nuestro Frankenstein

Recuerdo, hoy más que nunca, una de las escenas de Orange is the New Black. En ella, Alex le dice a Piper «you are hungover and feeling emo». Piper quiere cometer una locura y Alex es la única que ve el peligro. A veces estamos sentados sobre un precipicio y no somos capaces de ver que nuestro universo pende de un hilo. Y no somos funambulistas. Todos, en algún momento, nos sentimos así, más inclinados al fatalismo y a la oscuridad. Es la ley del cuerpo. Es su decisión. Su disposición. Alex y Piper están encarceladas. Pienso en Perkins Gilman y en cómo relataba en Papel pintado amarillo ese encarcelamiento del que derivan tantos sentimientos que somos incapaces de lidiar con nada. No podemos ir paso a paso y se nos acumulan los monstruos. Golpean todos a la vez en nuestras entrañas y nos devoran, poco a poco. Así le pasó a Gilman, así le pasó a Plath, así le pasó a Pizarnik. Y a tantas otras. Ninguna de ellas creía estar alcanzando un estado en el que poder expresarse debidamente. Y, sin embargo, lo hicieron. Los monstruos fueron tan invasores que eliminó su capacidad de ver las cosas a través de un velo transparente. Protector. En la habitación de Gilman no había protección, como tampoco la hay en la cárcel, o en los pájaros que retransmitían en griego la vida a Virginia. Las jaulas, me temo, hay que saber traducirlas. Al fin y al cabo, nuestra protección depende de nuestra defensa. Y nuestra defensa tiene su origen, siempre, en la oscuridad. Todos tenemos a un Víctor Frankenstein dentro. Todos, sin excepción. Que se manifieste o no, que sea brusco o tierno, que rabie o agonice, que sonría o se lama las heridas, depende de nosotros y de nuestra actitud hacia ese monstruo que, no nos olvidemos, nosotros mismos hemos creado. Creíamos que ganaríamos, que conocíamos la estrategia de la batalla, y no. Frankenstein y su Prometeo son la demostración. Y a veces nos sentimos como el verdadero monstruo de Frankenstein de Mary Shelley quien, a punto de dar la estocada final sobre su maltrecho destino, clama: «Seguía necesitando amor y compañía y continuaban rechazándome. ¿No era esto injusto? ¿Soy yo el único criminal, cuando toda la raza humana ha pecado contra mí?» Elijo este fragmento y no otro porque, en el fondo, cuando nos sentimos como me siento yo en esta tarde de domingo, por ejemplo, más inclinada a la oscuridad que hace tanto que no visitaba como a la luz que se proyectaba hoy sobre mi ciudad, me doy cuenta de que todo lo que le exigimos a nuestro monstruo, a nuestro Frankenstein, es ese amor, esa compañía, ese no-rechazo, esa no-soledad. Lo mismo que se le negó al de Shelley y lo mismo que lo convirtió en un ser obligado a matar sus buenos sentimientos. Obligado a aniquilarse a sí mismo. Y, para no terminar como él, buscamos ese amor incondicional que sólo nuestro monstruo, nuestro Frankie, puede darnos. Sólo él puede salvarnos. Aterrador, ¿verdad? Pero qué alivio.

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