Un garrapatear en los años

Londres, 1937

La luz en Londres nunca es igual de un día para otro. Tampoco sus calles o edificios. Los viandantes tampoco lo son. En Londres cambian los huesos y las venas de cada uno, que toman caminos distintos a cada hora; nunca desandan lo andado, nunca miran atrás en exceso. Si acaso, existe una suerte de tristeza que se mezcla con la desesperación más absoluta y que se sostiene sobre el ánimo indeleble del ser humano de mantener la imagen y las formas. Ser inglés es conocer las reglas que rigen la sociedad, algo que viene ocurriendo desde, al menos, el nacimiento de la novela con Daniel Defoe. Ser inglés también es eso: una novela cuyo desarrollo siempre sorprende. Virginia Woolf lo sabía muy bien. Conocía perfectamente los entresijos de la sociedad, conocía perfectamente lo que era ser una esnob y lo que significaba ser una niña escondida en el cuerpo de una mujer cuando escribía sus diarios y sus cartas. Ser inglés, me digo a veces, también es ser bipolar cuando se ha de serlo. Y a eso unos lo llaman locura –que a veces, es cierto, como en el caso de Virginia, se mezcla con voces y visiones–, mientras que yo lo llamo genialidad. Y es que sólo una persona que es capaz de escribir con seis voces distintas, como hace en “Las olas”, puede llamarse genio.

Virginia Woolf contemplaba la luz de Londres con una capacidad de observación sin igual. En la naturaleza encontraba ella los secretos del ser humano. Dicen de las águilas que cuando ven demasiado enloquecen. Eso, me digo, es lo que le ocurrió a ella. Observó tanto Londres y de tantísimas formas distintas, desde tantísimos ángulos y recovecos, que terminó por ser incapaz de soportar vivir allí aún siendo, como era, su único deseo. Tuvo que exiliarse a las afueras de la ciudad, a Richmond, y más tarde a Rodmell (Lewes), sitiado a dos horas de la capital. Y allí Virginia se moría. Pero le quedaba un as en la manga, un as previamente usado por otros muchos escritores pero nunca con tanto acierto ni con tanta magia como lo hizo ella: escribir a Londres en sus libros, como si fuera una constante y larguísima carta de despedida. Esto es lo que ocurre en “Los años”, escrita en 1937. “Los años” es un aleteo constante de pájaros que buscan la misma comida, los mismos parques, la misma paz. Y leyendo el libro parece que en Inglaterra nunca haya existido la paz, como si la batalla de Trafalgar o la lucha de Isabel I contra la Armada Invencible aún resonase en las manos y en los pies de los ingleses. Todos los personajes están en guerra con su paz. Y, como tantísimos otros personajes de tantísimas otras novelas, los personajes están varados en un limbo de recuerdos, tiempo perdido y ensoñaciones futuras. Y ninguno, y aquí está la magia, existiría sin los hilos de los años y sin el hilo de la persona que tienen al lado.

“Los años” resume la vida de todos de nosotros y consigue algo tan soberbio como peligroso: dotarla de sentido. Miramos a las vidas de los protagonistas y nos preguntamos dónde está la pieza de puzzle que falta para completar el paisaje psicológico que Virginia pone ante nosotros. “Los años” son pequeñas piedrecitas, lo que los ingleses llaman pebbles, que entorpecen los días del calendario; hace que las semanas pesen demasiado, y acabamos arrastrando los meses, los lustros, las décadas, como si el apego que sentimos por el pasado fuese mayor que el que sentiremos jamás por el presente. Y, lamentablemente, así es. Los personajes se encuentran varados en acciones pasadas, en recuerdos largo tiempo caducados, y están, irremediablemente, perdidos. Los mapas, quemados en viejas chimeneas de viejas casas ilustres, carecen ya de memoria. Y los habitantes, nuestros protagonistas, buscan en los demás lo que no son capaces de encontrar en sí mismos. Qué demonios ha pasado con mi vida, preguntan con ojos entristecidos y cansados a las personas que tienen frente a ellos; se olvidan, sin embargo, de que no han pronunciado palabra y que, como sospechaban, lo importante de la vida, de sus vidas, se guarda siempre entre silencios, entre gritos de socorro que retumban de un hueso a otro, de un escozor a otro, de un pus a otro. Porque para la pena de los años no hay salida, ni medicina, ni amparo. ¿Hay salvación?, preguntan, y contestan: ha de haberla, hemos sobrevivido a una guerra, al cambio de siglo, a la posguerra. Debe haberlo, sí, definitivamente lo hay, ¿verdad? Y no pueden evitar esa última pregunta para asegurarse porque, si no hay salvación no hay futuro, y necesitaban saber que al menos el futuro existe para poder seguir ahogándose en el pasado. Dónde están las bombas, eso es lo que queremos. Porque así, buscando los restos de lo que éramos, entre metralla y piel muerta, tendremos una verdadera excusa para no aterrarnos con un presente en el que no encontramos más que las consecuencias de mentiras apenas abocetadas, poderosas y ruidosas. Al menos así, entre los restos de quién sabe qué delirios, la locura por pausar la vida estará justificada.

“Edward guardó silencio. Es inútil, pensó North. No puede decir lo que quiere decir; tiene miedo. Todos tienen medio; miedo a que se rían de ellos; miedo a delatarse. Y este también tiene miedo, pensó North mirando al joven de la hermosa frente y el mentón pequeño que gesticulaba con excesivo énfasis. Todos nosotros tememos a los demás, pensó; pero, ¿de qué tenemos miedo? De las críticas, de las risas, de las personas que piensan de manera diferente. Me teme porque soy granjero (North volvió a ver su rostro redondeado, los salientes pómulos y los ojos pequeños y castaños.) Y yo le temo a él porque es inteligente. Miró la frente amplia, encima de la cual los cabellos ya comenzaban a escasear. Eso es lo que no separa, pensó: el miedo.
North se rebulló. Deseaba levantarse y hablar con aquel joven. Delia le había dicho: «No esperes a que te presenten». Pero resultaba difícil dirigirse a un desconocido y decirle: «¿Qué es este nudo que llevo en mitad de la frente? Deshazlo.»”

Y señoras y señores, ladies and gentlemen, la esencia de la vida queda resumida en un pregunta y en una respuesta. ¿Qué es este nudo mío? Ayúdame. Y eso es lo que nos separa y eso es lo que nos une: un garrapatear los años, un buscar la sombra donde antes había luz.

Virginia escribe mirando a su jardín trasero. Allí no hay edificios majestuosos, allí no hay aire contaminado; allí no están las campanas del Big Ben marcando sus pasos; allí no está el Strand, ni la larguísima y bulliciosa Fleet Street; allí, en ese jardín, no hay sombrererías, no hay amenazas de conversación. A Virginia, entonces, sólo le queda su papel azul y la tinta negra; sólo le queda el temblor de sus pies bajo la mesa. Virginia recupera Londres mientras la escribe. Quizás por eso tituló la novela “Los años”: la ilusión del calendario y no el tormento del tiempo de descuento. Londres era literatura, al igual que lo era la vida de los londinenses, sus secretos, sus zapatos nuevos. Aún recuerda, allí sentada, frente al jardín que Leonard cuida todas las mañanas, los lápices gastados en sus rondas mañaneras; aún recuerda la algarabía de su interior al cruzarse con un tendero, con un soldado, con una mujer que contempla a otra mujer a través de un escaparate. Aún, y qué curioso, parece que le dice a Vanessa, el revivir de un guiño, la saliva que conserva el sabor de la galleta de chocolate a la hora del té. Aún recuerda lo rápido que se le escapaba siempre Londres: era arena en las manos de una niña, que era ella. Y cómo debía irse a escribir, a ordenar las ideas, para permanecer viva un poquito más. Todo aquello que sentía, todo aquello que temía, todo aquello que le arrebataba y le restablecía la vida, se encuentra en “Los años”: también los temblores que anticipan la segunda gran guerra, retumbando en el interior de sus personajes. Lo que nos une a todos también está: el miedo, la desilusión, el tiempo malgastado en abrigos de piel.

Virginia observó tantísimo al ser humano que no pudo continuar siendo uno en un mundo que se caía a pedazos. Cómo podría soportar, parece que nos dice ahora, que destruyan mi Londres con sus bombas y que lo reconstruyan con el polvo de los huesos de otros. Vayan estos viejos huesos míos por delante. Y entonces, el agua, la destrucción de la belleza, el agarrotamiento del frío y las arrugas de la valentía. Ejerció su derecho a la vida en la literatura y su derecho a la muerte en nuestras vidas. Y, como sus personajes de “Los años”, sentimos que nos hemos quedado huérfanos, varados en un precipicio que no conoce el eco de tanto grito de socorro en silencio.

Inglaterra, parece, nunca ha sido nada más que esos instantes en los que los pies de Virginia, con un abrigo raído y viejo, paseaba por parques y calles londinenses –que bien se asemejan al resto de parques y lagos y tesoros de la campiña. Londres se reduce, en realidad, a esos instantes. Toda la historia contiene el aliento en esas frases, reescritas veinte veces, leídas en alto treinta y releídas cincuenta. Londres es ese golpe en la vida de Virginia cada vez que ésta daba con la frase idónea para describir sus sentimientos. Y la naturaleza, desbordada en su pluma, haciéndonos partícipes de un truco de magia… o de un secreto que sólo ella parecía saber: la supervivencia está en el agua, en los árboles, en la posición de las nubes una tarde cualquiera; en los naranjas de un atardecer tras un día de excesiva lluvia; en la posición del sol sobre un tejado rojo; en el reflejo de nuestro rostro en el rocío de una piedra que nada en mitad del Támesis. La victoria y la derrota, y bien lo sabía Virginia, está en Londres, en las páginas de un libro y en un ahogo constante.

“Forzosamente ha de haber otra vida, pensó mientras se dejaba caer contra el respaldo del sillón, exasperada. Y no en sueños, sino aquí y ahora, en esta sala, con gente viva. Tenía la impresión de encontrarse en el borde de un precipicio, de pie, con el cabello echado hacia atrás por el viento; estaba a punto de aprehender algo que se le escapaba por muy poco. Forzosamente ha de haber otra vida, aquí y ahora, repitió. Esto es demasiado breve, está demasiado fragmentado. No sabemos nada, ni siquiera acerca de nosotros mismos.”

Porque Virginia buscaba siempre donde anclarse, de la misma forma que lo haremos nosotros tras terminar el libro.

[Artículo aparecido en el número 21 de la revista Granite & Rainbow. Para descarga gratuita PINCHAR AQUÍ.]

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