tan japonés (parte 1)

BIRGITTA TROTZIG

Leo: «Uno tiene su historia conocida y la desconocida.» Me pregunto cuál será la mía. Qué es lo que contarán mis manos cuando no soy consciente de que las tengo, lo que contarán mis ojos cuando me quedo colgando de un pensamiento que me ha atropellado de repente, lo que contarán mis labios cuando se muerden, _ _ _ _ _ _ _ _ _, y no me noto la sangre en la barbilla. Eso me hace recordar la cicatriz que me hice… No. No he venido a contar eso.

Sigo leyendo: «La conocida, la accesible en apariencia.»
«Y la otra, que lentamente se consuma bajo la superficie. A veces, un presagio. Una puerta grande y pesada se abre. Queda abierta. Afuera, en lo alto de la noche, en el universo estrellado, inmenso, se está desarrollando la historia verdadera. Está rodeada de un silencio alto y peculiar, un silencio en el que el ser y el lenguaje son uno.»
Y pienso que, si consigo lo que quiero, si soy capaz de plasmar lo que hay en mi cabeza, si soy capaz de expresarlo en palabras y darles una vida que ya poseen dentro de mí, si, al sacar la historia a la superficie no se oxida ni se ahoga, digo, si consigo que el mundo que ahora me toca por dentro no tenga un sonido estridente, conseguiré vencer el silencio. Qué terrible, el silencio. Es repugnante. Pero también: «el grito que uno no ha dado está en todas las partes del cuerpo». Cuántos huracanes en tantos cuerpos.

¿No?

En un artículo que escribí, y que aún no se ha publicado, hablo del cuerpo, de lo que es el cuerpo para mí, el cuerpo que se mezcla, que se llena y que revienta con la literatura; el cuerpo que no se moldea, el cuerpo que se ama por ser cuerpo y por ser un mundo donde, creemos, aún podemos dibujar. Y leo, de nuevo: «¿Quién es el que vive en mí, quién el que llorando violentamente me quiere reventar la piel?»

JAIME SABINES
«Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida»

(Nota: Jaime Sabines, cuando habla de muerte, de saltar del manicomio al panteón, de la sangre, me recuerda a tres mujeres a las que amaba, ya, mucho antes de conocerlas: Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik, Anne Sexton.)

No sé quién me descubrió a Jaime Sabines ni por qué le hice caso. No sé quién me mandaría adentrarme en la poesía. Cuando tenía catorce años escribí mi primer poema. Qué gracioso, catorce. Recuerdo que se lo pasé a unas compañeras de clase en clase de matemáticas, posiblemente. Cuando el profesor se fue, vinieron a mí. ¿Lo has escrito tú? Aún tengo ese poema guardado. Folio cuadriculado, tinta azul. Un poema terrible. Escandalosamente avergonzante. , contesté. Se sorprendieron. Una de ellas me preguntó si podía copiarlo. Ese ha sido, de momento, mi único éxito.

Poetas como Sabines me recuerdan que, quizás, y aunque nunca lo creyese posible, siempre he estado ligada a la poesía. Ahora lo estoy demasiado. Me hundo en exceso en los versos de los demás. Esa inmediatez, esa muerte rápida, que no prematura. Tan japonés todo. «Eras, cuando caía, eras mi abismo, / cuando me levantaba, mi fortaleza» o «Trato de escribir en la oscuridad tu nombre. Trato de escribir que te amo. Trato de decir a oscuras todo esto. No quiero que nadie se entere».

Eso es la poesía: escribir para que nadie se entere. ¿Acaso soy capaz de entender la totalidad del dolor de Emily Dickinson? No puedo más que recrearme en ese verso que dice: «one need not be a chamber to be haunted» y que resume toda mi esencia, supongo, y la de miles de personas más. Que ese verso, en sí, ya es magia, que ese verso, en sí, ya te embruja. Y eso es la poesía, también: embrujarte con tu propio ser, con tus sentimientos, y tirar de tus pies cuando alcanzas a ver, y respirar, la luz mientras sales de un pozo. Tirarse a uno mismo de los pies e ir mascullando, al mismo tiempo, unos cuantos versos.

«Muero de ti y de mí, muero de ambos, / de nosotros, de ese, / desgarrado, partido, / me muero, te muero, lo morimos».

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