y tu costa

1. Últimamente leo mucha poesía. Quizás busco algo, pero no sé qué es. Quizás como en este intentar escribir algo que no sé a dónde me va a llevar. Lo único que sé es que leo mucha poesía, que subrayo mucho, que maldigo. A veces, por encontrarme mis sentimientos en las páginas de otros (que las mías ahí siguen, guardadas en un cajón); otras, porque ojalá se me hubiese ocurrido a mí soltar un sentimiento desde esa forma, desde tan arriba, y conseguir que caiga tan bien, con tanta elegancia. Creo que eso exactamente es la poesía: la delicadeza con la que la mierda que llevamos dentro se posa en el cemento.

2. Hoy, por ejemplo, caminaba por un pueblito costero y contemplaba las gaviotas. Me seduce su baile por entre las nubes, en los campanarios, su ruidosa forma de llamarnos la atención y de recordarnos que, por más que lo intentemos, por más fórmulas que busquemos, jamás conseguiremos volar. Y lo que nos perdemos. Silban, caprichosas, haciéndonos sentir miserables en nuestra propia carne. Porque saben. Los pájaros, y eso lo he aprendido en la poesía de Juan Gelman, por ejemplo, saben que somos tristes, saben que quisiéramos volar. Porque queremos huir. No es momento ahora de negarlo. Virginia decía en Las olas: «afuera cantan los pájaros su melodía vacía». Pero se equivocaba. Jamás la melodía de los pájaros está vacía. Quizás no nos hablen en griego, como ella creía, pero el vacío no es algo que podamos hilar a la libertad, pesada, sí, pero libertad al fin y al cabo, de un pájaro sin alas rotas. Todo lo roto nos atañe a los humanos.

3. Me obsesiona la piel, el cuerpo. Me obsesionan los secretos que he guardado en pliegues que no son míos, en surcos de labios que no beso. Me obsesiona el blanco y negro que esconden los poros, la piel de gallina, las manos. El blanco y negro de sus manos. Dice Karmelo C. Iribarren: «Estos con los que me cruzo / por las calles / de la madrugada, // no te conocen, / no saben cómo eres, / lo que esconde tu piel… // Y eso me salva.» Pero en realidad, ni nos salvan, ni nos salvamos, ni tan siquiera lo pretendemos. Para qué. La poesía debe existir.

4. Y además de la piel, me obsesiona el invierno. Pero, más que el invierno, el frío que se cuela donde debería haber calidez. Y, más que el frío que se cuela, los veranos que nacen de entre la nieve y la lluvia y el bajo cero. Camus lo decía, que en mitad del invierno había descubierto un verano invencible. Me obsesionan las batallas ganadas cuando ya no hay guerra. Me obsesiona la tierra que cubre una trinchera que aún respira.

5. Recupero versos de Juan Gelman para terminar algo que no es, ni de lejos, un reflejo de lo que quería escribir: «por el gorrión que vuela cuando beso», «amarte es esto: / una palabra que está por decir», «he fundado pueblos en tu dulzura», «Debí decir te amo, / pero estaba el otoño haciendo señas, / clavándome sus puertas en el alma», «Ofelia, yo en tus pechos fundaría ciudades», «pero mi corazón / ha hecho su casa en una mujer». Ah, mirad, ahí está: la poesía es hacer ciudades en el corazón de una mujer. Una ciudad llena de callejones, de risas, de secretos, de abismos quizás, pero de vida, llena de vida, una ciudad como Londres, donde no existe la tristeza, donde todo es posible.

6. «Y silenciar el temblor de mis manos / para que no te fueras / sólo hizo más ruido.» Elvira Sastre

7. Londres no ha podido mentirme.

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