«el deseo obstinado de sobrevivir»

La mejor definición que he leído de Sarinagara es que es «un intento de comprender la nada.» Esta frase pertenece a la reseña que Franco Chiaravalloti hizo en Revista de Letras. Hace meses que terminé de leer Sarinagara. Eso significa que llevo meses rumiando qué decir sobre ella. Cuando la leí el shock fue brutal. David M. Copé me la recomendó en la Feria del Libro de Madrid. La portada me había llamado la atención y él me habló de una forma tan sugerente de ella, de una forma tan inteligente y poética, que no pude resistirme. Además de por David venía avalada por Sajalín, una editorial que ya me había procurado varios placeres: Osamu Dazai, Seumas O’Kelly, Giuseppe Bonaviri… La leí por impulso. Un día te levantas y no hay un marcapáginas al que volver. Echas un vistazo a los libros pendientes y das con un lomo amarillo y una palabra que traducida al castellano significa «y sin embargo». Tan poético. Tan definitorio. Tan casual. Apenas unas semanas antes habías estado leyendo a Natsume Soseki y resulta que, en Sarinagara, Natsume es protagonista de la segunda parte del libro. Porque no es una novela lo que Philippe Forest ha escrito. Es un cúmulo de memorias (propias y ajenas) que dan sentido a un vacío: al vacío que siente Forest tras haber sufrido una experiencia desgarradora. Sarinagara es una huida que radica en lo mismo que todas las huidas restantes: encontrarse, volverse a sentir. Un libro que se estructura en tres partes, con tres protagonistas que acompañarán en el camino a nuestro desorientado escritor: Kobayashi Issa, uno de los grandes maestros del haiku, Natsume Soseki, uno de los grandes escritores de Japón, y Yosuke Yamahata, ese fotógrafo que hizo detenerse al tiempo tras la bomba atómica de Nagasaki. Las cuatro caras son las caras de la misma moneda. Se complementan, se comprenden. Sarinagara es el derrumbe de un mundo interior que no encuentra consuelo en el mundo exterior; es el relato que nace del miedo a dejar de sentir, a hacerse inmune a cualquier catástrofe, a cualquier matanza, a cualquier desgarro. Sarinagara nos habla de la supervivencia cuando lo único que no se desea es, precisamente, sobrevivir.

Kobayashi, por ejemplo, vivió con la muerte pegada a su nariz. Allí donde iba, allí donde sentía, la muerte cumplía sus amenazas. Y, sin embargo, vivió, y lo contó, como si supiera que años después, Forest necesitaría de él para tirar de su propio carro: «Issa ya sabe todo eso», dice Forest. «Sí, conoce el interminable suplicio de vivir, la agotadora rutina que los días ejercen sobre el cuerpo, la tortura del tiempo y su lenta y espantosa labor, los afectos más sinceros destruidos uno a uno, la enloquecedora soledad en la hora más ocura de la noche abierta.» La noche abierta es, precisamente, la herencia que Issa le deja a Forest.

¿Qué dice la poesía? Dice el perpetuo recomenzar del tiempo —y nada más—, del tiempo que desgarra, restaura, y abre una brecha en el opresivo espacio del mundo por donde se entrevé, incluso en la desesperación más negra, el sentido posible de una nueva vida.

Soseki se enfrentó a su propio ser cuando se fue a vivir a Londres [«Londres es la ciudad del exilio, el lugar donde fracasan, por un tiempo o para siempre, toda clase de aventuras singulares venidas de cualquier rincón de Europa y de más lejos, aventuras a las que no se reservaba lugar alguno en el mundo y que tal vez no habrían podido tener lugar en ninguna otra parte.»]. No se llegó a adaptar nunca, jamás llegó a comprender el iceberg que tenía bajo sus pies [«Hay que imaginarse la soledad de Soseki y cómo ésta le conduce a la locura, esa locura banal que deforma los hechos y les da la apariencia de signos insignificantes, burlones y grotescos, conspirando para cancelar una existencia.»] Como Forest, como Kobayashi, resbala constantemente, buscaba constantemente, se aventuraba en todos los precipicios que se encontraba a su paso, para perderse, como si nada, al doblar la esquina. Y el tormento, el mar bravío, siempre como telón de fondo, siempre agujereando, siempre amenazante. Y, al final, la indiferencia que se disfraza de lamento. Pero ya no hay ni lamento ni indiferencia. Hay pesadilla. Eso, exactamente, es lo que le ocurrió a Yamahata, ese fotógrafo que fumaba entre las ruinas y los cadáveres de Nagasaki. El horror hizo de él un monstruo: un monstruo porque no salvó la vida de nadie, porque sólo fotografiaba, que era su cometido. Fumaba y fotografiaba. Y así, entre escenas grotescas y deshumanizadoras, entre lo indigno del ser humano, como diría Dazai, se olvidó también de salvarse de sí mismo. Se olvidó de lanzarse un capote para poder sobrevivir al después. Porque lo más terrible, siempre, es el después. Por eso Forest se fue a Japón, por eso utilizó las almas desgarradas de tres figuras importantes en la cultura nipona, por eso escribió Sarinagara; porque, a pesar de todo lo que nos intenten inculcar y enseñar, a pesar de lo que leamos y sintamos, el después, después, es siempre lo más terrible de la historia. Porque el después no admite réplica. Apenas admite sangre.

Y así llegó de nuevo el silencio. Y después, el terrible rumor. Porque a medida que avanzaba a tientas entre los escombros, Yamahata escuchaba cómo se reanudaban las voces, animadas por una renacida esperanza o por el odio que les causaba: él, escandalosamente vivo, que pasaba en medio de una catástrofe donde todas las cosas habían perdido su forma, él, que se sentaba en las ruinas y se encendía un cigarrillo. Sano y salvo, esperando el alba.

Philippe Forest se conmueve con su propia vida porque ha decidido salvarse, ha decidido que ese vacío, esa nada que intenta comprender, aún puede esperar. Ha entendido lo que es la piedad, la emoción, y las ha transformado en la forma que su cuerpo necesitaba. Ya no es barro. Vuelve a ser piel, sangre, entrañas. Ha sufrido un revés terrible, la vida le ha dado donde más le podía doler. La vida, literalmente, lo ha arruinado. Pero él no se ha olvidado que con los destrozos, con los restos de bombas atómicas, con los restos de los cuerpos, aún puede construirse un futuro. Y, si no es el futuro, al menos un presente donde cada pisada no sea una mina a punto de explotar y de hacerte saltar por los aires. No se ha olvidado, y Sarinagara es la prueba, de que una tumba, los posos de un té, una ciudad alienadora, un edificio caído, son todavías que aún tiene que pronunciar. «Todo es nada», dice Kobayashi, «todo avanza inexorablemente hacia el olvido, y sin embargo…»

Al contrario de lo que todo el mundo cree, los libros se hacen para olvidar, para precipitarse a la gran nada inconsciente que sus palabras merecen. Se escribe sólo para borrar, para extender más todavía el vacío hacia el que avanzan todas las historias y para aguardar, cuando todo está perdido, a que vuelvan las formas que velan en el blanco sin fin de la noche. Decir que escribí mi vida para olvidar se prestaría a confusión. No, en realidad empecé a escribir para extender sobre mi existencia el olvido en cuyo corazón pondría a salvo mi recuerdo más vivo.

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