Para tener dónde amar

Sorprendentes. Directas. Entrañables. Invasivas. Pesimistas. Optimistas. Destructoras. Poéticas. Líricas. Tiernas. Dulces. Encantadoras. Sofocantes. Heladoras. Comprensivas. Admiradas. Amorosas.

Estremecedoras.

Las cartas que componen “Cartas del verano de 1926” son el tipo de cartas que los poetas, siempre, deberían escribirse. Cartas que, escritas con un estilo narrativo absolutamente brillante y enternecedor, traspasan la frontera de lo poético y lo preciosístico. Cartas que envuelven al lector en una atmósfera de amor y de admiración y que lo colocan ante una explosión de sabiduría, inteligencia y desorden propios de la admiración y el deseo. Rilke, Tsvietáieva y Pasternak son tres poetas absolutamente brillantes: sus cartas reflejan sus ideales y sus opciones de vida; es una declaración de intenciones tras otra. Marina, la gran Marina Tsvietáieva, parece una niña traviesa enamorada de Pasternak y de Rilke, quienes parecen sentir emociones tremendas por primera vez en su vida. Las cartas son un recuento de tres vidas que traspasan las fronteras de la distancia y lo permitido: poetas que buscan porque saben que hallarán lo extraordinario, lo que les hará avanzar en un camino que no siempre es llano, un camino que no siempre es poético. En las cartas lanzarán al vuelo sus necesidades, sus prioridades, sus miedos, y se dejarán ir a través de las letras que dedican al otro. Así, se descubre a una Tsvietáieva que no se conforma con nada, ni tan siquiera con vivir o morir (Anne Sexton, en su caso, hubiese elegido la muerte mucho antes que Marina, quien decidió terminar con su vida en el mismo año en el que Virginia Woolf también lo decidió: 1941), a un Pasternak plagado de miedos y de incertidumbre, trabajador incansable y pesimista para con su propia obra, y a un Rilke que recorta distancias pese a la enfermedad y el mal augurio de su propia existencia. Los tres, comunicados gracias al papel y a las ganas, desenfundan todo su interior en unas cartas que, por derecho propio, han de pasar a la historia como algunas de las más bonitas, apasionantes y certeras de la historia. Y es que detrás de los halagos y el amor que los tres se profesan, se encuentra el contexto en el que vivían: aislados de Rusia, expulsados de sus propios cuerpos, marginados, prácticamente, de su propia literatura.

En el horizonte, la promesa de un encuentro, la esperanza de un verano. Como decía Rilke “el verano siempre llega para los que saben esperar”, y parecía que ninguno de los tres, en el fondo, podía hacerlo. Las ansias, la necesidad del abrazo, la necesidad de la transmisión, ni que fuese efímera, en los cuerpos de los otros, podía con la tardanza de las cartas y la desesperación de la distancia. El verano tardaba en llegar porque se escribieron a lo largo de uno que parecía no querer terminar. La promesa, en este caso, estaba en el invierno, tras un otoño incierto. Las cartas se plagan de oportunidades no vencidas, de esperanzas no dañadas, de poesía que se entreteje con sueños y dispersión, con las pocas ganas de seguir adelante si no es a través de las letras de los demás, sus compañeros fieles en la travesía que supone crear un poema que pase a la historia. Entremedias, también, el desequilibrio, la desazón, la cautividad de una habitación que, pese a no tener el papel pintado amarillo de Perkins Gilman, consumía el alma de los tres poetas: enclaustrados en sus propias necesidades de encontrar a través de la palabra su salvación y la de los demás, hilaban en sus propios huesos promesas de no derrotadas, de no guerras, de no ausencias. «Borís,», le decía Marina a Pasternak, «nuestras cartas actuales – son las cartas de personas desesperanzadas: resignadas.» La pregunta que cabría hacerse es si, en el fondo, no fueron siempre así: ¿bastaba con anhelar el encuentro, con anhelar la creencia de que sí, que se encontrarían, que caminarían uno al lado del otro mientras los poemas se escribían tras ellos, como un narrador que siempre hubiese estado ahí, tejiendo y destejiendo, como Penélope? Y, de tapadillo, como una criatura asustada escondida bajo la mesa, la realidad, la confesión: «Borís, contigo tengo miedo de todas las palabras, ese es el motivo de mi no-escritura. Y es que no tenemos nada más que las palabras, estamos condenados a ellas.» De esa condena, precisamente, hablan en tantas y tantas cartas: pequeños grandes gritos de socorro lanzados a la nieve del trayecto, a la arena, al mar que Marina visitó con la intención de enamorarse de él, como Pasternak lo estaba. Hasta ahí llegaba la admiración, que en palabras de Françoise Sagan no es más que «amor congelado»: hasta el nacimiento de una obsesión que nunca nos permitimos tener. Así le ocurrió a Tsvietáieva con el mar, así le ocurrió a Pasternak con Rilke y así, me temo, le ocurrió a Rilke con la vida, con el sentimiento. «No vivo para escribir versos, escribo versos para vivir. / Escribo no porque sepa, sino para saber.» Y esa es la conclusión perfecta. Así vivieron los tres. Así murieron también.

El amor danza por entre estas páginas que recogen todo sentimiento humano posible.

MARINA a BORÍS: «Tú, Borís, me eres tan necesario como el precipicio, como el abismo, para tener a donde lanzar sin oír el fondo. / Para tener a donde amar.»

BORÍS a MARINA: «Te amo con tanta fuerza, con tanta plenitud, que me convierto en un objeto en este sentimiento, como si me metiera en el mar cuando hay tormenta, y necesito que el sentimiento me enjuague, me ponga a un lado, me cuelgue de los pies cabeza abajo; este sentimiento me envuelve en pañales, con él me vuelvo un crío, el primero y el único de ese mundo que se manifiesta a través de ti y de mí.»

BORÍS a RILKE: «Había olvidado que los sentimientos que se prolongan durante años, edades, parajes y situaciones diversas nunca se someten al intento de ser abarcados en una sola carta. / Lo amo.»

MARINA a RILKE: «¿Qué quiero de ti, Rainer? Nada. Todo. El permiso para elevar la mirada hacia ti cada instante de mi vida.»

Compromiso. Esa es la palabra que definiría el amor que se profesan estos tres seres, que componen versos al escribir cartas, que componen cartas al escribir versos, que dejan ir a su ser por entre las misivas como si su ser, en realidad, no les perteneciese, como si esas palabras hubiesen aguardado a encontrar las personas a las que dirigirlas. Se abren en canal, Rilke, Tsvietáieva y Pasternak, y, como el fluir de un río, amansan a las fieras de su interior con declaraciones de amor de una intensidad bárbara y descomunal. «Pusiste las manos en mi corazón», le dice Rilke a Tsvietáieva antes de rogarle que nunca se aparte, que nunca se vaya. ¿Qué unía el amor y las vidas de estos tres salvajes literatos? La conmoción, la supervivencia, el garrapateo en la pared, como diría Virginia Woolf, de las vidas que se desintegran si no escriben, de las vidas que se descuartizan si no respiran a través de la emoción y la aventura, de las vidas que se inmolan por no sucumbir a la tentación, al deseo, a la intensidad de un desgarrador sentimiento.

Las cartas de “Cartas del verano de 1926” son pequeñas pastillas de cianuro: arrasan, desgarran, matan. Son cartas en las que el alma de estos tres seres son absolutamente visibles, desde todos los ángulos. No hay secretos. Y los rincones y pensamientos que han quedado sin palabras, sin oraciones ni súplicas, han quedado también –y tan bien– expuestos que la imagen que contemplamos es completa: les vemos los huesos y las entretelas, les vemos las entrañas y les vemos las guerras, las batallas. Todo lo que fueron –y serán– está mostrado sin pudor ni ligaduras que ahoguen: están ahí para salvarnos la vida, por si la suya no la tuviese. «Mis cartas», escribe Marina, «no son premeditadas, pero tú y yo tenemos que vivir y escribir. Simplemente – giro la aguja.» Y añade: «Borís, no te escribo las cartas que quisiera. Las verdaderas no rozan siquiera el papel.» Cuesta creerlo, esa es la verdad, cuesta mucho creerlo cuando incluso las cartas invisibles que escribe Marina a Borís quedan brillantemente delineadas en nuestra imaginación. Cartas de amor, seguro, que ni una podía escribir ni el otro leer porque esa, precisamente esa, hubiese sido su perdición. La distancia, entonces, no hubiese tenido excusa: debería desaparecer. Y con ella, quizás, el sueño de la vida de los dos: vivir al borde del abismo para ser capaces de sentir y, por tanto, escribir. No querían hielo, ninguno de los tres: querían consumirse en ese ardor que se deja sentir en las cartas. Y debéis tener cuidado: quema demasiado.

Borís, en un momento de confesión absoluta, le escribe a Marina:

«Cómo me alegra poder escribirte. Me siento más limpio y más apacible cuando estoy contigo. – Pensamos de igual manera sobre las cosas de mayor importancia. No entendiste mi aprensión, un poco en broma, a enamorarme. Aquí es lo mismo. La misma dualidad sin la cual no hay vida, el mismo dolor de las cualidades que te llegan al corazón y a la garganta. / De ellas está hecho el mundo. Lo amo. Me gustaría tragármelo. A veces este deseo me provoca tal caquicardia que al día siguiente el corazón me funciona con debilidad. / Dios, hasta qué punto amo todo lo que fui y no seré y cuán triste me resulta ser – quien soy. Hasta qué punto la oportunidad desaprovechada, perdida por una tontería o no por mí, parece seda en comparación conmigo. Una seda negra, misteriosa, feliz y con reflejos de adoración. Aquella para la que ha sido ideada la noche. Físicamente inmortal. Y temo a la muerte sólo porque voy a morir sin haber tenido tiempo de ser todos los demás. Sólo algunas veces, cuando te escribo o leo tus cartas, me libero de su amenaza trémula y agobiante. Y ahora déjame abrazarte fuerte, fuerte, y déjame besarte con todo lo que se ha acumulado alrededor de mis razonamientos. Pero en todos esos pensamientos hubo ternura. ¿Pudiste escucharla?»

Tres personas que, vagabundas del mundo, perdidas, se encuentran en un mismo punto y en un mismo lugar: la necesidad, la búsqueda de porqués, la tristeza y, por qué no, el encuentro con la felicidad. “Cartas del verano de 1926” es la esperanza, la oportunidad, el hic et nunc que salvó, por unos meses, a tres seres que tenían todo perdido antes de empezar a guerrear. Eso es lo magnífico de este recuento de vida: la salvación in extremis de tres leones aterrorizados y perdidos en el mar.

Las cartas son, como dicen sobre Rusia en una de ellas, «lo que ha quedado de un incendio.»

«Nos amamos, nos compadecemos, estamos ligados. Tú y yo estamos hechos de vida –¡como de venas! ¡Sólo nosotros! nos encontraremos», le dijo Marina a Borís. Y se encontraron, siempre, en el fragor de la batalla.

Rilke escribió a Marina: «El día que alguien nos sueñe juntos – nos encontraremos.» Hecho.

[Artículo aparecido en el número 22 de la revista Granite & Rainbow. Para descarga gratuita PINCHAR AQUÍ.]

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