La impedimenta de la soberbia

The winner takes it all, decía una canción de ABBA, y bien es lo que podría cantar el protagonista de la novela de Terry Southern, “El cristiano mágico”, en un alarde más de poder y soberbia. Porque Guy Grand, el infame y excéntrico millonario que se pasea por las páginas aderezando su maldad mientras mira por encima del hombro a todo bicho viviente. Un hombre que no escatima en esfuerzos, ni en gastos, para demostrar hasta qué punto el hombre es un ser necesitado que se arrastra, si es necesario, que se humilla, si es necesario, que veja, si es necesario, para conseguir un puñado de dólares o uno de los grandes. Y es que en esta novela de Southern, publicada en Impedimenta, se muestra, con total impunidad, la soberbia de los ganadores, que siempre queda a la luz en los tabloides y entre la sociedad, pero también la soberbia del perdedor, que siempre va acompañada, a diferencia de la de los ganadores, de la avaricia y la envidia. El perdedor, es decir, el pobre, el humillado, el vejado, la rata de cloaca que sale de su cueva en cuanto huele el dinero, es soberbio por necesidad; entiende, el pobre, el desgraciado, que sólo la soberbia puede sacarle de la mendicidad. Se equivoca, por supuesto, pero hasta en eso son soberbios y necios: creen a pies juntillas que tienen razón y se dedicarán, quizás con más ahínco que Guy Grand, a demostrar que de pobre también se pueda salir, aunque sea lleno de mierda y sin un ápice ni resquicio de dignidad. La soberbia es una de las lecciones que aprendemos con esta novela, elimina cualquier rastro de dignidad; el orgullo, la chulería, devora cualquier sentimiento positivo y lo transforma en un abismo insondable. El precipicio, por supuesto, sólo lo ve el ganador, y Grand es un experto en serrar puentes de madera y cuerdas de supervivencia.

Las dos novelas publicadas también en Impedimenta, “Reina Lucía” y “Mapp y Lucía”, dejan en evidencia una realidad sorprendente: el ridículo constante al que se exponen las clases altas.  Lección número dos: la soberbia hace absurdo al ser humano: personajes que muestran, sin saberlo y con un orgullo estúpido, su más absoluta gilipollez; personajes que están encadenados a las apariencias, atados y abotonados a unas reglas sociales que degradan lo que son, en realidad, y lo que no son, y cuya tan latente soberbia les lleva a pensar que el pedestal sobre el que sitúan sus vidas les salva de cualquier reacción, maldad o desgracia. No saben que el mundo se ríe ante su supina estulticia y tontería. Lección tres: la soberbia se quita el disfraz y es un esqueleto; y tiembla por la falta de seguridad y la sobreexposición. Esos huesos no van a levantar el mundo. Esos huesos no pueden sostener el dinero.

Se me ocurre pensar en qué relación hubiese existido entre Guy Grand, ese déspota soberbio de “El cristiano mágico” y Reina Lucía, o entre Grand y Mapp. Sabemos que la relación entre estas dos bellas e indisciplinadas damas inglesas es una batalla que enardece a base de odio y envidia; se matarían si pudieran. En la intimidad se tiran de los pelos, se muerden, se escupen, y en la escena pública se aguantan entre sonrisas y falsedades. Mapp y Lucía son las damas más prepotentes, narcisistas y orgullosas que alguna vez ha contemplado la literatura inglesa. Ni el señor Darcy podría superarlas, tampoco Dorian Gray. Y me da por pensar en qué ocurriría si juntásemos a los tres, a Grand, Lucas y Mapp en una misma habitación. ¿Se acabaría el mundo tal y como lo conocemos? Es posible. ¿Lucharían sus egos, su orgullo, su soberbia, su alta estima por sí mismos a vida o muerte? Sin duda. El enfrentamiento por la supremacía absoluta, como antaño, sería feroz; todos creerían merecerse estar en lo alto del podio, todos tendrían, bien dispuestos, discursos en los que quedarían reflejados sus muchos poderes, capacidades, habilidades y aptitudes para ser los reyes del cortijo, y todos desplegarían su soberbia, como si de una manta se tratase, para acabar convirtiendo a los contrarios en sus súbditos. Gracias a dios, pienso, que además no son escritores, pues su ego no encontraría límites. Y es que estos tres son de armas tomar. Imparables.

“El cristiano mágico” esconde un sin fin de críticas a la sociedad; críticas mordaces y hábiles dispuestas por las entretenidas páginas de Southern. Es evidente que vivimos en una sociedad donde lo único que realmente se valora es la propiedad, el patrimonio, el dinero, las apariencias. Guy Grand es salvaje, y se compara al capitalismo: devora al pez pequeño, que es el común de los mortales, cuya libertad sobrevive cosida a un umbral de la pobreza cada vez más cercano. Y quien es poderoso carece por completo de escrúpulos. Exactamente igual que les ocurre a Mapp y Lucía: su lucha por mantener su cetro alcanza cotas verdaderamente denigrantes, aunque hilarantes para el lector. Pero, en realidad, parándonos a analizar el prototipo humano que se nos presenta, deberíamos cuanto menos ruborizarnos al saber, con certeza, que no son invenciones de un escritor en el nirvana de la inspiración, sino muestras reales de lo que es el ser humano: un lobo que se devora a sí mismo, sí, pero que antes devora para mostrar su poder. La soberbia tan brutal en la que el dinero sitúa a las personas es, en realidad, el lobo del cuento. La soberbia es la arena movediza que el poderoso, el rico, aquel que contempla largas horas su belleza en el espejo o en el reflejo del agua en la fuente, dispone delante de las cabezas de turco, que somos todos los demás. Y quien cae lo hace por la soberbia –del perdedor, por supuesto, porque the winner takes it all, no nos olvidemos– de creerse capaz de engullir al pez grande. Por eso nunca se habla del perdedor, es demasiado humillante para el ser humano. La grandeza, sin embargo, aunque repugnante, ha de mostrarse siempre. La patada, la vergüenza, el pecado.

La lección de estos libros es que la soberbia humilla a grandes y pequeños, que el orgullo es quien, en realidad, gana siempre. No existe el pudor ni la dignidad: la soberbia ya ha engullido a su víctima. La impedimenta de la soberbia que nos sume en pozos que nadie, nunca, debería alumbrar.  A la soberbia es mejor dejarla morir.

[Artículo aparecido en el número 20 de la revista Granite & Rainbow. Para descarga gratuita, PINCHAR AQUÍ.]

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