Un batir de alas

«¿Es que no hay nadie que me haga el favor de venir y estrangularme silenciosamente mientras duermo?» Así de certero y directo se muestra Ryunosuke Akutagawa en su libro de relatos Vida de un idiota (Satori, 2011). La literatura japonesa, toda ella, parece amarrada a unos ideales de tristeza y nostalgia que aquí, en occidente, nos parecen desfasados, quizás, o extraños. En realidad parecen excesivos, más una pose literaria, como creándose un personaje, que un modo de vida real. Sin embargo, los relatos de Akutagawa son los síntomas reales de un hombre que temía la locura y el lado maldito que, desgraciadamente, desarrollamos los seres humanos. Akutagawa es el máximo exponente de escritor japonés atormentado. También está Osamu Dazai con su “Indigno de ser humano”, que recuerda mucho a Ryunosuke. Ambos parecen abocados a dejar por escrito lo insulsa que es la vida y la absurda ofensa que significa vivir.

Por el pasillo de la medianoche no pasa nadie. No obstante, a veces, al otro lado de la puerta escucho el batir de unas alas. Puede que alguien tenga un pájaro en alguna parte.

Akutagawa tenía 35 años cuando decidió suicidarse. Estaba cansado de vivir: no podía sonreír, no podía ver más allá de sus alucinaciones, más allá de la locura. «Los hogares de todas esas personas no diferían del infierno que yo siempre veía dentro de la vida.» No había, en él, una crisis de identidad como se identifica en otros escritores japoneses (Izumi Kyoka, por ejemplo). Sí que había, sin embargo, un desarraigo de sí mismo que nos lleva, directamente, a un realismo psicológico brutal. «Ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo más. Vivir con este sentimiento es un dolor indescriptible.» Las escenas de Vida de un idiota son escenas duras, durísimas, que potencian ese lado oscuro y desconocido de la literatura japonesa y, por ende, de los escritores japoneses. Akutagawa se dejaba ir, se dejaba fluir por entre las páginas e iba desangrándose en cada una de ellas. En sus lamentos, en su derecho a dejar constancia de lo miserable de su vida, Ryunosuke, el hombre que tiembla en el tatami y se sostiene la cara entre sus grandes manos, nos deja el reflejo de sus vísceras para que nosotros las recojamos y les demos sepultura con nuestro asentimiento, con nuestra comprensión. Akutagawa deja el espejo de dolor que era en sus confesiones. Descubrimos en ellas que era un ser aterrorizado pero también, como trasfondo, que era un hombre al que le hubiese encantado poder vivir sin encantamientos ni terrores. Lamentablemente, él siempre supo que su destino era un destino aciago, que la esperanza de recuperación, de sacar la cabeza, salir del pozo y respirar era un presagio alegre que sólo le correspondía, por cercanía, a alguno de sus personajes. Y él no lo era.

Akutagawa fue el primer escritor japonés que atrajo la atención internacional, mucho antes que los ya famosos (gracias a editoriales como Impedimenta, por ejemplo) Ogai Mori o Natsume Soseki. Akutagawa es un escritor reconocido como clásico (incluso al poco de haber empezado a publicar sus obras). Se lee en los colegios y ocupa un altar en la literatura japonesa. No es para menos. La sinceridad rezuma en su literatura; en ella descubrimos a un Ryunosuke que se abre las carnes para darnos esperanza. No hay máscaras, no hay bailes de disfraces, no hay actitudes impostadas. Hay una valoración de sí mismo y de sus circunstancias absolutamente impresionantes. Su literatura es directa, es  esclarecedora, es brutal y directa. Hace daño. Su realidad, la realidad que cuenta, la psique, es tremenda y demoledora. Akutagawa no mece al lector, lo sacude y espabila, si acaso. Le hace temblar. Lo coloca en un abismo y le hace saltar. Lo suelta desde la estratosfera sin paracaídas.Vida de un idiota son gritos en medio de la noche, pero son gritos que han de salvarnos. Son espeluznantes, sí, nos perturbarán el sueño y daremos vueltas sobre la cama buscando la forma de olvidar algunas escenas, algunas descripciones, la triste y audaz mirada del escritor japonés. Y es que nadie puede estar expuesto a un incendio y pretender no quemarse.

Tú, que amas la belleza de la naturaleza, seguramente te estarás riendo de esta contradicción ante mi intento de suicidio. Pero la naturaleza se me presenta bella porque la miro con un pie en el estribo de la muerte.

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