Una rosa prendada en el pecho

Sylvia tiene una rosa prendada en el pecho. Sé que mientras busca las pastillas de las tres de la mañana mira la rosa, la toca, la huele. Sé que en el centro de esa flor se encuentran las razones que Sylvia quiere encontrar para justificar el seguir adelante con su vida. Pero la vida no debería justificarse, debería bastar. Sylvia quiere vivir. No es el éxtasis, tampoco la bandera blanca; Sylvia no quiere rendirse. Tampoco quiere que la obliguen a pensar que debe hacerlo. Sylvia tiene una rosa prendada en el pecho, y le hace compañía. Son las tres de la mañana, su peor hora. La cama no sabe contener toda su angustia. La noche no puede detener las pesadillas. Las sábanas están frías, las mantas están tiradas en el suelo, y la vida parece que se desparrama por la habitación. A las tres de la mañana es cuando la visitan las furias, cuando la vida se le agarrota en el cuello, en el estómago, en las manos. Es a esa hora, a esa y no a otra, cuando Sylvia siente, sabe, que debe renunciar a vivir. Sabe que la vida empuja en sus últimos estertores; sabe que nunca tendrá más energía, más fuerza, más garra, que cuando haya decidido cómo morir; nunca más tanta vida como cuando se está respirando la muerte. Sylvia se traga una pastilla y huele su rosa prendada en el pecho. No es roja. Tampoco es rosa. Tiene el color de la acidez, un rosado punzante. Baja la cabeza, coge el bote de las pastillas. No es así como debo morir. Son las tres de la mañana, febrero. Febrero. Camina por la casa, abre lentamente la puerta donde duermen sus hijos y contempla cómo la habitación se hincha y deshincha, cómo la vida juega al escondite con ella y cómo vela por sus hijos. Todo está bien. Son las tres de la mañana y los demonios hablan con ella. Recuerda y recita, casi en silencio, aquellos versos que escribió: «Él ya es inmune a las pastillas: rojas, púrpuras, azules… / ¡Ah, cómo iluminaban el tedio de aquellas noches eternas!» Y repite incesantemente, coincidiendo con sus pasos, «tú ya no, tú ya no», y se acuerda de su amiga Anne, qué estará haciendo Anne ahora, y se acuerda de las medusas, y de que Mercy Street siempre le ha parecido un nombre que entrañaba peligro. Anne, ven, invítame a una copa. Y recuerda también todas aquellas escenas que, de algún momento u otro, la lanzaron al abismo y pusieron su vida, su existencia, en entredicho; recuerda todos aquellos momentos en los que la belleza dejó de ser: Assia escuchándolos a ella y a Ted en la radio, en una habitación de la casa de su amiga Jillian; a Ted saliendo por la puerta, quizás con poemas que no eran suyos en la maleta, con alguna camisa sin botones que a ella no le dio tiempo a coser; el trayecto en aquel taxi destartalado, apenas unas horas antes, sin poder parar de sollozar, con el marido de Jillian, tras abandonar su casa, y su invitación a quedarse, de forma precipitada; todas aquellas veces que el gramófono le había hecho llorar; la impotencia que la mantenía erguida y que llevaba el nombre de Ted remendado a sus huesos. Ted, me has destrozado la vida, y la belleza ahora parece tan lejana, tan imposible. Sabe, Sylvia sabe, que ha jugado con el destino y que ha perdido; que dejó su esencia en la puerta de casa cuando se fue a vivir con Ted y que nunca más pudo recuperarla; que era la mujer en silencio y que no sólo a perdido la voz sino que se ha perdido a sí misma y no es capaz de recordar dónde; un cuerpo no puede restaurarse. Son las tres de la mañana y el sonido del reloj, el tic-tac ensordecedor del que hablaba Virginia en una de sus novelas y que podía destruirse con la cercanía de los cuerpos, de la sangre, son sentencias, y yo no tengo otra piel a la que adherirme, no tengo más sangre que la mía, un tanto descolorida, a la que amar. Es febrero y hace frío. Sylvia camina descalza. Se ha tomado un té, ha engullido incontables pastillas, pero el juego no ha terminado y ella está exhausta. Ha comprendido que debe rendirse, que es lo más honesto. Como diría Jillian, morirá «pisando la tumba de la poesía». El verso final comienza a las tres de la mañana de un horrible día de febrero. Y el proceso, ese último momento de cordura y esa última resolución en su vida. Las galletas, la leche, los paños en las puertas. ¿Sabíais que el gas hace que la sangre se vuelva de un color rosado intenso, un color como el del corazón y como el de las rosas? El gran último acto de belleza. Sylvia tiene una rosa prendada en el pecho. Son las tres de la mañana, es febrero, fuera hace frío y dentro, en aquella casa, en el 23 de Fitzroy Road, la poesía se va a quedar huérfana. Pero mirad, mirad la belleza de esa rosa, que apacigua el dolor, que descansa en el pecho de Sylvia.

Relato originalmente publicado en el número 11 de la revista Obituario. Para leer la revista al completo (interesantísima), pinchad AQUÍ.

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