La tragicomedia de la vida

La tumba del tejedor es uno de esos libros que miras con orgullo desde cualquier punto de tu habitación o biblioteca; también es uno de esos libros que pueden convertirse en obsesión. Esta novela corta de O’Kelly es extraordinariamente dulce dentro del caos cómico que supone la cultura irlandesa que se mezcla con la vejez, el olvido y la terquedad. Es una de esas novelitas que se convierten en una referencia constante en la punta de la lengua. ¿Un libro que recomendar? Éste. ¿Un libro con el que emocionarse? Éste también. Y es que el escritor demuestra una capacidad maravillosa para crear mundos que parecen mágicos, mundos que parecen sacados de la chistera, ahí, al ladito del conejo blanco, espérate que no es aún tu turno, y cuyo único objetivo es derribar cualquier tipo de insensibilidad o indiferencia creada por el devenir de los años, por el aplastante paso del tiempo.

–Le baste o no le baste con eso –dijo Malachi Roohan–, Mortimer Hehir era un sueño. Y su telar, sus lanzaderas, sus plegadores de urdimbre, su bobina y los hilos que colocaba en los bastidores móviles, todo era un sueño. Y lo único que tejió en su telar fue un sueño.

En el fluir de las páginas, con la boca abierta, con un asombro que no esperabas cuando rescataste el libro del olvido de la librería, descubres –porque sí, se descubre de la misma forma que un esqueleto antiguo–, que esta novela va a trascender de forma vertiginosa en tu vida. Y no sólo eso, sino que también es una obra que trasciende ya, de hecho, el (tu) tiempo. Y mucho más que eso, porque ese tejedor ha hilvanado una historia de forma tan magistral que la novela, la historia, sus personajes, son obras maestras que se quedan colgando de la memoria, de la memoria del que la lee, de los huesos, con un fino hilo, apenas perceptible, que te va a perseguir todo tu vida y que, además, deseas que te persiga, que se enrolle en tu piel y tire de ella, porque hay que sentirse vivos, hay que agarrarse a la última piedra saliente del último abismo de la última faz de la tierra; porque con esta novela se recupera la ternura que nos quita la vida de diario, la rutina, el desamor, la muerte; con esta novela se recupera algo tan impagable como la inocencia que el tiempo siembra en nosotros a lo largo de la vida; esta novela revuelve algo que lleva tiempo dormido y que en cada cual es distinto; la infancia, la vejez, el amor, la soberbia de la ignorancia, la pesadez de los pies en un terreno embarrado, la búsqueda constante y, por qué no, la esperanza adolescente. El aire fresco, renovado. La piel.

La tumba del tejedor, con sus pocas páginas, remueve viejas emociones y nos asienta de nuevo los pies en la tierra; nos devuelve los sabores de una Irlanda inhóspita, perdida entre montes, una Irlanda que bien podría ser nuestro pueblo o nuestra ciudad en agosto, cuando se vacía al mismo tiempo que nos vaciamos nosotros para que en los futuros viajes no nos pese la pena. “La tumba del tejedor” es un vaciarse y llenarse de muchísimas cosas, y es constante. Devuelve alegría, entierra desazón. La piel deja de quemar; la piel venenosa se desprende con inusitada facilidad. Es el poder de un hombre como O’Kelly que escribe una historia llena de ternura contagiosa. Nunca la historia de la búsqueda de una tumba dio tanto de sí, enredada en madejas de hilo viejo que busca siempre el nuevo. Es la búsqueda de la vida donde ya sólo se ofrece la muerte, dispuesta en puestos callejeros a precio de saldo. Es la historia de una tumba pero es, sobre todo, la historia tragicómica de lo implacable de la vida. Llena de sabiduría.

Y es que no hay nada más sabio que las manos de un viejo que hace trenzas.

Sabían que, cumplido el encargo, era poco probable que en este mundo nadie volviese a requerir su ayuda. Estaban dispuestos a servir al mundo, pero el mundo debía permitir que se tomaran su tiempo. El mundo, constituido por los dos sepultureros y la viuda del tejedor, dedujo todo aquello sin necesidad de palabras. Lenta, casi mecánicamente, siguieron a los dos viejos por Cloon na Morav. Y los dos ancianos se paseaban con el esfuerzo de la edad y el corazón de un niño.

Reseña publicada originalmente en OTRO LUNES.

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