Ecos en la herrumbre

Sobre Como si al otro lado latiera, de Juan Gracia Armendáriz

Encontrar el camino de vuelta partiendo de los poemas de Juan Gracia Armendáriz no es tarea fácil. No lo es, principalmente, porque tras su lectura el lector se queda varado en una sucesión de abismos y precipicios que no conocen de socorros. Saben de ahogos, ríos como son, y de dolor: de ese dolor que aprisiona las entrañas y con las que se divierte haciendo nudos; nudos de todo tipo; algunos, incluso, son similares a la magia negra: no hay forma de deshacerlos. “Como si al otro lado latiera” es un poemario lleno de puñetazos y moratones; desesperanzado; una herida que supura nuestro pus, que rebusca dentro de nosotros hasta dar con la tecla que hará tambalear toda nuestra vida. El poemario, en sí, es un bicho que camina entre nuestras piernas. No busca entorpecernos el camino; no busca hacer que nos caigamos; lo hace por protección: es un poemario asustado. Se resguarda entre nuestros escondites por dos motivos: vive del dolor y necesita sentir que sus palabras no son las únicas en la faz de la tierra abriendo agujeros, y porque busca, incansable, los hilos que nos unen a todos. Son esos hilos los que nos darán cierto respiro al final del día, cierta calidez tras una manifestación exaltada de frío.

En este poemario no hay nada, absolutamente nada, impostado. Todo viene de un río que fluye y que ahoga al mismo tiempo. Se trata de volver a las distintas casas que conforman nuestro castillo. “Vuelvo a casa con las lluvias / de haberte conocido desde siempre”. Se trata de encontrar, y vencer, la guerra a la que obliga la paz: “Hay días y noches en que el lenguaje / desearía hacerte el amor / con lentitud de ejército derrotado.” Se trata de desviarse del camino trazado en el mapa a sabiendas de que es un error: “He frecuentado las sombras, / su festín de temblores. / Regreso al lenguaje de tu regazo, / a su cónclave de agua dulce.” También, parece, se trata de vislumbrar las señales de humo en medio de un océano sin agua: “Confieso mi imprudencia. / Con palabras tomadas de un manual de magia / le he quemado las aves al otoño.” Se trata de decir «hola» con los últimos besos de amor: “Sabemos que toda locura / esconde la huella de una caricia.” Se trata de recuperar la infancia que éramos frente a un mar salado: “La memoria es una playa / y un niño que observa lentos naufragios.”

No es esta una historia que se cuenta sin que se nos erice la piel. No. Esta historia no es una navegación, como afirma Jaime Siles: es un hundimiento en toda regla. Son las palabras que surgen tras arrancarse los huesos y hervirlos en la olla a presión. Son las palabras del escaldado, la confesión del torturado, los restos incendiados del que está a punto de desvanecerse por sentir demasiado. «Sentir demasiado», esa es la clave, ese es el destrozo. Demasiado, demasiado, siempre demasiado. Es una historia que proclama a los cuatro vientos: señoras, señores, no hay salvación, olvídense: “Sé que el dolor es un tapiz sin mesura”, “No hay deseo en el aire. Hay un desmayo de fechas”, “Hoy sus manos maldicen desconocer el beso”, “Simula el cansancio de las estatuas. / Añora la piel”, “Sabe esta noche / que el demonio es aguja y enhebra / en la danza telar de sus cabellos.” Es la lucha del petrificado ante el miedo: “No sin temor, soñó estatuas amándose a grietas.”

Juan Gracia Armendáriz es un poeta absoluto: le ha hervido la piel, le ha desaparecido la sangre tras un abandono, le han ahogado los músculos de la ira y ha observado, largas horas, larguísimas, el cambio de un río en otro; y es que esa agua cristalina esconde piedras que nos tiran el castillo abajo; a veces, en cambio, nos construyen muros de protección infinitamente altos. También el poemario trata de eso: de las cuevas que compartimos sin saberlo. Seremos meros ensimismados en su lectura; tras ella, seremos guerreros que defienden sus ideales, ideales que terminarán por enterrarnos en esas mismas franjas que cavamos con la intención de salvarnos. Pero la salvación es de cobardes, y el poemario también lo sabe. La gloria está en el hundimiento, en la derrota, porque sólo así, entre luces y sombras, entre un pulmón y otro, el amor, como la vida, puede renacer de nuevo. “Como si al otro lado latiera” es también un reto, es una guerra en la trinchera. El que asoma la cabeza quedará cegado por la luz, por eso es mejor encerrarse sin ventanas, conteniendo el grito entre los dedos. La salvación es hilar los nudos más fuerte: así no nos desangraremos y, con suerte, lo malo se desprenderá solo. El hilo será el cuchillo que, curiosamente, ha de derrotar la inexistencia del vacío. Porque sólo así “perviven ecos en la herrumbre”.

Publicado originalmente en OTRO LUNES.

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