Compendio de bisturíes

Cómo comenzar a explicar siquiera lo que encierran los relatos de El mes más cruel. Podría definirlo utilizando las palabras de la autora, Pilar Adón, en otro de sus libros de relatos, “Viajes inocentes”: “Una araña que dejara como único rastro los invisibles hilos de su asfixiante tela.” No basta con decir que son relatos crueles, tremendos, oscuros; tampoco basta con añadir que guardan en su interior las miserias humanas que se roen en silencio, que se pudren en nuestro interior y que se diseminan en nuestras acciones y pensamientos. Tampoco se trata de óxido o de intoxicación. Se trata, más bien, de veneno, de ahogo, de ríos. Los personajes de los relatos no son simplemente infelices; llevan muchísimos añadidos: son delicados, sienten el miedo en exceso, sienten pavor a la luz. Pilar Adón es una Rembrandt de la literatura: entre luces y sombras compone sinfonías que arrasan al lector. No se para a pensar en nuestros sentimientos porque los suyos brotan en exceso a través de las páginas. Pero no hay regocijo ni risas maliciosas. Lo que se encuentra en los relatos es la vida sin florituras: tristeza, miseria, lamentos. No hay un velo que sea consuelo de tontos. Lo que en ellos se muestra lo hace con el propósito de doler y arrasar: quemar la piel sin querer reconstruirla. Pilar Adón se transforma en forense y nos muestra una autopsia anticipada: el cuerpo aún no existe, aún no ha muerto nadie, pero nos avisa: en esto os convertiréis, como ellos, mis personajes, que no se atrevieron, que no caminaron; treparon abismos y perdieron. El mes más cruel es un compendio de bisturíes, de mesas de aluminio frío, congelado; es una cámara donde lo único vivo es la polilla que resiste a su destino anclada a la sábana blanca.

El mes más cruel parte de T.S. Eliot para encontrar su propio camino. No hay flores, no hay amaneceres que se pinten en lienzos en blanco; todos los lienzos que encontremos estarán al borde de la putrefacción. ¿Por qué? Por el silencio, por la desgana, por el vencimiento de los demás. Estos relatos son derrotas que posan sus ojos frente a las victorias de otros. Remolonean en el lodo. Y todo ello narrado con un estilo gótico auténticamente desesperante. Es la fatiga de la desesperación; son las agujas que taponan nuestros poros: respirar, entonces, se convertirá en un juego de malabares. El mes más cruel es una ruleta rusa que tiene la recámara llena. Y la respuesta, lamentablemente, está en jugar.

Pilar Adón ha compuesto una balada que a nada se asemeja. Compararla con Daphne du Maurier o con la reciente Anna Starobinets (Una edad difícil, Nevsky Prospects) es caer en el tópico. Ella va más allá. Es como una romántica que se pasea por los páramos que inspiraron la creación de Heathcliff en Cumbres borrascosas. Pilar Adón camina entre socorros no escuchados, entre gritos que se descosen en cada página. Ella los recoge, los observa y los escribe. Y escribiéndolos crea nudos que nosotros hemos de resolver. Pero hemos de hacerlo mirando a nuestra propia vida, a nuestras verdaderas circunstancias. La materia vacía que en un principio parecen los relatos, en los que el lector se verá obligado a imaginarse el final –pues el final es cosa de cada uno– pronto se convertirá en una piedra que pesa como la piedra Rosetta. Pero ahí, nos dice, reside la vida. En ese ir y venir de un río a punto de congelarse en nuestras entrañas.

El desgarramiento, la rotura de los huesos, la ruptura de nosotros mismos, es sólo parte del guión de unos relatos que son puras obras maestras. Es feroz, el libro, pero tan necesario como esa ruleta rusa a la que todos hemos de enfrentarnos en algún momento.

“Sospecho que lloré durante horas, y que el cansancio y la decepción terminaron por dejarme dormida allí mismo. Al amanecer me levanté del suelo y caminé hacia mi casa para recoger lo poco que pudiera llevar conmigo. Había dormido en el jardín rodeada por los vaivenes de un viento que hace delirar a los niños y gritar a los viejos; entre las notas inconexas de un instrumento feroz que descubre de repente el miedo que se ha mantenido oculto bajo una manta pesada para que no contemplemos su estructura más obvia.”

Reseña publicada originalmente en OTRO LUNES.

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