Bailando con coyotes

Lo que yo pierdo no lo perderás tú jamás

Leer Polvo en el neón supuso una revelación y sorpresa semejante a leer Manual para coyotes. Tanto el autor del primero como del segundo me eran desconocidos. A partir de su lectura comenzó en mí una necesidad de más, de leer más, de adentrarme más en su literatura que en ninguna otra. Al menos en ese momento. Cuando escribí la reseña del libro de David Ruiz, Manual para coyotes, dije que era ajena a la literatura hispanoamericana. Me había formado en la anglosajona, en la francesa, en la alemana. Mi formación como filóloga inglesa conquistó territorios que se hacían a mi cuerpo como si a ellos hubiese pertenecido siempre. Crecí, además, con Shakespeare, con Austen, con Virginia Woolf. Una parte de mí no quería inmiscuirse en una cultura que, de una forma u otra, me era completamente ajena. Pero no podemos controlar el destino. David Ruiz llegó a mí con sus relatos del Lejano Oeste y me cautivó. Hace poco, Carlos Castán, escritor de Polvo en el neón, irrumpió en mi vida y me cambió. Una parte de mí dejó de ser la misma, y me convertí en una adicta a las historias de carretera. Algo muy similar a lo que me ocurrió con aquellos coyotes, con los eternos perdedores. Esa es la esencia en común entre estos dos libros: la pérdida. También el no querer encontrarse con uno mismo; también el huir para ser encontrados; también el abismo del hoy que no nos satisface en ninguna de sus posibles vertientes. Polvo en el neón es la historia del desamparo, del miedo; del desamor, por qué no. Manual para coyotes es la historia de una batalla que se pierde en la trinchera; es el relato de ese momento en el que deseas guerrear, herirte, sangrar, y no puedes. En ambos libros los protagonistas luchan pero, mientras nos hacen creer que luchan contra los demás, contra un sistema que parece establecido para que pierdan sí o sí, luchan en realidad contra sí mismos. La batalla más difícil de todas. Nos pasamos la vida creyendo que vivimos la vida que deseamos vivir y llega un momento, una persona, un acontecimiento que nos para los pies y nos hace contemplar nuestra vida. Y, por si fuera poco, nos lanza preguntas. Preguntas para las que no tenemos respuesta. O quizás sí, pero son respuestas que no se ajustan a nuestros huesos. No queremos ir por ahí cojeando, lamentándonos, llorando. Los personajes de Polvo en el neón lloran en un silencio que es demoledor. También lo hacen los de Manual para coyotes. Son lobos que aúllan sin ser escuchados; son lobos cuya piel se eriza; son lobos que fingen ser fieros. No hay más fiereza que la provocada por la tristeza, y la historia contada por Carlos Castán lo es. Terriblemente triste, como lo son las historias que nos cuentan, por ejemplo, Osamu Dazai y Akutagawa Ryunosuke. Vienen bien los japoneses en estos momentos para demostrar que, aún de culturas distintas, los sentimientos son los mismos. Dazai y Ryunosuke son perturbadores, sí, pero también son mágicos, son tiernos. Dentro del salvajismo que nos muestra su literatura hay una dulzura que retoza en el amor por la vida, en la búsqueda de la salvación; los perdedores sólo buscan ser felices, ni tan siquiera ganar. Y, como les ocurre a Dazai o a Akutagawa, buscan ese momento de paz en el que el universo parezca un amigo y no un destructor sin piedad. Carlos Castán propone un viaje por ese desierto que es la aspereza humana, e intenta demostrar que más allá de lo indigno que resulta en ocasiones ser humano, hay esperanza. Quizás. David Ruiz, como Castán, intenta demostrar también que, tras la máscara de imperturbabilidad, las lágrimas pueden enseñarle al miedo una lección muy valiosa.

David Ruiz: «Matar a alguien es dejar de ser tú, y ser quienes ellos –y señaló de nuevo con el revólver hacia la puerta, un hueco en la noche y la tormenta– sueñan con ser, en las fantasías de los sueños de sus míseras putas vidas.»

Carlos Castán: «Lloró como llora un hombre que sabe que va a matar.»

David Ruiz: «Culebras, chico. Eso es lo que uno dispara cuando lleva una pistola, la mayor parte del tiempo.»

Carlos Castán: «La gracia estaba en esa cercanía de romperlo todo, de saberse a unos centímetros de destrozar de un solo golpe varias vidas, provocar cismas y abrir abismos bajo los pies. Un poder así, unido al miedo, acaba por imponerse al más atroz deseo.»

La desesperación, el miedo, la angustia. El lejano oeste que se mezcla con la road movie que tantos corazones ha conquistado. Pero de telón de fondo siempre los mismos sentimientos, la misma humanización. Y la derrota, y la toalla sobre la moqueta de un hotel o el whisky derramado sobre la barra de un bar. La huida y la muerte como únicas salidas. «No sé volver a casa, no sé volver a mí», dice Castán en “Polvo en el neón”. Algo similar decía Alejandra Pizarnik. Algo similar, también, decía Anne Sexton. Otros vivieron en sí mismos tanto que se perdieron. Perkins Gilman, por ejemplo, lo demostró en su Papel pintado amarillo. Virginia Woolf, sin ir más lejos. Y añade, Castán: «los años de estar solo sabiéndolo a cada momento, los años de estar solo sin creer estarlo, se hincó cuantos clavos pudo sólo por ver que la sangre aún seguía allí». Hay una larga tradición de separar cuerpo y mente, hay una larguísima y sorprendente tradición de no saber volver a la jaula que supone creerse en libertad. Porque la cárcel, no nos equivoquemos, es en demasiadas ocasiones la extrema libertad de la sangre, de nuestras manos y pies. Eso ocurre en Polvo en el neón y en Manual para coyotes. Los protagonistas de ambos libros se dan de bruces con las consecuencias de tan ansiada sensación. Si hay esperanza o no sólo el lector lo puede decidir. Lo que sí que hay es amargura, es indecisión, es la sal de la vida. La vida, en realidad, en estado puro. «Pero no muere porque luego recuerda, sueña o delira, no lo sabe. Alguien grita victoria en un lenguaje que no entiende y recoge su cuerpo desmadejado del suelo», dice David Ruiz. La victoria siempre habla en un lenguaje que no entendemos.

Reseña publicada originalmente en OTRO LUNES.

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