Pornografía

Para entender este libro en toda su inmensidad, me digo, es necesario leer desnudo. Y no, no es por el título, que ya invita a fantasías. Pornografía es una piel que vamos perdiendo mientras avanzamos en sus páginas. Una piel cálida y silenciosa que nos va dejando en cueros, lentamente, como si de sexo se tratase. En realidad, el libro no tiene nada de pornográfico; es, tan solo y tanto al mismo tiempo, una inmersión en las entrañas de un amor. Me diréis, qué típico, hay cientos de libros escritos sobre el amor, dedicados a amados y amadas; Beatriz inspiró a Dante, y… Sí. Está todo inventado, todo está dicho, los sentimientos se repiten, las vivencias, los recuerdos. La memoria incluso. Sólo hay una cosa en la que se puede destacar: en la forma. No hay ningún libro (al menos que yo haya leído) escrito como Pornografía, de Arranz. En ningún libro me he sentido tan desnuda, en ningún relato he dejado mis vísceras sobre las hojas y he ido pisando las páginas sabiendo que, a su vez, me pisaba a mí misma. Ningún libro de 46 páginas me ha dejado tan sorprendida y ensimismada como el relato de Arranz.

A ver cómo os lo cuento. No sé ni cómo empezar. He ido a la biblioteca. He sacado cinco libros. Me he acordado de que esta mañana alguien se sorprendía por un libro que a mí me había parecido maravilloso. Y he pensado: ojalá coja uno, al azar, que me haga sentir de nuevo, que me pegue un bofetón y me sacuda. Me he sentado en una de las butacas rojas de la sala, y uno de los encargados de colocar los libros ha pasado. He visto, de refilón, un libro que llevaba en la mano, a punto de ser depositado para descansar. He leído el título: “Pornografía”. Era de Periférica, lo sabía por su color rojo pasión. No me he levantado inmediatamente, he dejado reposar sus páginas un poco. Me he distraído con García Montero, he pensado en Parker y en Fitzgerald, cuyas cartas con su hija me he llevado. Me he levantado y he buscado el libro rojo. No sabía de quién era. He buscado lomos rojos, todos. En la A de Arranz he dado con él. He leído una línea al azar. Me he sentido abrumada y me lo he llevado. He empezado a leerlo en el bus. He alucinado. Joder joder joder, me decía a mí misma. No sé si el libro ha dado conmigo o yo he dado con él, pero me ha sacudido de tal forma, con tanta brutalidad, que no he podido dejar de leer. Tan breve como esos grandes amores que sólo se viven una vez, un par de meses, pongamos que en mitad del invierno. Estoy en un estado que no reconocía desde hacía mucho. Estoy sorprendida y alucinada. La historia no es una historia, es un recuento de un amor y de lo que somos en ese amor. Los libros que leemos, los recuerdos que preferiríamos no tener pero con los que soñamos. La historia es esa mujer que nos deja en lo más alto del sentimiento. Y el después. Mejor dicho, es el durante. Y he tenido que venir aquí y contároslo, porque nadie debería perderse este libro. No, nadie.

Así lo conté en una red social, minutos después de haber terminado de leerlo. Hay libros que no admiten espera; los lees y necesitas escribir. Necesitas descargarte, porque son pesos muertos; necesitas explicarles a los demás lo que, quizás, no sepas explicarte a ti misma. Porque… ¿cómo te explicas que lo que acabas de leer sea, exactamente, lo que sentías en ese momento? ¿Cómo es posible que alguien, al que nunca has visto, con el que nunca has compartido nada, sea capaz de dejar por escrito lo que llevas meses arrastrando?

A partir de cierto punto, ya no se puede volver atrás; ese punto es el que hay que alcanzar. Pero ese punto no lo quiere alcanzar nadie. Todo el mundo quiere poder rectificar, arrepentirse, empezar de nuevo, sin querer darse cuenta de que uno nunca rectifica, ni se arrepiente, ni empieza nada nuevo. Pero ¿dónde está ese punto? ¿Cuando ya se han pedido los platos al camarero? ¿Cuando ya se ha saltado por la ventana? La frase es de Kafka, que se pasó la vida volviéndose atrás.

A veces, los libros son sacudidas. Acuden a ti como si hubiesen sido llamados a un rescate. Otras, llegas tú primero y juegas con ventaja; sabes lo que puedes esperar, de alguna forma. A los libros llegamos vírgenes: los leemos, los subrayamos, buscamos en ellos lo que nos falta en nuestra vida; les encargamos una misión que, en realidad, no tienen por qué llevar a cabo: los libros son las obsesiones de cada cual y no tienen por qué responder a gritos de socorro; pero hay libro que responden a la llamada de auxilio, hay libros que responden, pregunta por pregunta y con una paciencia infinita, todas nuestras dudas, todos nuestros arañazos, todas nuestras heridas.

No quiero empezar nada que tenga que terminar un día.

(…)

No es cierto que haya cosas inexpresables. Todo se puede expresar, y casi siempre de la forma más sencilla. Cuando la hondura de nuestros sentimientos no encuentra las palabras, no culpemos a las palabras, sino a los sentimientos. Un sentimiento que no se puede traducir en palabras, seguramente tampoco se puede traducir en actos.

Hay libros que coges en un estado de nervios invisibles y que, cuando los cierras, han dejado en ti una tranquilidad inesperada; quizás porque no te sientes solo, quizás porque has comprendido que lo que te pasa tiene una explicación, quizás porque has recordado que eres humano. Pornografía es un libro desnudo, una historia desnuda. Es mi historia y la cientos de miles de personas más. Una historia que llegó a mí en el momento idóneo, cuando más la necesitaba. Imposible creer que 46 páginas den tanto de sí, pero así es. La ternura y la devoción con la que están escritas todas y cada una de las palabras es absolutamente demoledor y apasionante. Es un libro que habla del amor, sí, pero también de lo desnudos que estamos ante él. Algo así como lo que decía Sándor Márai en La mujer justa:

En cualquier vida que sea digna de tal nombre llega un momento en que uno se hunde en una pasión como si se estuviera zambullendo en las cataratas del Niágara. Sin salvavidas, naturalmente. No creo en los amores que empiezan como un simpático paseo campestre, caminando por el bosque inundado de sol con la mochila a la espalda, entonando alegres canciones… ya sabes, esa exuberancia de «día de fiesta» que invade la mayoría de las relaciones humanas en sus fases iniciales… Esa exuberancia es bastante sospechosa. La pasión no tiene nada de fiesta. Esa fuerza sombría que crea y destruye el mundo sin cesar no pregunta nada a aquellos a quienes toca, no quiere saber si les gusta o no, no le importan mucho los sentimientos humanos. Lo da y lo pretende todo: exige un impulso incondicional que se alimenta de la misma energía primordial que la vida y la muerte. No hay otro modo de conocer una pasión de verdad… ¡Y qué pocos llegan a este punto!

Justamente eso es Pornografía: un sumergirse en la vida, en el amor, en la soledad que acarrean ambos, sin salvavidas, sin posibilida de, sin vuelta atrás. Arranz ha creado algo muy difícil de definir pero a lo que es muy fácil volver. Una casa donde, al menos, sentir que te entienden; un lugar donde las heridas, los recuerdos y la memoria puedan reunirse y reconocerse. Y eso, a veces, es más que suficiente.

No se puede escribir mientras suceden los hechos. Lo que sucede mientras suceden los hechos es también un hecho. Sólo cuando todo ha terminado se puede escribir la historia. Pero entonces ya no le interesa a nadie.

Una vez pasado, decía Nietzsche, necesitamos encontrar un sentido a todo lo que nos ha sucedido. Podemos soportar el «cómo» de lo que sea, con tal de que comprendamos el «porqué».

¿Pero quién puede decir que comprende el porqué de lo que ocurre?

Todas las causas son sutiles, sólo los efectos son palpables.

Todo termina y empieza mucho antes de que nos demos cuenta de ello.

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