblar. Que me conquiste territorios aún no explorados por nadie más, ni tan siquiera por mí misma, y que me haga revivir batallas, guerras. Que me incite a crear trincheras en mi cuerpo, en mi piel, donde refugiarme y no, a donde huir y no, donde pedir rescate y no. A la literatura le pido una cicatriz, un estremecimiento tan brutal, tan sádico, que cree ríos de sangre con los que contaminarme. Mi cuerpo, mi piel y mi sangre son mi veneno. La literatura es mi veneno. Por eso le pido que me enamore en cada libro, que me deje por los suelos, que me deje gritando, rogando por más. A la literatura le pido un orgasmo improvisado que me ahogue de repente. Le pido una sacudida que me deje tiritando. No le pido más ni menos de lo que le pido a mi amante, a mi amor. A la literatura, como al sexo, le pido que me cree una nueva piel; una piel que me proteja de mi cuerpo y de su memoria. Porque, como dijo Manuel Arranz en Pornografía: «el cuerpo tiene memoria, pero a diferencia de nosotros, él nunca olvida.» Necesito, por tanto, que me aleje de la piel venenosa que me invade esos días en los que no te tengo pero estás y me hile una nueva.

Jeanette Winterson sabe de piel, sabe de qué habla el cuerpo cuando mil lenguas salen de él y la amenazan. Sabe de cicatrices que llevan nombres esculpidos, sabe que no hay forma de amar que no sea intensa y arrebatadora. Sabe que cuando se queman las naves se quema todo un sistema inmunológico: nunca volvemos a ser los mismos. Nos quedamos anclados en un punto, siempre de una triste historia, porque, como dijo Mathias Enard en El alcohol y la nostalgia, hay manos que no somos capaces de soltar jamás. Y que la literatura se crea, precisamente, en esos dramas, cuando esas manos no son más que huesos en la memoria. Y el cuerpo lo sabe y grita, y busca, y se encadena a tierras que no le pertenecen, a extenuaciones de las que no recibirá placer ni satisfacción. Porque hay falanges que nos retienen en un mundo que apenas dura un segundo, pero qué segundo. La literatura habla de tuétanos lastimados, de heridas abiertas, de sangre escupida. La literatura habla de esos límites a los que llevamos a nuestro propio cuerpo para intentar olvidar, para intentar seguir adelante, para intentar luchar, batallar, arruinar otras vidas. Para intentar renacer. Para vencer la melancolía, la nostalgia de los pliegos de una piel en juego con los pliegos de otra, para vencer a quien creó un mapa con nuestros lunares, con nuestras llagas. Y escribimos sobre ese dolor que nos arruina la vida. Escribimos sobre esos crujidos que suenan a todo volumen en nuestro interior. Escribimos para descargarnos de besos y caricias, de sudores, de labios, de pechos. Escribimos para alcanzar el límite, la meta, el fin, y poder respirar sin que suponga una carrera de fondo. Escribimos para que aquellas promesas, aquellos para siempre, no sean la lava que nos sepulte. Leemos a quienes escriben sobre pieles quemadas y arrasadas porque no podemos seguir haciéndole el amor a la tristeza.

Es la literatura el cuerpo donde tenemos que quemar los fantasmas, los miedos, los recuerdos. Es una jungla, en mitad de la nada, que arde. La literatura es el lugar donde la amenaza toma cuerpo. Pero saltamos, nos lanzamos de cabeza creyendo que siempre habrá agua. La mejor literatura, en cambio, aquella que ha de arrasarnos la vida es, precisamente, aquella en la que no sabemos si el salto nos hundirá en el agua o nos abrirá la cabeza con la piedras del fondo. A veces, la mejor literatura es una piscina vacía. Sólo así, me digo, podemos rellenar nuestra vida con cosas nuevas; no vamos a encontrar paz en lo que ya existe.

Y son precisamente los fragmentos que se nos quedan anclados a los huesos, los que tiran y tiran tan constantemente, aquellos a los que volvemos una y otra vez en busca de consuelo, de algún tipo de salvación, de refugio, los que crean un mapa sobre nuestra piel hasta dar con eso que llaman cuerpo. Pero, en realidad, no son las piernas las que nos permiten caminar, ni son los brazos los que nos permiten abrazar, ni son los ojos los que nos permiten ver. Pero eso sólo se entiende cuando se ha leído, cuando se ha sentido, cuando nos hemos olvidado de nuestro propio caparazón y hemos inspirado y expirado a través de otro. Sólo a través de otro cuerpo es posible que el nuestro exista. Siempre. Y esos fragmentos, que permanecen en nuestra carne y que a veces duelen, nos definen, dejan a los demás que veamos quiénes somos, cómo pisamos por la vida, qué carencias tenemos, qué ansiamos, qué echamos de menos. ¿Qué dicen de mí los siguientes fragmentos?

Jean-Philippe Toussaint, Hacer el amor: «¿A quién no le gusta prolongar ese momento delicioso que precede al primer beso, cuando dos personas que sienten cierta inclinación amorosa la una hacia la otra ya han decidido tácitamente que van a besarse (sus ojos ya lo saben, sus sonrisas lo intuyen, sus labios y sus manos lo presienten) pero difieren aún el momento de rozar con ternura sus bocas por primera vez?»

Jeanette Winterson, Escrito en el cuerpo: «Me dijiste: me voy a marchar. Y pensé: por supuesto que lo vas a hacer. Vuelves a casa. Dijiste: voy a dejar a mi marido porque mi amor por ti convierte cualquier otra vida en una mentira. He escondido esas palabras en el forro de mi abrigo y las saco, como un ladrón de joyas, cuando nadie está mirando. No se han desvanecido. Nada que tenga que ver contigo se ha desvanecido. Aún eres el color de mi sangre. Tú eres mi sangre.»

Jeanette Winterson, La pasión: «Yo no busco nada, he descubierto lo que quiero y no puedo tenerlo. Si me quedara, no sería por esperanza sino por miedo. Por miedo a estar solo, a separarme de la mujer que con su simple presencia ensombrece el resto de mi vida. Digo que estoy enamorado de ella. ¿Qué significa? Significa que veo mi futuro y mi pasado a la luz de este sentimiento. Es como si escribiera en una lengua extranjera que, por arte de magia, de pronto fuera capaz de comprender. Sin palabras, ella me revela mi propio ser. Igual que los genios, ignora lo que hace.»

Sándor Márai, La mujer justa: «Yo, amigo mío, esperaba un milagro. ¿Qué milagro? Sencillamente, que el amor fuese eterno, que rompiera la soledad con su fuerza sobrehumana y misteriosa, que disolviera la distancia entre dos seres humanos y derribase todas las barreras artificiales que habían levantado la sociedad, la educación, el patrimonio, el pasado y los recuerdos. Quien corre peligro de muerte mira alrededor en busca de una mano tendida que le haga saber que aún hay compasión y solidaridad, que aún viven seres humanos en algún lugar.»

Álvaro de la Rica, La tercera persona: «Ahora que lo pienso, al escribirte esto último, me gustaría preguntarte algo que me ha rondado siempre por la cabeza, una duda que quisiera despejar de un modo definitivo: si es así, si tienes tanto de lo que preocuparte, si no ibas a poder tenderme del todo la mano, abrazarme en lo más íntimo, ¿por qué has estado siempre ahí?, ¿por qué nunca me has dicho basta?, ¿por qué has mantenido conmigo conversaciones de horas, interminables mensajes cruzados, una presencia constante a mi lado?, ¿por qué no me has rechazado si tampoco has querido amarme hasta el final?»

Princesa Inca, Crujido: «olvidé besarte el cuerpo cuando llovía»

Carlos Castán, La mala luz: «Y sobre todo habría que saber por qué nunca aprende el malherido, por qué vuelve a por más tras tanta guerra.»

Virginia Woolf, Las olas: «Pero si un día no vienes después del desayuno, si un día te veo a través de cualquier espejo buscando, quizás, a otro, si el teléfono suena y suena en tu habitación vacía, entonces, después de indecibles angustias, entonces —porque la locura del corazón humano no tiene límites— buscaré y encontraré un tú como el tuyo. Entretanto, borremos de un golpe el tic-tac del reloj del tiempo. Acércate más.»

Quizás estos fragmentos, elegidos en un momento en el que finjo que nada me importa ya, que sólo vivo para y por la literatura, elegidos, decía, en un momento en el que coloco mis órganos para disimular una revolución, digan de mí que estoy aún viviendo en el pasado; puede, incluso, que revelen que he amado, que he sufrido, que he batallado; quizás, y puedo aceptarlo, hablen de una trinchera que he cavado con mis propias manos; quizás hablen de un vuelo perdido, de un estómago dado la vuelta, de una necesidad que no encuentra amparo. Acepto que lo que leo son vísceras de otro cuerpo que me provocan placer. Yo también tengo vísceras pero están desordenadas. Busco, por tanto, que la literatura me ordene, me ponga firme y me diga: pese a que te cueste, esto que ves, esto que sientes, esto que te araña es lo que eres. Que me hable, la literatura, y me diga que el miedo es para los cobardes y que, de golpe y porrazo, como si la magia realmente existiera fuera de los libros, todo el dolor, todos los recuerdos traicioneros, todo el sudor convertido en sangre, desaparecieran, y quedase mi cuerpo, limpio, para volver a empezar el destrozo. Porque, mal que nos pese a los letraheridos, sólo lo que nos ahoga y socava y agujerea tiene sentido. Sólo esa literatura, la que nos cambia, nos transforma, nos moldea, nos enseña, nos grita, nos hiere, nos vomita, nos sana, puede dar razón de ser a esta vida. Y, si no me creéis, pensad en una vida sin literatura. Os lo digo: yo me suicidaría. Porque la literatura es pasión, pasión por todo, pasión por la vida, por sentir, por llorar, por sufrir. Como dijo Jeanette Winterson, a quien recurro más veces de las que debería, «a mí me gusta la pasión, me gusta estar entre los desesperados.» Llevar el cuerpo y la piel al límite, hasta la suciedad, hasta algo similar a la violencia, sentirlo todo y que, cuando muramos, nuestro cuerpo cuente las mil y una batallas, perdidas y ganadas, en las que hemos confirmado que la vida merece ser vivida sólo por la historia que nuestro cuerpo, precisamente, terminará contando al mundo. El cuerpo es literatura.

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