Nadar desnuda en tu sangre

«dice que no sabe del miedo de la muerte del amor / dice que tiene miedo de la muerte del amor / dice que el amor es muerte es miedo / dice que la muerte es miedo es amor / dice que no sabe». Alejandra Pizarnik siempre creyó que no sabía de nada, que no sentía nada, que nada se hilaba a sus huesos y a su carne. Siempre creyó que la muerte era la única salida posible; siempre que, de entre todas las opciones que nos da la vida, la sangre y las vísceras eran lo que mejor expresaba la explosión que, día tras día, ocurría en su interior. Alejandra Pizarnik quería morir. Lo quiso siempre. Infinitas son las anotaciones en su Diario: «Estado vegetal. Cada mañana despertar, tener que llorar y tomar café. No puedo gozar de la vida. No encuentro en ella ningún interés. Sólo algunos consuelos. Yo no quiero consuelos. Ojalá enloquezca o muera pronto.» «Sólo la muerte da sentido a la vida.» «La única verdad es mi deseo de llorar, mi avidez de sueño y muerte.» «Hay también un gran deseo de dormir y no despertar jamás.» «Yo no quiero vivir», escribió en 1958, y a ello se ajustó durante el resto de su vida. A ello y a algo más: «Quiero un interés obsesivo por dos cosas: los libros y mi poesía.»

Alejandra no era libre, era un pájaro enjaulado, temeroso de aprender a volar por si aquella libertad la lanzaba al vacío que supone sentir más allá de látigos, de penas, tristezas y lágrimas; no deseaba rellenar esos huecos que, parecía, ella misma vaciaba todas las mañanas frente al espejo. Un ser insaciable, eso debía de ser, y eso fue. Dudo de si Alejandra llegó a ser feliz en algún momento de su vida. Parecía la eterna buscadora de nostalgias, de llagas en la piel. La herida era su refugio; a ella se lanzaba de cabeza, regocijándose en la espesura del corte, en la piscina de sangre que a su alrededor dibujaba. Algo similar a lo que le ocurrió a Charlotte Perkins Gilman y que ésta escribió en “Papel pintado amarillo”: las luces y sombras de una habitación, los reflejos de los objetos y nuestra propia imagen sobre la nada, la locura bailando un vals detrás de nuestros cuerpos, eran el resumen –o eso parecía– de la desazón de vivir, de la incapacidad de enfrentarse al presente desde una perspectiva que no incluya autoinfringirse dolor, pozos de lodo rojo lleno de deshechos humanos.

A Alejandra le llamaba la locura y la muerte, pero durante un tiempo maravilloso la literatura ganó la batalla: «No escribiré hasta que mi sangre no estalle», escribió en 1957. Un día estalló. Ahora somos nosotros los que estallamos con ella. Estalló y se convirtió en Alejandra Pizarnik. Pero la Alejandra un tanto cobarde, un tanto valiente, un tanto osada, un tanto perdida, un tanto singular, un poco loca, un poco cuerda, no se quedó atrás. Su poesía visitó todas las Alejandras que se descubren en los Diarios; todas y cada una de ellas están descritas con sumo cuidado en sus poesías, sí, y en las páginas de un diario que hace daño. En ambos lugares, cómodos y necesarios para la poeta, Alejandra se abre en canal y nos muestra sus vergüenzas, sus bajezas, y su grandeza. ¿Estabas loca, Alejandra?, eso nos preguntamos al leerla. «Cada poema debe ser causado por un absoluto escándalo en la sangre.» No hay un sí o un no rotundo en ella. «Todo libro importante nace de las obsesiones de su autor.» Ahí tenemos la respuesta a estos diarios.

Entiendo a Pizarnik. Entiendo lo que es estar al borde del abismo y no saber si saltar en el segundo uno o contar hasta diez y volver a empezar. Entiendo lo que es vivir en una espiral, en un torbellino de sentimientos que hacen demasiado daño. Entiendo su desesperación, sus gritos sobre las páginas. Entiendo sus poemas, que son una extensión de mi propio cuerpo, de la misma forma que eran una extensión del suyo. Entiendo lo que es el afecto por la sangre, por el manicomio, por la ira, por la necesidad de causarse dolor a una misma; entiendo también lo que fue su vida. La entiendo demasiado bien. Los Diarios de Alejandra son confesiones, son tumbas abiertas y removidas; son esqueletos que bailan cuando nadie los ve, son venas que se desangran cuando nadie las ve, son socorros no atendidos, socorros no pronunciados. Es tremenda, Alejandra. Es directa y sincera, sin rodeos ni medias tintas. Todos sus Diarios son intensos, de una intensidad que roza lo patológico y de una intensidad muy peligrosa. Excesivamente peligrosa; como la poesía, quiero añadir, y como la propia Alejandra. No había en ella un átomo de felicidad, parecía, ni una búsqueda honesta de ese rayo de luz que a todos nos ciega en algún momento de nuestras vidas. No hay escuela para aprender a entender a Alejandra, para entender su poesía y su creación, su capacidad de lanzarse por un precipicio y salir airosa de la libertad, el deseo, el amor y la vida. A Alejandra Pizarnik se la siente o no, se la entiende o no, se la ama o no. No hay término medio, no hay posibilidad de victoria ni de renuncia. Sólo aceptación, sólo asentimiento. Amparada en la desesperación más terrible e injusta, Alejandra se dejó ir por entre las páginas de su diario. Estoy convencida de que se daba miedo a ella misma. A Alejandra no la asustaba nada más que Alejandra. Ella en los espejos, ella en los papeles, ella consigo misma en una cama y una habitación cerrada. De eso también hablan los Diarios: del encierro psicológico, de la elección entre una puerta abierta y una cerrada. No hay puertas entornadas ni las habrá jamás.

Alejandra Pizarnik era un escándalo. Y, pese a que puedan parecer los Diarios de una loca, no hay rastro de delirio en ella, en ellos, en sus palabras y afirmaciones. Lo que hay es una impresionante capacidad para resucitar día tras día y de luchar contra los sentimientos. Es el pozo más profundo, es la oscuridad más impertérrita, es el ahogo más constante. Y sin embargo. No hay delirio, no hay gemidos tras la puerta, al pasar de página. Hay una honestidad afilada, asesina. Hay un desgarro que deshilacha cada mañana y vuelve a hilar cada noche, como una Penélope que no acepta la transición de su vida. La poesía de Pizarnik es pura carencia, como los son los Diarios. En toda su producción literaria hay que buscar la ausencia, no la presencia, las palabras que pudieron ser tachadas, cambiadas, olvidadas; hay que buscar la renuncia de una afirmación en la negación que leemos. En Alejandra la sacudida viene en el después de la lectura, en la reflexión. No entenderemos nada hasta que no apartemos la vista de sus palabras y rebusquemos en ellas como vagabundos, como adictos a una sustancia que aún no ha encontrado su nombre. Y además de carencia es huida. Alejandra huía constantemente, pero nunca se alejaba lo suficiente. Era una huida para que la encontraran, no para perderse. «Mi vida es demasiado grande para mí», afirmaba; «anoche pensé qué medios usaré para suicidarme»; «Me miré en el espejo. Parezco Dylan Thomas antes de morir, cuando decía: quiero desgarrar mi carne

En los Diarios de Alejandra Pizarnik hay cambios radicales en su estado de ánimo de la noche a la mañana, como si cada día intentase ser una persona diferente, con una máscara, pasado, presente y futuro diferentes para poder sobrevivir; como si cada mañana, y cada noche, se propusiese adoptar una forma de ser completamente opuesta a lo que en realidad era para intentar escapar de sus sentimientos. Ella, que tan consciente era de su propio nombre, de su propio destino, huía y volvía con una facilidad que, en ocasiones, puede resultar espeluznante. Son los viajes interiores de un ser absolutamente cabal y honesto consigo mismo. No hay más presencia que su ausencia, y viceversa. A sí misma se espeta: «tu hábito malsano de morirte cada día ¿qué es?» Y añade: «He meditado en la posibilidad de enloquecer. Ello sucederá cuando deje de escribir. Cuando la literatura no me interese más. De cualquier modo, me es indiferente enloquecer o no, morirme o no. El mundo es horrible, y mi vida no tiene, por ahora, ningún sentido. (No obstante, creo que nadie ama la vida más que yo. Sólo que entre mis sueños y mi acción pasa un puente insalvable. He aquí la causa de que yo deba desangrarme como un animal enfermo, detrás de la vida.)»

Idea Vilariño, a quien la muerte también parecía apetecerle, escribió: «Yo no quiero / yo no quiero / yo aguanto / yo me olvido / yo digo no / yo niego / yo digo será inútil / yo dejo / yo desisto / yo quisiera morirme / yo yo yo / yo. / Qué es eso.» Es curioso que Alejandra Pizarnik se preguntase exactamente lo mismo. Es curioso que a las poetas más grandes de la historia las una la inclinación por la muerte, el cuestionamiento del «yo» pero no como elemento poético sino como único medio de supervivencia: entender el mundo no es un capricho sino una necesidad; restregarse por el lodo no es una elección sino una orden de batalla. Estas poetas, Vilariño, Pizarnik, Plath, Anne Sexton, se rompían el alma; en sus vidas no había ni delicadez ni cuidado, no había nadie que mirase tras ellas y cuidase de sus acciones. Tras el estruendo seguían estando ellas. «Esta diaria constante despedida», escribió Idea en 1963. Sí, la constante despedida de Alejandra fueron sus Diarios. Dice Ana Becciu en el prólogo a la edición que «la vida de Alejandra no fue una pose»; no, no lo fue, ni muchísimo menos. Si algo aprendemos con su lectura es que, precisamente porque no había ninguna pose, Alejandra fue quien fue como poeta; no hay lugar a una representación, no hay lugar a creerse lo que no se es. Sus miedos, sus batallas, quedaron en estas páginas como demostración de aquello por lo que pasa un escritor al que le duele serlo. Ser escritor no es fácil; uno ha de armarse de valentía para colocar una palabra detrás de otra y dejarse ir un poco por entre las líneas que, nunca, nadie entenderá en su totalidad, en toda su dimensión. Es difícil recomponerse tras el vacío, tras el vómito sobre el papel o en la máquina de escribir; difícil volver a escribirse después, volver a respirarse después. A Alejandra se le llenaban los pulmones y cada órgano de su cuerpo con algo tan cálido como helado que debía soltar; soltar lastre para volverse a encontrar. La escritura lleva a la escritura, y también a la destrucción. Para Alejandra supuso una trinchera en la que aliado y enemigo eran la misma persona: ella. Ella como mujer, ella como poeta. Y qué terrible le resultaba esa soledad y cuánto la ansiaba cuando la perdía. La guerra más librada, como ya he dicho, era privada: Alejandra vs Alejandra. Batalla en la que no podemos posicionarnos porque amamos las amamos a las dos.

Alejandra Pizarnik era dramática pero real: «La locura. Ella ronda.» / «Mi vida es demasiado grande para mí.» / «No sé cómo saldré de todo esto, si llegaré a salvarme o si lo mejor será suicidarme ahora mismo.» / «Dentro de muy poco me suicidaré.» Pizarnik es sinónimo de vértigo, es la espiral de la espiral, es la victoria y es la derrota, es la masa que nos da forma y que le da forma a ella. Es la Anne Sexton argentina. Es la poeta que ha de ganar nuestras guerras, la que ha de poner palabras a nuestra miseria. Quizás, y sólo quizás, también a nuestra felicidad. Es la herida y es el hilo que la cose. Es el órgano que no sabíamos que nos faltaba. Es la mujer que buscaba refugio en la niña que nunca fue. Es el abismo y la tierra firme. Es la huida que es el miedo y es el miedo que es la huida. Todas esas Alejandras están delineadas con sumo cuidado en estos Diarios. «Es como si me hubiera tragado un muerto. Como si me hubiera forrado de cenizas a sangre. Como si la peste se hubiera enamorado de mi destino.» La peste no, la vida, Alejandra. Y nosotros. Qué poeta se hubiese perdido el mundo si Alejandra no hubiese sido Alejandra Pizarnik, si no hubiese luchado por ser quien fue, es y será. Y qué poca salvación nos quedaría a los que necesitamos de las palabras de otros para justificar (y explicarnos) nuestra propia existencia.

[Artículo aparecido en el número 23 de la revista Granite & Rainbow. Para su descarga gratuita PINCHAR AQUÍ.]

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