Barbara Comyns

Dice Lucy Scholes en su reseña de “La hija del veterinario” en The Guardian que las novelas de Comyns tienen un toque Dickensiano: ambos, entiendo, comparten una visión especial de lo grotesco y una capacidad singular para crear las atmósferas que harán que la narración sea un éxito o un fracaso. Porque este tipo de novelas tienen una estructura básica pero compleja al mismo tiempo: tienen que mantener la curiosidad del lector de principio a fin, tienen que enseñar cómo son sus personajes sin que apenas abran la boca, y tienen que dar la información con cuenta gotas. Ocurre lo mismo con dos novelas que Alba también publicó en su colección Rara Avis y que Granite & Rainbow ya reseñó en su momento: “El mensaje del muerto”, de Florence Marryat y “La formación de una marquesa”, de Frances Hodgson Burnett. En ambas, al igual que ocurre en la de Comyns, la atmósfera es ensordecedora y grotesca, como ocurre también en las novelas de Dickens o de Sarah Waters, por poner un ejemplo más actual. Cuando la historia que se cuenta es monstruosa (claro que, “La hija del veterinario” no es nada comparada con otra novela, también en Rara Avis, llamada “Harriet”, de Elizabeth Jenkins, que reseñaremos la semana que viene), el ambiente tiene que ser una jaula dentro del cuerpo de los protagonistas. Lo que tenemos que ver es la jaula y no al pájaro que lleva dentro, encerrado y que es, en realidad, el dueño de la jaula: los protagonistas. Es, diría, una ilusión óptica: si hay pájaro o no dependerá de lo que cada uno entienda de los sentimientos que no se cuentan pero que están. Es, precisamente, como el loro de “La hija del veterinario”. Un loro que, encerrado en distintas estancias de la casa londinense de la protagonista, Alice, se vuelve loco y, ansioso y perdido, agotado por la oscuridad y la pasividad de su vida, es capaz de agujerear el suelo aunque intuya que, en ese picoteo, su vida puede terminar.

La novela de Comyns sostiene en sus páginas una atmósfera condenatoria, una auténtica tormenta que no termina de arrancar, explotar, arrasar. Es como levantar la vista al cielo, contemplar los nubarrones, escuchar los truenos y, sin embargo, no sentir ni una gota de lluvia ni un leve parpadeo del viento en el cuerpo. Una tormenta que, pese a que sabemos que llegará, no permite aún refugio, ni mucho menos calidez ni tranquilidad, y ni hablar de la salvación. El ambiente creado por Comyns, ese juego entre lo grotesco, monstruoso y bello (porque Alice es un ser bello que brilla entre tanta decadencia), tiene una brillantez gótica muy perturbadora: sabemos que esa tormenta va a llegar, que lo terrible nos va a empapar hasta los huesos, pero tanto nosotros, lectores, como la protagonista, Alice, nos quedamos mirando al cielo. Y es esa pasividad, la espera de un posible rescate, lo más traumático de toda la historia. El drama contenido en la esperanza.

Todo el libro es una pausa aterradora, como en las novelas antes mencionadas de Hodgson Burnett o Marryat. Es una historia, la de Comyns, que no admite réplica porque no hay gritos de socorro. Es una historia gris, oscura, que nos muestra una fascinación muy de circo, muy tambaleante. Es, también, la fascinación por la ira (la del padre de Alice), la fascinación por el pasado lleno de colores (la de la madre de Alice), y la fascinación por creer que la vida es mucho más de lo que se vive (como le ocurre a la propia Alice). Es la fascinación por el engaño, la fascinación por los seres desnaturalizados, la fascinación por la ausencia de sentimientos y remordimientos. En esta novela no hay ni moralidad ni principios. Sólo hay una triste jaula que intenta amoldarse al cuerpo de la protagonista pero que no encaja, claro. Y ese no encajar es el centro de la historia. Es, “La hija del veterinario”, la fascinación por la tierra que no pertenece a nadie pero a la que creemos que todos pertenecemos.

Es una novela que nos habla de las catástrofes que tardan en llegar pero que se huelen en el ambiente desde el principio. La madre de Alice se muere y tiene que convivir con el despótico y desagradable de su padre, un veterinario sin ética ni sentimientos que no siente a Alice como hija; un día Alice se marcha y se lleva con ella un secreto; un secreto que la hace especial y que no quiere revelar a nadie. Será ese secreto, precisamente, el relámpago más peligroso de toda esta historia. Tan inquietante es la historia como la forma que Comyns tiene de contarla, con ese control y esa maestría que no esconden que hay monstruos debajo de la cama. Y eso es, precisamente, “La hija del veterinario”: una fantasía demasiado real, llena de sangre y entrañas que palpitan.

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