Desvistiéndome

Todas las mañanas busco la luz en la ventana. Duermo con la persiana subida hasta la mitad y con una pequeña luz encendida. No me gusta la oscuridad porque la he conocido. Así que al despertarme, después de haber apagado seis, quizás siete, alarmas en el móvil, miro a la ventana y busco la luz. Es exactamente lo mismo que hago con los libros. Busco ese rayo, pequeñajo e inmóvil, que debería habitar en toda buena historia. Busco lo emblemático. No hablo de la esperanza; no leo para encontrar promesas porque sé que nunca se cumplen. Hablo de esa misma luz que buscan los gatos para calentarse. Ellos se tumban en el suelo o se suben al sofá, ronronean, mueven la cola un par de veces y cierran los ojos poco a poco. Quizás se rascan los bigotes, quizás se relamen. Pero ahí están, en la manta que habrá de darles calor durante un tiempo que parece infinito en su existencia. Los gatos se han salvado de algo que nos destruye a nosotros: el tiempo. Buscan la luz porque también saben de oscuridad. Sobre todo, saben de frío. A lo mejor por eso busco el sol reflejado en mi ventana, porque odio el frío, odio el frío en soledad. Por eso, también, recurro a los libros.

Todas las mañanas busco la luz en la ventana. Hoy, 11 de febrero, me he despertado a las 11:11. Lo sé porque he apagado la última alarma. Lo sé porque la conjunción de los tres onces me ha parecido curiosa. He pensado en pedir un deseo. No sirve para nada, me ha dicho una voz en mi interior. Es verdad. Me he reído, me he levantado, y he recordado que a Sylvia Plath se le olvidó, durante muchas mañas y días, buscar la luz. El 11 de febrero decidió que el destino ganaba, que la oscuridad tenía todas las cartas ganadoras. Sylvia se venció a sí misma. No permitas que eso te ocurra, me dice alguien al oído. Quizás me estoy volviendo loca. También he pensado que de nada sirve la fe. «I talk to God but the sky is empty», decía Sylvia. «Nunca más volveré a hablar con Dios», sentenció cuando supo que la vida nunca gana. La fe no salva vidas, como las promesas. Sólo alarga en el tiempo el batacazo final. La gran crisis, el gran puñetazo de oro que habrá de rompernos todos los huesos.

Todas las mañanas busco la luz en la ventana. Hoy esa luz la he encontrado en un libro, Love Poems, de Carol Ann Duffy, en una preciosa edición de Picador. Duffy siempre me había llamado la atención. Es amiga de Jeanette Winterson, escritora a la que admiro porque me parece un milagro cómo escribe. Así llegué a Duffy, a través de Winterson y un artículo en alguna parte. En The Guardian, posiblemente. Había leído algunos poemas de su libro Rapture, poemario premiado y alabado, y su estilo, directo y sin florituras, me recordaba al de Sexton. Pero Duffy no me parecía oscura pero, claro, Anne es demasiado abismo. He leído algunos versos de camino al trabajo, entre clases, de vuelta a casa. Y sentía que tenía que descargar lo que me estaba provocando su lectura. Cito: «The codes we send / arrive with a broken chord. // I try to picture your hands, / their image is blurred. // Nothing my thumb press, / will ever be read.» Y sigo: «Love´s time´s beggar», y sigo «We have / the language of stuffed birds, teacups. We don’t have / the language of bodies.» y más «I have called your name over and over in my head / at the point your fiction brings me to. I have kissed / your sweet name on the paper as I knelt by the fire.» Me gusta Duffy porque me recuerda mis propias pasiones, mis amores, mis pérdidas. Me gusta porque resucita olores de mis viajes, de mis caminatas por Londres; me gusta porque me dice la verdad: no intenta mentirme, no me dice esto está bien cuando todo mi mundo se derrumba; no intenta fingir que las cartas de amor perduran en el tiempo. Me habla de fuego, me habla de la piel, nuestra propia piel, que la mayor parte del tiempo no entendemos. Me habla de cómo el cuerpo, mucho antes que nuestra conciencia, nos predispone a unos labios, a unas manos que, como diría Énard, «uno no suelta jamás; las falanges que me retienen en el mundo». Me cuenta que el amor «I want you and you are not here» es más veces ausencia que presencia; que el amante está, casi por definición, solo. Duffy, como Winterson, me cuenta historias pero no me miente. Honestidad por bandera. Tampoco me habla de los clichés que pueblan las desgracias. Como diría Jeanette en Written on the body: «It’s the clichés that cause the trouble.» Y es verdad, no me da soluciones, ¿pero quién busca que un libro le arregle la vida? Buscamos la compañía del dolor, supongo, o la risa. No somos tan tontos como para creer que un libro puede quitar todo el polvo acumulado en una casa abandonada durante treinta años. Acepto, quizás, que buscamos pistas. Duffy me las da. Han llegado tarde pero sirven igualmente. «You know the words», me dice la poeta. Sí, ahora sí, y ya las dejé escritas. «Undress», pide. Siempre estoy desnuda en la literatura, Duffy. Siempre. Raptured.

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