A trinchera abierta

Han pillado a la Rowling haciendo trampas. No. Esto en realidad no es verdad. Lo que ha hecho la escritora de Harry Potter es absolutamente lícito, y es lo que deberían hacer todos los escritores: publicar bajo pseudónimo. Sólo de esta forma sería posible que la obra se juzgase como debe ser juzgada: con la objetividad que nos brinda el texto y con la subjetividad de quiénes somos frente a él. Sólo olvidándonos de si es una mujer o un hombre quien escribe, de si es de tal o cual país, de si nos cae mejor o peor, de si es un novel o un escritor consagrado, el libro, la novela, el poemario, llamadlo equis, está en igualdad de condiciones. No me importa que las editoriales no dispongan de tantos medios para la promoción. Esto, incluso, puede ser beneficioso para ellos y también para los lectores: podrían nacer nuevas fórmulas para acercar la lectura a la gente, fórmulas atractivas y más eficaces, y no las ya obsoletas y terribles estrategias que tanto nos aburren. (Esto, sin embargo, es otro tema.) Si lo que cuenta es de verdad la literatura, el escritor o escritora no es más que un simple mago: lo que debe quedar de relieve es el truco que no vemos, la sorpresa a la que nos exponemos —o la bomba, ojo— y el aplauso que merece —o no. El escritor, por tanto, debe hacerse desaparecer y dejar el vacío —lleno o repleto, eso va a gusto del consumidor— que supone un libro. El éxtasis, el placer, el milagro.

Rowling se llamaba Robert Galbraith. El libro, “A Cuckoo’s Calling”. Ella no quería que se revelase su identidad. Un abogado violó el secreto y la confianza de la escritora británica. Aunque parezca un culebrón no lo es. Ahora, por supuesto, el libro es un éxito de ventas. Hasta revelarse la identidad, sin embargo, el libro había vendido cerca de 1500 ejemplares, cifra nada desdeñable si tenemos en cuenta que era un autor desconocido y que era una primera novela. Vender eso en España es un hito. La novela, que narra un crimen, había recibido buenas críticas y para Rowling había supuesto una experiencia liberadora, como ella misma confesó: «Ha sido maravilloso publicar sin expectativas o exageraciones previas, y ha sido un auténtico placer recibir las críticas bajo un nombre distinto». Nadie había relacionado esta novela con Una vacante imprevista, la primera novela “para adultos” de la escritora. Nadie vio relación, nadie vio un estilo “parecido”, un corte “semejante”. ¿No tiene Rowling un estilo propio? ¿No es Rowling una escritora de raza? En cualquier caso, una cosa es cierta: sabe vender, bajo pseudónimo o a cara descubierta. Sabe tocar las teclas necesarias para que la gente quiera leerla por delante de los clásicos, de los buenos escritores y los poetas. Con esto no quiero decir que J.K. Rowling no sea buena escritora. Lo es. A mí me ha hecho soñar. A mí me ha dado la vida. Aún creo en la magia. Eso, supongo, es lo que hace ella: magia. Y por eso la compramos, por eso hablamos de ella.

El tema, en cambio, no es ese. Rowling quiso que se la juzgase por su literatura, por sus creaciones, y no por ser quien es. A ella le ha salido bien. ¿No deberíamos hacer lo mismo con unos cuantos escritores españoles del panorama actual? Que elijan un pseudónimo y escriban; que lo publiquen, que lo leamos. ¿De verdad creéis que no nos llevaríamos unas cuantas sorpresas? ¿No sería la única forma de ser justos, dejando amiguismos a un lado, dejando la mayor parte de subjetividad en un cajón y dándole al texto la importancia que merece única y exclusivamente por ser un texto que se deja criticar sin el respaldo del autor, a trinchera abierta? Muchos dirán: la obra no puede defenderse. La obra ha de defenderse por sí misma. La obra debería ser, en sí, la víctima y el verdugo, la causa y la consecuencia. Si la novela no tiene el peso suficiente como para dar bofetadas y apretones de mano por sí misma, es una obra que carece de lo que debería carecer: integridad, solemnidad, literatura. El arte se explica a través del arte. Si falla en esa misión, que es una de las más básicas, no es arte sino acercamiento a, no es arte sino intento, no es arte sino batalla perdida. Y la literatura debe ser siempre un caballo ganador. Como J.K. Rowling o como Robert Galbraith.

[Columna aparecida en el número 24 de la revista Granite & Rainbow. Para descarga gratuita PINCHAR AQUÍ.]

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