Cementerio de locuras

“Soy una muñeca de plástico / vivo en una casa de muñecas / alguien juega conmigo / alguien actúa conmigo / ¡Piensan que soy yo! / ¿Su calor? / ¡Su calor no es ningún aliado!” (“Yo misma en 1958”, de Anne Sexton)

Leer la biografía de Anne Sexton recuerda al personaje principal de la novela de Sue Kaufman, “Diario de un ama de casa desquiciada”. Los rasgos expuestos en esa novela se reconocen, con sus diferencias, por supuesto, en lo que Diane Wood Middlebrook describe en la biografía. Su vida, la de Anne, fue un continuo conflicto consigo misma: su ser, lo que ella era, el ser mujer, una mujer americana de la posguerra, una mujer frente a una familia, frente a un marido, una mujer como madre, como esposa; una mujer un poco loca en una sociedad que no la comprendía.

Anne Sexton experimentó la soledad desde muy pequeña; la última hija del matrimonio, la rara, la extraña, la que no encajaba en la unidad familiar, la que no se atenía a las normas establecidas, la que pensaba por sí misma. Una niña que dejaba volar su imaginación, que empezó a escribir por dolor, como todo genio, y a quien ese dolor, esa angustia, ese perderse en los inexplorados caminos de la locura convertirían a esa niña despeinada y rebelde en una de las mejores poetas americanas del siglo XX. Anne Sexton podía haberse convertido, efectivamente, en una ama de casa desquiciada, pero se convirtió en poeta. Y, de no haber sido por la escritura, Anne Sexton no hubiese llegado a cumplir treinta años. Exactamente igual que les ocurrió a Virginia Woolf y a Sylvia Plath, Anne Sexton vivió más años gracias a la inquietud y a la necesidad de juntar letras, juntar palabras, y dejar ir sus lamentos, sus vergüenzas, con ellas. Su legado, que son sus poemas, son los surcos de un cuerpo que se dolía día tras día sin que nadie más que ella escuchase. Ella, la loca poeta, la incansable luchadora.

Adicta al alcohol, sí, adicta a los somníferos, sí, con varios intentos de suicidio a sus espaldas, sí, atormentada poeta a la que le gustaba llegar diez minutos tarde a sus recitales, y quien estuvo en varias instituciones psiquiátricas, sí. También era una mujer que, como dice Wood Middlebrook en la biografía, “trató en sus escritos el conflicto que supone para un ser humano crecer dentro de un cuerpo de mujer y lo que supuso vivir como mujer en la sociedad americana de posguerra.” Una mujer que, en realidad, no hizo otra cosa más que intentar entenderse a través de sí misma, desgranándose en cada página, desnudándose en cada palabra, y mostrándose sin pudor a un mundo que, sospechaba, la rechazaría. Así, al menos, había sido en su niñez, en su adolescencia. Hubo quien la consideró una exhibicionista, una invasora “que rozaba lo inmoral y lo ofensivo”. Así se leía, pues, a Sexton: como a una transgresora. Una mujer que se crió con Nana, a quien menciona en muchos de sus poemas, que lo fue todo para ella, mucho más que su propia madre y su propio padre, mucho más que sus dos hermanas, mucho más, en realidad, que ella misma. Su muerte la afectó muchísimo, como a Virginia Woolf la muerte de su madre, Julia Stephen –y es que estos acontecimientos son claves para entender parte de las creaciones de ambas escritoras. Tanto es así que, una vez comenzó a escribir poemas como terapia, describía sus intentos de suicidio en ellos  como si construyese un camino para volver al “sitio” donde estaba Nana. Y es que ella sólo quería “acurrucarme y decir entre suspiros ¡no me dejes!”.

La infancia de Anne Sexton: un constante plan de fuga

“A pesar de lo mucho que se esforzaban todos en que las niñas mantuviesen siempre el chi vive, Anne fue una disidente crónica por su desaliño, agitación y ganas de alborotar. Odiaba comer en familia, por lo que solía llevarse la comida a su habitación, donde dejaba que se echara a perder, costumbre que conservó hasta época muy tardía, según comentaron sus hijas. En cuanto a su aspecto personal, frustraba sistemáticamente las expectativas de su padre. Desde su más tierna edad, la familia enviaba a las tres niñas al salón de belleza para que les lavaran el cabello y las peinaran, si bien el peinado de Anne no tardaba en desbaratarse debido a su costumbre de enroscarse los cabellos con los dedos y enmarañárselos. Sus vestidos estaban al mismo nivel: llevaba los dobladillos colgando y hacía combinaciones imposibles de chales y cinturones con blusas y faldas que no casaban. Además, acostumbraba a hablar sin parar y en voz muy alta y se movía constantemente.” (Extracto de la biografía escrita por Diane Wood Middlebrook)

La familia de Sexton fue clave en su formación, para bien y para mal. Los padres de Anne eran hijos de los famosos años veinte, los locos años veinte donde la vida era explotada, no se temía la muerte, no se contemplaban los problemas. Sus padres eran dignos personajes de Scott Fitzgerald, hermosos, sí, y malditos, como él mismo describiría. Anne Sexton, no cabe duda, heredó ambos aspectos: la extrema belleza y los abismos de la maldición en forma de locura. Su padre era un hombre recto, rectísimo, que se había hecho a sí mismo: consiguió, fruto de su trabajo, que su familia viviese en las mejores comodidades. La madre de Anne, mujer despreocupada, quien moriría de cáncer escribiendo también poemas, fue clave en la formación de Anne como mujer y en la huida de Anne como niña, y es que Mary Gray hacía inspecciones diarias a Anne, pidiéndole que se desnudase en el baño para hacerle inspecciones tan íntimas como impúdicas y humillantes. Ella misma lo explica en el poema “Aquellos tiempos”, perteneciente al poemario “Vive o muere”, publicado en 1966:

“A los seis
vivía en un cementerio lleno de muñecas,
evitándome a mí misma,
a mi cuerpo, el sospechoso
en su grotesca casa.
Estaba encerrada en mi habitación
todo el día tras las rejas,
una celda.
Yo era el exilio,
sentada todo el día en un nudo.

Hablaré de las pequeñas crueldades de la infancia,
siendo como soy la tercera,
la última en ser dada
y la última en ser tomada–
de las humillaciones nocturnas cuando mamá me desnudaba,
de la vida diaria, encerrada en mi habitación–
siendo la no querida, el error
que mamá utilizó para alejar a papá del divorcio.

(…)

El yo que se negó a mamar
de aquellos pechos que no podía complacer,
mi yo, que pisaba las narices de las muñecas
que no podía romper.
Pienso en las muñecas,
tan bien hechas,
tan perfectamente ensambladas
que contra mí estrechaba
besando sus boquitas imaginarias.

(…)

el armario fue el lugar donde ensayé mi vida

(…)

Me sentaba todo el día
a remendar mi corazón en una caja de zapatos
evitando la preciosa ventana
como si fuera un terrorífico ojo
a través del cual los pájaros tosían
encadenados a árboles erguidos;
evitando el papel de mi habitación
donde florecían lenguas una y otra vez
saliendo de las bocas como capullos marinos-
así es como pasaba el día esperando que mamá,
mi gran mamá,
llegara para desvestirme a la fuerza.”

Así es Anne Sexton, y así ha de leerse: directa, afilada, un tanto tétrica, sincera, una costurera. Sexton teje sus recuerdos y los puntea con la aguja para hacerlos desaparecer. Su padre, además, y quizás por el ritmo de vida que llevaban o el momento en el que vivieron, se convirtió en alcohólico. Su madre también, años más tarde. Esto, sin duda, condicionó a Anne de forma muy notable: no entendía por qué el humor de su padre cambiaba tan de repente y por qué era a ella, a ella y no a otra de sus hermanas, a quien dedicaba improperios muy poco dignos de un padre. Anne era el foco de atención en sus borracheras y a ella dirigía insultos y vejaciones. Años más tarde, en una de las terapias, Anne comentó que un día su padre subió a su habitación y empezó a toquetearla, incitándola a algo sexual. Nunca pudo comprobarse si este hecho ocurrió de verdad o era una creación de la mente de Anne, pero lo cierto es que su padre fue uno de los puntos claves, en lo negativo, en la formación de Anne como niña y como mujer.

El gran referente de Anne fue su tía abuela Anna Ladd Dingley, Nana para Anne, que le brindó amor maternal e incondicional, algo a lo que Anne estaba muy poco acostumbrada. Nana, por tanto, se convirtió en el centro de atención de la pequeña. Nana fue un refugio para Anne; este estrecho vinculo tendría sus consecuencias antes de la muerte de Nana e inmediatamente después. Y es que cuando Nana perdió la audición, tras un dolor de muelas fortísimo, cambió por completo: hablaba sola,  se recluyó en sí misma y no prestaba apenas atención a Anne ni a nada de lo que la rodeaba, y Anne se sintió dolida y ultrajada; Nana, incluso, tuvo que ser hospitalizada y recibió electrochoques que parecieron mejorar su estado. Anne misma decía: “no parecía una persona loca pero sí una persona que sufría”. Al mismo tiempo que le ocurría esto a Nana, su abuelo paterno sufría crisis nerviosas y su hermana Jane iba a tener un hijo. Anne vivió todo esto como un desmoronamiento familiar para el que no estaba preparada (muy parecido, a su vez, al desmoronamiento que sufrió Virginia Woolf en su adolescencia cuando su madre, su hermano, otra hermana y su padre fallecieron con pocos años de distancia). Y es que su familia parecía haber estado siempre pendiendo de un hilo en un abismo insondable, y Anne no podía soportarlo. La muerte de Nana la trastornó y la hizo creer que ella había sido la causante de su enfermedad, creyendo al mismo tiempo que su crisis nerviosa tras su muerte había sido la venganza de Nana por no haberla cuidado, acaso, lo suficiente y por haberla abandonado en su adolescencia. La muerte de Nana hizo sentirse a Anne “horrible y asquerosa”, como un día la mismísima Nana denominó a Anne en un momento de locura transitoria. La muerte de Nana, por tanto, y las ruinas de una familia que parecía haberse construido en el aire, entre huracanes y terremotos, fueron el pistoletazo de salida para el declive mental de una muchacha que no acababa de encontrar su lugar en el mundo. Anne estaba siempre entre dos aguas, su propio yo y el yo que los demás construían para ella. En su interior se estaba montando, pieza tras pieza, vivencia tras vivencia, una bomba que nadie podía imaginar fuese a ser  tan grande, tan estruendosa, tan peligrosa. Anne Gray Harvey, nacida el 9 de noviembre de 1928 en Newton, Massachussets, estaba a punto de explotar.

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