primera memoria

Quiero recordar el tiempo en el que Jenn y yo, o Fusa y yo, éramos inseparables. Aquellos días en los que éramos las «chicas de G&R», aquellos vuelos que tomábamos (BIO-MAD/BCN-MAD/BIO-BCN) para vernos, y hablar. Los días en los que los emails que nos enviábamos eran biblias. Recuerdo cuando en una reunión familiar, desesperada como estaba por tener que fingir, por tener que callar, por no poder ladrar, cogí mi Blackberry, me senté en el jardín, y le escribí un email pidiéndole socorro. «Espero que mis gritos no te dejen sorda», pensé para mí. Una frase similar que usaría ella después en una de sus cartas: «que te llegue el mensaje entre tanto grito». Me llegaba. Entendíamos nuestra afonía, entendíamos los gritos y los susurros. Fusa y yo nos entendíamos. Aquel día, en aquel socorro, apenas conocía a quien escribía. Granite acababa de empezar, era 2010. No había ni cuatro números publicados. Ella parecía haber encontrado una casa, y yo había encontrado una casa en ella. Éramos nuestro diario. Y aquel correo cambió nuestra relación para siempre. Empecé a quererla. Me contestó y me hizo saber que estaba, que ella era. Cuando me fui a vivir a Leeds, al norte de Inglaterra, y la vida me sacudió con su peor versión del diablo, ella estaba dispuesta a ir en coche hasta Bilbao y estar. Antes de que pidiese ella daba. Yo tuve que regresar, pero con nuestras conversaciones sentía que, en realidad, no me había ido nunca. Vomitar mis sentimientos en nuestros correos era lo que me proporcionaba el equilibrio que necesitaba. Para no volverme loca. Para no sentirme sola. Para poder sentir ganas de abrazar.

Con los años, con los meses, nuestra relación se ha calmado. Pero no voy a negar que la he echado de menos. Cada una ha seguido con sus cosas, nos hemos distanciado, hemos vivido y no nos lo hemos contado. A veces, he adivinado su vida a través de las redes sociales. Quizás ella haya hecho lo mismo. Pero no nos hemos perdido la pista. Quizás, porque hemos compartido demasiado. Quizás porque, en el fondo, sabemos que estamos. Que basta un nuevo grito para reactivar toda la maquinaría pesada de la amistad. Al fin y al cabo, lejos o cerca, eso es lo que siempre nos ha bastado. Hemos compartido nervios, como aquellos en Madrid, en nuestro primer acto oficial como graniteras, entre editores a los que admirábamos y escritores a los que, aunque sea un poco, queríamos parecernos. Y aquellos nervios salieron bien. Y después, en una habitación, en la misma que meses antes habíamos estado firmando las primeras (y de momento únicas) postales graniteras de Navidad, las risas por un vaso de agua tirado a las ocho de la mañana. Ese estruendo, me digo ahora, ese nombre y apellido que pronuncié a modo de queja, era la amistad. La complicidad.

Fusa me entendió cuando más necesitaba que alguien lo hiciera. Nuestra forma de entender la literatura era similar. Ella entendía que aquello de lo que hablaba su Gaite no se alejaba demasiado de lo que hablaba mi Woolf. Y que aquello de lo que hablábamos cada una se hacía uno con lo de la otra. Fue ella quien leyó los primeros capítulos de mi novela y yo fui de las primeras en leer su El duelo y la fiesta. Fusa y yo somos muy distintas: ella estudió filología hispánica, yo filología inglesa; sus lecturas son hispánicas, mis lecturas son anglosajonas; ella escribe sin parar, como si la inspiración estuviera enamorada de ella, y yo necesito sentir el impulso de lanzarme al papel, sentir que es ahora, ahora únicamente, cuando puedo desembarazarme de lo que me palpita; ella tiene casi veintiséis años y yo casi veintinueve; ella ha llegado, y yo aún espero; ella es más sociable, yo soy casi misántropa. Y, pese a todas las diferencias, hubo un tiempo en casi fuimos una: mentes graniteras que pensaban igual, amigas que sentían igual. Fusa llegó cuando más impulsos necesitaba. Y quiero creer que, de alguna manera, nos hemos hecho mejores entre nosotras, que apoyarnos, querernos, reírnos, nos ha llevado a ser una versión mejorada de una novela que, parece, se escribe poco a poco, frase a frase, sin necesidad de retocar nada.

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Me niego a llamarla Jenn y ella sabe por qué. Sigo sintiendo que a Jenn no la conozco del todo. Es como cuando has crecido con Leo y de repente es Messi. Para mí será siempre Fusa, aunque en sus novelas aparezca como Jenn, aunque en las redes sociales sea Jenn. Es Fusa porque cuando gané una pequeña batalla, hace años, era Fusa quien me contestaba; porque, cuando cambié mi vida por completo en diciembre de 2012, era Fusa, de nuevo, quien estaba al otro lado del hilo. También porque creo que, llamándola Jenn, la he perdido para siempre; como dejar atrás un apartamento y olvidarse los libros en la estantería.

Cuando he empezado a escribir esta entrada tenía en mente poner cinco puntos, por ejemplo, sobre por qué había que leerla. Mañana publica con Lumen su cuarta novela, Es un decir. Pero se ha impuesto la memoria. Así que esa es la razón por la que tenéis que leerla: por esa primera memoria, como diría la Matute, que me hila a ella en Belfondo, en Bergai, en Barcelona, Madrid, lugares distópicos o territorios inexplorados. Porque en ella he encontrado un refugio, una campana de la que tirar para recuperar parte de lo que soy. Y porque, supongo, esa primera memoria vencerá siempre a las siguientes memorias, que parecen siempre la primera, y que en realidad no son más que una trampa.

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