Isla desierta

Leo libros de poesía.
Y leo la noche.
Noches en blanco
soportables gracias
a mis recuerdos de ti,
no a lo que eras,
no a lo que fuiste sobre mi
piel
si no
sólo
mi recuerdo de ti
sobre una cama
que nunca respiraste,
en la que nunca me pediste
que te diera más
besos
caricias
socorros.
Mi recuerdo de
mi angustia
por alejarme de ti
aunque sólo fuera un centímetro.
Buscaba tus labios.
Constantemente.
Buscaba tus huesos
sobre mi cadera.
En mis noches te leo
quizás
como nunca te leí,
como nunca pensé,
tampoco,
que te amaría.
En mis noches blancas
te echo de menos
in
ce
san
te
men
te.
Y me fustigo por ello,
me arrepiento y,
al segundo,
vuelvo a pensarte,
vuelvo al vocabulario que inventamos
tú y yo
en nuestra intimidad,
en el descanso de la piel que arde
a r d e
in
can
sa
ble.
Te leo en mis noches blancas,
a través de mi recuerdo
de ti
que no sé,
ya no sé,
si es el recuerdo de ti
o mi necesidad de volver
a crearte
recrearte
a través de unos besos
que ya no son.
Que echo de menos y tiemblo,
bailan mis falanges,
por pensar aún
(y esta culpabilidad)
por pensar, decía,
en mi recuerdo de ti,
en tu mapa sobre mi piel,
y recorrer,
vagabunda del tesoro,
tu piel en mi memoria,
mis restos de ti en
mis labios,
los restos de ti en
mi lengua.
Y perder,
o ganar,
esta isla desierta.

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