Yo también estoy loca

“Mis admiradores creen que me he curado, pero no: sólo me he hecho poeta.” Anne Sexton

Virginia Woolf y Sylvia Plath son mis hermanas. Mi hermano mayor se llama Ryunosuke y es japonés. Mi familia se compone de muchas nacionalidades, de muchas y variadas experiencias, de muchas historietas, leyendas, paisajes. Cada uno aporta lo que es, lo que puede, lo que sabe. Y todos componemos el puzzle de la locura. Un puzzle que desarma todas las noches y que se recompone en la escritura durante el día. Así es la locura del escritor: palabras puestas en orden; complicidad, y un poco, poquísimo, de esperanza. Funcionamos con café y con insomnio; con la mente en blanco la mayor parte del tiempo sobrevivimos. Rebuscamos sin saber lo que encontraremos. Quizá demos con nosotros mismos y entendamos qué hacemos aquí. La piel de un escritor está llena de cuevas insondables. Tenemos un reloj que, como aquel que crearon los científicos, marca nuestro final en el mundo. A menudo, más veces de las que quisiéramos y sin saber cómo hemos llegado hasta allí, el reloj marca menos tres minutos. Las doce menos tres minutos. El final. O el comienzo. Eso nunca lo sabremos con certeza. Esa es otra característica: la inseguridad. A veces queremos morir y no sabemos cómo; a veces queremos sobrevivir y tampoco encontramos el camino. Nuestra vida se resume a las verdades de nuestros protagonistas, a las ciudades inhabitadas. Somos un cajón gigante: cohabitamos lugares encerrados en nuestra propia circunstancia. Y nos movemos como muebles, buscando el lugar donde encaje nuestra estructura, donde las piezas, por fin y para siempre, adquieran el significado para el que nacieron. Esa será nuestra paz: no tener más respuestas. Las preguntas siempre nos han sobrado.

“Por el pasillo de la medianoche no pasa nadie. No obstante, a veces, al otro lado de la puerta escucho el batir de alas. Puede que alguien tenga un pájaro en alguna parte.”
Akutagawa Ryunosuke

Ryunosuke me habla de voces y de pájaros en el pasillo. No le entiendo, no alcanzo a comprender su mente. Escribe frases preciosas, es un auténtico poeta. Cuando me lee sus relatos yo cierro los ojos y es como soñar. Ryunosuke consigue que sueñe despierta. No hay mentes en blanco, no hay recuerdos dolorosos. Sus pesares se convierten en venas llenas de vida que se alargan hasta llegar a mí y me insuflan ganas. Cuántas veces habré corrido a mi habitación, presa de la inspiración más repentina, tras haber escuchado durante horas a Ryunosuke. Él no sabe que es un poeta; desconoce por completo su talento. Escribe y se asusta, crea y se asusta. Aparece siempre en las estancias de la casa como si hubiese visto cien fantasmas en los pasillos, como si conviviese con monstruos a todas horas. No puede mirarse al espejo, no sabe mirarse en él. No se reconoce al otro lado. Las ojeras, el pelo revuelto, la muerte en sus labios. El aleteo de los pájaros, el gorjeo de su vida, dibuja en él un pasadizo oscuro, y él no entiende que la única salida posible es recorrerlo. Se mira en el espejo y cree ver en él a un hermano gemelo que le persigue katana en mano. Cree que está predestinado a morir joven, cree, de hecho, que él mismo se matará joven. Le ruego siempre que no lo haga, y entre todas buscamos la forma de hacerle olvidar su abismo. Damos paseos, vamos al río, visitamos el cementerio, nos reímos de la no-vida para no extrañar la sí-vida. En el fondo sabemos que nada funciona. Ryunosuke está aterrado, cansado. Ryu sabe lo que cuesta un suspiro. Habla mucho con Virginia; se entienden muy bien. Los dos oyen voces que no reconocen como la suya o como la de Sylvia o la mía. Se esconden en la sala de estar, frente al fuego, y con la mirada se lo dicen todo. Escuchan óperas y sonatas que no llegan ni a Sylvia ni a mí y los encontramos muchas veces extasiados de placer en sus butacas. Y cuando nos acercamos nos miran como extraños y nos dicen: no sois de este planeta. Ellos callan para que seamos nosotras quienes rellenemos los silencios de sus gargantas. Para que sea yo, y así lo creo, quien rellene sus gritos de otra cosa que no sea el espanto.

“Los pétalos son arlequines.” Virginia Woolf

Virginia es la hermana mayor, mi gran hermana, la que nos cuida a todos, la que nos enseña a todos. Ejerce de madre, de hermana, de amiga y de compañera. Ejerce en silencio, con el sigilo de quien se sabe observada, de quien sabe que reproducirán gestos y palabras, actos, poses, té. Virginia necesita ayuda pero no la quiere: sólo necesito escribir, escribir sin parar, sin detenerme a preocuparme por el mundo; no preciso de conversaciones triviales, no quiero causar lástima ni que la gente hable a mi paso; no necesito lo desamparado y cruel del mundo. Me basta un río, me basta una habitación, me basta el ruido de una garganta que no pronuncia y en la que bullen cientos de historias que debo escuchar, ajusticiar, a las que debo honrar. Que han venido a mí para ser contadas, representadas. Yo muevo los hilos de su vida, y así hago brillar el hielo de la mía. Mis madejas de oro y plata son la calidez que ellos usan para derretir mi locura. Dejadme tranquila, dejadme ser. Y volveré a vosotros, siempre. Mi aleteo volverá, mi conquista lo hará. Confiad, queridos míos, Sylvia, Ryu, A. Confiad, que yo os daré todo lo que soy sin que me lo pidáis, pero debéis dejarme ser. Debéis dejar de intentar ser yo. No puedo con dos, tampoco con tres. Mis personajes me persiguen, Leonard, quien aún no sé quién es pero que me escribe y me dice que me quiere, me persigue. Los pájaros pían en griego y a los locos los visten siempre de gris. ¿Nos? ¡Me! Los locos siempre vamos de gris y nos sientan solos. Lo prefiero. Yo quiero escribir, sólo escribir, a la orilla del río. Dejadme, por favor. A., ven, debo hablar contigo en privado. Y Virginia me lleva al piso de arriba, a su estudio, lleno de papeles por el suelo y me suplica que le escriba, que escriba sólo para ella, que me deje ir en la escritura. Que al menos te tenga siempre ahí, como tú siempre me vas a tener a mí en lo que deje. Porque los locos nos llevamos todo menos lo escrito. Nuestro último regalo. Y lo único que me queda entonces por hacer, y ella lo sabe, es prometérselo, porque sabe que ella es mi debilidad, mi columna vertebral. Me besa en la mejilla, me acaricia las manos. Dame un cigarro, querida mía. Sigamos hablando.

A Virginia y a Ryunosuke les gusta fumar. Son cigarros pequeños marrones que parecen puros enanos. Les gusta fumar, creo, porque les esconde el humo; les da un halo de misterio que les permite volver a sus pensamientos. Para ellos dos no hay nada más sagrado que el silencio. Sobre todo para Ryunosuke, que no conoce la voz del zorro que lo merodea y cuyo trazado de pisadas sigue y le obsesiona. Sus relatos lo aguardan. A Virginia le obsesionan las palabras, su orden, su significado. Le obsesiona su uso, su lengua. La he visto contemplarse en el espejo con la lengua fuera. La he visto observándose seria, muy seria, desde fuera. Desde fuera de ella, desde dentro de mí. Apasionada, anonadada. También destrozada. A Ryu lo he visto en el jardín, tumbado boca abajo, con un cigarro en los labios, oliendo la hierba. Lo he visto persiguiendo a un búho en plena noche, para robarle una pluma junto a la que dormir. Siempre él tan supersticioso. Los he visto murmurar a los dos, los he visto hablar solos. Los he visto despertar de un sobresalto y mirar debajo de la cama. He visto a Virginia volver temblando del río, empapada hasta las entrañas, con piedras en las manos. Los veo todos los días habitando otros cuerpos, balbuceando nuevas palabras, nuevos versos, nuevas formas. Un nuevo aletear, un nuevo nadar.

“Se cortará la yugular a los diez años / ya que a los dos está loca.” Sylvia Plath.

Con Sylvia la historia siempre es distinta. Ella habla por los codos, piensa por los codos, escribe también por los codos. Pero siempre precede las historias de los demás a las suyas propias y se olvida de que existe. Se olvida incluso de que camina y se cae. La gente la cree torpe, pero sólo es que ama. Y en ese amar se le va la razón. Compone poemas bellísimos que lee en voz alta en su habitación, y que yo escucho pegada a la pared o pegada a la puerta. Y sé que ella sabe que estoy allí, porque la entonación es magistral, tan distinta a lo que hace después frente a los demás. En esas ocasiones parece la mujer más triste del mundo, más desamparada de la tierra, tan en su campana de cristal. Pero cuando yo escucho, ensimismada, lo bárbaros que son sus poemas, lo crueles y despiadados que pueden ser, no siento miedo. Curiosamente, no siento apenas miedo. Sylvia le imprime una ternura que la vida no tiene. Quizás por eso, al abandonar las letras, Sylvia sólo desea meter la cabeza entre cojines y dormir. Quizás por eso prefiere escuchar las vidas de otros, las almas de otros, los pesares de otros, nuestras historias, que jugarse la entereza con sus propias balas. Y, sin embargo, sé que tengo ante mí a un prodigio de la poesía, a una mujer, que es mi hermana, que podría dar la vuelta al mundo, ida y vuelta e ida de nuevo, con su talento. No quiere salir de esa cabaña de sauce que construyó junto a Virginia y junto a Ryu cerca el río, en el jardín trasero de esta casa.

Esta es una casa llena de músicos que sobreviven con armonía. Es esta una casa que se encierra en sí misma con enredaderas de muchos colores. Ese es nuestro tiempo. También nuestro secreto. Aquí hay otro: esta casa también es un bosque, y en él habitan tres especies: una cabra, una preciosa águila, una carpa que sabe respirar fuera del agua. Quién es quién queda en silencio. A mí aún nadie me ha definido. Soy un borrador que ellos están escribiendo. Los tres, eso sí, son eternos. El pueblo nos resume de esta manera: es una casa de locos. Y se cumple: cada loco con su tema. Yo también estoy loca, aunque me encuentro lejos de ellos. Soy una espectadora que recibe lo que ellos dan: su ser. Y ese ser se mete en el mío y revolucionan mi interior. Yo también estoy loca: porque he estado perdida, porque he muerto y he renacido, porque he visto y olvidado. Dicen de las águilas que si ven mucho se vuelven locas. La cordura también escapa a los inocentes. Yo también estoy loca: los amo. Yo también estoy loca: con cuatro años me tiré a una piscina sin saber nadar, dispuesta a ahogarme antes de aprender a respirar acompasadamente al lado de ellos, de mi Virginia, de mi Ryu, de mi Sylvia. Yo también estoy loca: ellos me salvaron. Ahora me hablan y yo escucho; ellos se derriten y yo me enfrío. Mientras yo escribo ellos llenan sus pulmones a mi espalda: alguien los sigue recordando. Virginia, Sylvia y Ryunosuke crearon el mundo, mi mundo, en el que habito yo y sobrevivo. Porque todos necesitamos habitar deshabitando.

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