Autopsia de la derrota

«—Soy un soldado vencido. Mi delito es ése, es la pura verdad. El crimen del soldado es la derrota. La victoria lo justifica todo.» Pero, si ese soldado hubiese vivido, este libro de Erri de Luca no existiría y eso significaría una pérdida para la literatura. Erri de Luca es un poeta que se disfraza, constantemente, de narrador. Sus libros, especialmente “El día antes de la felicidad”, “Los peces no cierran los ojos” y “Montedidio”, revientan de lirismo. Erri de Luca es especialista en crear escenarios simplistas, pequeñitos, pero con un potencial sentimental espectacular. Lo demostró cuando en “El día antes de la felicidad” el protagonista se enamoraba de una chica; lo demostró cuando el niño de “Montedidio” hablaba con aquel sabio que remendaba zapatos; lo demostró en el mapa que trazó sobre el cuerpo del chaval de “Los peces no cierran los ojos”. En todos ellos, ese chaval que parece enfermo pero que es más fuerte que un roble podría ser él mismo. Así nos lo imaginamos. A quien leemos no es a un napolitano cualquiera: estamos leyendo la vida del mismísimo Erri de Luca, protegido tras el disfraz de escritor. En “El crimen del soldado” de Luca nos coloca frente a un hombre que tuvo que huir de su país cuando cayó el régimen nazi que tanto defendió y amó y al que aún se adhiere y echa de menos. De Luca se coloca frente a él y nos lo dibuja con una sensibilidad que parece impostada pero no lo es. El escritor se aleja, por primera vez, del protagonista principal y nos lo muestra tal cual es. Está haciendo una autopsia del sentimiento, esta delimitando el bien y el mal en base al color de la sangre de cada vena; el corazón es negro, parece decirnos. Este hombre estaba podrido.

La literatura trata del miedo. Pilar Adón lo dijo: «El miedo mueve el mundo.» Y ella lo retrató en esos magníficos relatos de “El mes más cruel” (Impedimenta, 2010). Y Virginia Woolf (que siempre tiene una frase adecuada para cada situación, sentimiento, añoranza), escribió en “Los años”: «Eso es lo que nos separa, pensó; el miedo.» Este libro está plagado de terror. Y trata de muchísimas otras cosas: de vivir atormentado, en constante huida, en constante alboroto; trata de esa fina línea que separa los dos lados de la justicia y de la libertad; trata de la derrota de un nazi y de la victoria de toda una sociedad; trata de la batalla de nuestros huesos; trata de esos cientos de miles de Primo Levi o Imre Kertész. Trata de los silenciados. ¿Por qué este hombre, que debería haber sido juzgado, encarcelado, condenado, repudiado, sentenciado, tiene voz? ¿Por qué este criminal de guerra puede caminar aún bajo el sol, ganarse el jornal, disfrutar de una cerveza con su hija en un bar? Porque de eso trata también la literatura: de las injusticias, del tiempo o, mejor dicho, de la trampa que es el tiempo.

En “Los peces no cierran los ojos” Erri de Luca escribió: «La guerra permitía una extraña libertad». Me pregunto dónde ha quedado esa libertad en “El crimen del soldado” y si, esa extraña forma de vivir, era verdadera o no, si era una trampa o no, si era un truco o no. En esa novela, precisamente, la de los peces, Erri hablaba del agotamiento de los destinos. Los destinos también se cansan, los destinos también renuncian, los destinos también se dejan encontrar para poder huir, para poder desaparecer. También explora al ser humano y sus abismos. En “El crimen del soldado” encontramos las consecuencias de vivir sepultado en una doctrina que creemos que se ajusta a nuestras cavidades más secretas pero que, en realidad, no hace más que crear abismos que vamos a ser incapaces de superar. Un truco de magia. Magia negra.

Los escritores italianos tienen un talento innato; tienen algo que no poseen las demás nacionalidades. Lo descubrí con Natalia Ginzburg y con Alessandra Lavagnino. Después lo descubrí con este Erri de Luca que es capaz de desgranar la esencia humana en una frase. Alguien me dijo una vez que las licencias poéticas en la narrativa sobraban. Bien, juzguen ustedes mismos: «No siento la carencia de lo que no pudo llegar a escribir. Me pesa, en cambio, la desesperación de un hombre que tenía un pozo de tinta en la que mojar su plumín y le fue sellado con un pedazo de plomo en el cerebro.» O: «De mi infancia recuerdo libros y ningún juguete. Los hacía sin duda, pero se han perdido. Soldaditos, trenes, animales, casas: los juegos son miniaturas del mundo, útiles para que un niño pueda sentirse un gigante. Ayudan a crecer soportando la inferioridad.» Los italianos, especialmente Erri de Luca, al que la inspiración debe visitarle día sí día también para crear novelas tan espectaculares como las que crea, tienen una forma de narrar que parte directamente de la poesía. Eso es lo que he aprendido leyéndolos.

“El crimen del soldado” es un fragmento de vida imperecedero. Y la historia está narrada con una delicadeza que parecía imposible abordando el tema que aborda. La visceralidad se deja a un lado y prima el relato y, sobre todo, el estilo en el que está contado. Erri de Luca es un poeta bestial.

Reseña publicada originalmente en OTRO LUNES.

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