Edna O’Brien

“Las chicas de campo”, de Edna O’Brien, es como el rumor de un río que trata de sobrevivir al lado de casa, entre edificios y ladrillos, basura y maleza. Las chicas de campo, Caithleen y Baba, son como las calles de un Dublín de posguerra: calles, niñas, futuras mujeres, que aún no sabemos muy bien cómo sienten o a dónde se dirigen, pero cuyas raíces se muestran, y de qué manera, para hacer el tránsito de la trinchera al aire libre más llevadero. La trinchera es el campo y el aire libre es la juventud. La poderosa e imparable juventud; los gritos frente a las risas, las lágrimas frente al primer amor, los disparos de una vida que no ofrece mayor satisfacción que arrasar con la mala hierba y la posibilidad de caminar sobre el asfalto y beber unas pintas en un pub. La inocencia interrumpida, la explosión de aprender a bailar bajo la lluvia en vez de buscar refugio. La juventud no es más que ese aire puro que se respira en medio de una ciudad llena de polución. Aunque parezca imposible, aunque sea esto una estupidez. La juventud también lo es y, sin embargo, cuánto daríamos por volver a sentir el júbilo de aquellos días; lo que daríamos, no mintáis, por experimentar la libertad del cuerpo, sin cuerdas ni ligaduras que nos tiren hacia atrás. No necesitar echar de menos la juventud porque estamos bombardeándola. Pero “Las chicas de campo” no es una novela fácil o, mejor dicho, no es una historia agradable. Y no lo es por la crudeza que subyace en cada frase, por la pobreza del entorno, por la ausencia, parece, de vida, aunque esto sea una mentira: las chicas de campo están llenas de vida en un entorno que está más lleno de muerte, angustia y desazón. Como dibujar un pájaro azul en una fotografía en blanco y negro. Eso es “Las chicas de campo”. Ese pájaro azul en medio de la nada.

Imagino que su sensación era que nosotras estábamos en continuo movimiento, mientras que para ella la vida era siempre idéntica. La vida había pasado de largo, la había traicionado. Apenas tenía cuarenta años.

La atmósfera, pese a no ser del todo comparable, recuerda a la cárcel llena de naturaleza y amaneceres de “Del color de la leche”, de Nell Leyshon (Sexto Piso, 2013): una atmósfera opresiva que, en realidad, se disfraza de oportunidades, de esperanza, de libertad. Pero no es cierto. Esa naturaleza, ese campo abierto, esas vallas de madera, esos ladridos de perro de banda sonora, esas escapadas, las largas caminatas hasta la granja más cercana o hasta el colegio, esas botas llenas de barro, esos saltos sobre la hierba verde, manchada de rocío, no son más que una jaula que intenta mostrar un cuerpo, una estructura, un hierro que no es el suyo. Y pese a que Caithleen y Baba tienen posibilidades, sus pies siempre estarán anclados a una raíz que se les enrosca por todo el cuerpo. Y no es que el pasado, por ejemplo, pese como una losa, o que la familia, como ocurre también en la novela de Leyshon sea más bien un pozo que un columpio: es, simplemente, que hay algo que arrasa con tanta fuerza que ahuyenta todo lo demás. Y ese algo lo conocemos todos: la melancolía. (¿Podríamos cambiar melancolía por nostalgia? Sí. Y también podríamos decir lo siguiente: la eterna lucha por no echar de menos lo que nunca se ha sentido en la piel.)

“Las chicas de campo” muestra la exigencia que supone para una niña ser una niña en el campo; también muestra, como en “Del color de la leche” o en “Harriet”, de Elizabeth Jenkins (Alba, Rara Avis, 2013), los sentimientos, y situación, de una mujer de campo frente a un hombre de campo: su falta de poder, el estar relegada a un entorno reducido dentro de un lodazal lleno de hectáreas. Esta novela de O’Brien es un mapa de territorios interiores: los de Caithleen y los de Baba, los de sus padres, los de los criados, los tenderos o los camareros de un bar de mala muerte. Es, incluso, un mapa de los territorios de los propios territorios. Un mapa de desgracias, de esperanzas, de humor y, sobre todo, de as mentiras en las que la vida nos hace creer. También es un mapa de los deseos de dos niñas que, a golpes, intentan derribar todos los malos augurios que la gente de su alrededor no ha conseguido vencer. Niñas que buscan la asimetría, las promesas cumplidas. Niñas que huyen de esa desesperación de sentir que la vida era una traición en vez de un deleite. Es un canto al intento de independencia y a la madurez adquirida a base de un terror rebajado con azúcar y chocolate.

Oí el rumor de los juncos, y el lamento del zarapito, y todos los sonidos melancólicos de Irlanda, cuando dijo mi nombre.

“Las chicas de campo” es una novela deliciosa. Cruda, crudísima, pero bella. Es un rezo, en realidad, una oración en medio de un páramo. Es el territorio de un deseo, y una esperanza, que todos conocemos. El mundo de O’Brien es maravilloso.

[Reseña originalmente publicada en Granite & Rainbow]

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