miracles come in disguise

Que la literatura me siga sorprendiendo. Ese fue, y es siempre, uno de mis deseos cuando empieza el año. Mientras suenan las doce campanadas e intento no ahogarme con las uvas, pido deseos. Y uno de ellos es que pueda seguir emocionándome, o incluso enrabietarme ante lo que leo, con los libros. Leer a Jeanette Winterson es siempre sinónimo de placer. Aún me ilusiona su forma de narrar la vida, aún me deja patidifusa los caminos que sigue, y persigue aún, para dar con tantas espadas en alto. La Winterson es un milagro, y sus libros son un referente tal que podría recitar párrafos enteros de La pasión o Written on the Body. Si en castellano es bestial imaginad leerla en inglés. Magia pura. Ahora leo Why be Happy When you Could be Normal? y no hay página en la que no ponga un asterisco, subraye una frase o haga una línea orientativa. Siempre, Jeanette, me saca las entrañas y las deja al sol.

Hoy la Winterson me ha sorprendido con el siguiente fragmento, que pongo en inglés porque en inglés suena todo mejor: «I used to hit my girlfriends until I realised it was not acceptable. (…) There are people who could never commit murder. I am not one of those people. It is better to know it. Better to know who you are, and what lies in you, what could you do, might do, under extreme provocation.» No esperaba una confesión como esa, no esperaba esa honestidad tan brutal que, sin duda, podría cambiar la imagen que los demás tenemos de ella. I used to hit my girlfriends. Como cuando leí Searching for Mercy Street, de Linda Gray Sexton, hija de Anne Sexton, la brutalidad de la sinceridad con la que ha dejado la autora que esa frase se pose sobre el folio, he tenido que dejar el libro unos segundos sobre el regazo. No es posible, he pensado, aunque en realidad encaje perfectamente con quien es Jeanette: siente demasiado. Y todos sabemos que los que sentimos demasiado podemos vernos sorprendidos por nuestros propios impulsos. Y ella tiene a su favor que conoce cómo reaccionará, después de haber vivido esos episodios, y lo evitará. Pero el hecho de que dentro de sí exista un sentimiento tan arrollador como la violencia, que es como un pequeño monstruo que nos devora poco a poco, me ha dejado noqueada unos minutos. La frase se repetía en mi cabeza, una y otra vez, I used to hit my girlfriends, una y otra vez. Jeanette hablaba en ese fragmento de cómo sus padres la pegaban de pequeña, de cómo existía la violencia en aquel Accrington, en aquel Manchester de los años cincuenta y sesenta. Fragmento que ha resultado muy revelador una vez leída I used to hit my girlfriends. Y he pensado dos cosas: la primera, si esa violencia gratuita, pues eso es lo que era, no estaría ocasionada, en el caso de los padres de Jeanette, por el miedo, por la ignorancia del miedo y su absurdez; y, segundo, que hay personas que nunca llegan a saber quiénes son y que el único modo de expresión que encuentran es la violencia, que tiene muchas máscaras (la psicológica, la física, el mutismo, la venganza, el odio). Las peores, sin duda, son esas personas que sospechan quiénes son y no están dispuestas a aceptarlo. Sus acciones, en este caso, son auténticas barbaridades que intentan justificar a través de la manipulación o el soborno emocional.

Una vez Jeanette supo quien era dejó la violencia atrás, y nunca más el I used to hit my girlfriend. Quizás, incluso, no debería darle tanta importancia a la frase, pero siento que debo. Porque esa frase me da miedo. Me da miedo ver a una Jeanette desconocida, una Jeanette totalmente alejada de su novela La pasión o de La niña del faro. Como si me encontrase una biografía sobre Virginia que me dijera que pegaba a sus sobrinos, o a Leonard, por ejemplo. Como cuando leí la novela-biografía de la hija de Anne Sexton y contemplé, estupefacta, a la Anne que se escondía en casa, a la Anne que hacía barbaridades, a la Anne completamente desquiciada por la locura. Leer esa frase ha sido como si el nombre de Jeanette Winterson se escribiese en mayúsculas dentro de mí y me agujerease por dentro. Igual que cuando leo los poemas de Anne o me descubro releyendo Las olas de Virginia.

Un poco más adelante de la frase maldita, he encontrado lo siguiente: «there are so many kids who never get looked after, and so they can’t grow up. They can get older, but they can’t grow up. That takes love. If you are lucky, the love will come later. If you are lucky you won’t hit love in the face.» Y es entonces cuando he comprendido. Los que enseñaron a la pequeña Jeanette que la violencia podía ser un modo de expresión habían crecido en edad y nada más. Se habían quedado en la extenuación de un golpe, en aquella pérdida de dignidad, en aquella batalla que no permite respuesta. Es sorda y ciega, y gana siempre. Jeanette, sin embargo, creció y maduró. Y amó. Eso la convirtió en una persona que conoce sus límites y rechaza sus cadenas; rechaza, también, las máscaras, los múltiples disfraces que teje el miedo en nosotros. Jeanette creció, entendió, y aplicó sus sentimientos. No dio una bofetada al amor, no dio la espalda a un modo de vida alejado de todo aquello con lo que había crecido. Su madre creía que esa hija que había adoptado era casi demoniaca, un castigo. No sé si llegó a comprender, como comprendemos muchos ahora, que Jeanette era la elegida, el milagro. Que naciese en Manchester, que fuese adoptada, que creciese en un clima digno de una novela Dickensiana, sólo hizo de ella una escritora que nos emociona en cada frase, en cada página. Hizo de ella un milagro, una mujer a la que alabar, a la que amar.

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