insultante felicidad

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1. En días como hoy una se levanta exultante. Tras tres semanas de intenso trabajo frente a la pantalla de ordenador, tras meses programando y dándole vueltas a la cabeza, en esa soledad del que sabe que está creando algo grande (#GR27), me he levantado sabiendo que todo el trabajo y el esfuerzo valen la pena. Cuando miro a cómo era yo hace cuatro años, cuando toda la locura granitera comenzó, me doy cuenta de lo afortunada que soy. Estoy inmersa en un mundo que me apasiona, un mundo sin el que ya no sé vivir. Mi vida ha cambiado radicalmente en estos cuatro años. He conocido, gracias a la literatura, los nombres que estaban escritos en mis huesos sin saberlo. Ahora los leo, me leo los huesos, y se me llena el cuerpo de una cálida felicidad. Como la de hoy al despertar.

2. En días como hoy tengo miedo. Miedo porque el umbral de la felicidad me recuerda que todo lo que sube baja, y que la exaltación con la que he amanecido puede ser engañosa. Decía un poeta francés que la tristeza era adictiva, pero también lo es la felicidad. Hay que tener cuidado. Y hoy sé que tengo motivos para ser feliz, insultantemente feliz, y no sólo por la revista, no sólo por la respuesta de la gente de mi alrededor, no sólo por el cariño de mis allegados, sino por algo más de lo que no hablo para que no se me gafe. Porque soñar es, de verdad, todo un regalo. Y estoy soñando todo el día.

3. Leo, en un libro que me regalaron ayer: «Aún podré amarte mucho tiempo. Mi vida está en la tuya, y todo lo que soy procede de ti. Algunas gotas de tu rica y noble sangre, más preciosa y más eficaz que todos los elixires del mundo, me han devuelto la existencia.» Es un libro de relatos de vampiros que, pese a todo, me recuerda a otro libro que estoy leyendo, La cámara sangrienta, de Angela Carter. Y pienso en lo deliciosa que es la literatura cuando se sabe elegir bien. Me recreo en lo hermosa que es la literatura.

4. Y leo, también, en Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir: «La miraba con embeleso. Uno cree que ya no puede ocurrirle nada, ya se ha hecho a la idea (y aquello no había sido fácil, aunque no lo hubiera exteriorizado), y de pronto una gran ternura, del todo nueva, te ilumina la vida.» Y eso va por ti, si me lees, J.

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