destejer el tiempo

El tiempo no manda. Ni tan siquiera a veces puede ejercer de trampa. ¿Sabes por qué no? Porque es el cuerpo el que manda. Porque es la piel y sus innumerables desvíos los que ejercen de dioses y predisponen. El tiempo no es más que un cúmulo de tristezas que vaga haciendo daño, robando, fingiendo. ¿Y el cuerpo? El cuerpo es terriblemente peor que el tiempo, pequeña. El cuerpo es una cárcel. La piel es una condena. ¿Y los labios? La llave de la cárcel que te tragarías. Siempre viviremos en prisiones, ¿entonces? Miro a sus ojos en esa fotografía, me está sonriendo con ellos, y pienso que sí, que siempre viviremos en prisiones, enjaulados y enloquecidos, volviendo una y otra vez a esos recuerdos que decapitaríamos, que quemaríamos, que enterraríamos. Nos ahorramos el esfuerzo. Sabemos que, pese a todo, volverían. Siempre lo hacen. Por la sangre, por las entrañas. Sed de vísceras tienen los recuerdos. Alguien ha dicho hoy: «¿Quién no firmaría ya por tener una amnesia como un pino?» Yo firmaría. Pero con una cláusula: amnesia para todo menos para la vez que crucé aquel puente con ella a mi lado. Nunca había amado tanto aquel paisaje como cuando sus pies producían el mismo sonido que mis pies, como cuando aquel viento helado nos refugiaba en un mismo estado. Amnesia para todo menos para ese faro ondeando sobre aquel río.

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