Cómo es el querer

Estamos acostumbrados a leer cartas, novelas, poemas de amor. Estamos acostumbrados a que el amor arranque la ira de nuestros huesos y quede escrito en papel. Escribir calma la rabia, el odio. Escribir calma incluso el amor. Y en las cartas (y no puedo dejar de recordar aquellas que escribieron Pasternak, Tsvietaieva y Rilke en aquel verano de 1926) nos dejamos todo nuestro ser. En las cartas de Virginia (Woolf), por ejemplo, descubrimos a la verdadera Virginia. En sus “Las olas”, una novela que bien podría haber sido poesía, es el amor el núcleo de unión entre sus personajes. Toda novela arranca de un sentimiento y se ancla a tantos otros: la desesperanza, la nostalgia, la melancolía, el dolor, los gritos. Las cartas son gritos y el amor es un gran abismo. A veces, creo, por eso existe la literatura. Por el amor; por lo que se cuenta y no, por lo que se intenta y se arriesga, por lo que se coloca en la cuerda que separa al funambulista de la gloria… o del fin. La literatura, como el amor, significa vencer y ser vencido. En realidad, si lo piensas bien, el amor nos relega a la última posición, y da igual lo que hagamos para evitarlo. Y las cartas de amor… Las cartas de amor son siempre barrancos. Mirad a Anais Nin, sin ir más lejos. Mirad a Dylan Thomas. Mirad a los Fitzgerald. No hay carta de amor sin disparo en la sien. Ahora bien, mirad a Viktor Shklovski: se enamoró y no podía hablarle a su amada de amor, así que se inventó un modo de escribirle cartas que no hablasen de amor pero que estuvieran repletas de él. Contemplad el riesgo que supone escribir una carta en la que mostrar todo lo que eres, todo lo que sientes, todo lo que necesitas, a través de observaciones sobre la guerra y sobre la vida. Si el fin último es que la persona entienda el fuego que arde en ti y te quema la piel… ¿cómo es posible que el mensaje llegue si se habla del recuento de situaciones vividas en el día, por ejemplo, o de anécdotas de gente conocida? Shklovski lo consigue. Shklovski se sube a lo alto de una cima y grita, mientras en el papel dejan silencios que… sí, también gritan.

«Eres la ciudad en la que vivo, eres el nombre del mes y del día.»

«Parece que pronto me hundiré, pero incluso allí, bajo el agua, donde el teléfono no suena y los rumores no llegan, donde es imposible que me encuentre contigo, te seguiré amando. Te quiero, Alia, y tú me obligas a estar colgado del estribo de tu vida.»

Estos dos fragmentos forman parte de la segunda carta que Viktor envía a Alia, antes de que Alia le pidiese que, a cambio de permitirle que le escriba, lo haga sin hablar de amor. Y añade: «Tu amor me asusta, un día me harás daño por haberme amado de este modo.» El amor asusta, claro, y Viktor lo sabe. Él le dice que es por Rusia. Rusia, dice, lo hacía fuerte, es Berlín quien le está consumiendo las fuerzas, quien le hace amar vivamente a esa Alia que se refugia en la distancia física y emocional. Pero Viktor arde, tiembla. Viktor nieva, como su Rusia. Y el frío asusta a aquella que está acostumbrada a contemplar el fuego a su alrededor. Cuántas pasiones habrá provocado Alia, cuántos corazones habrán quedado en una estación, entre vía y vía, bombardeados.

Viktor acepta. «No se puede escribir sobre amor. Entonces, escribiré sobre Zinovi Grzhebin, el editor.» Pero también le dice: «Toda mi vida es una carta para ti.» Parece que Viktor vivía y recordaba cosas triviales —y otras no tanto— con el único fin de tener qué escribirle a Alia. Pero, a veces, no lo puede evitar. Su río se desborda y truena. Sabe que vendrá el naufragio. Sabe que hablarle de amor a Alia no sirve de nada. Ella le contestará y será como si nunca le hubiese dicho que la ama. Alia es inmune al amor. Eso es lo que descubrimos. El amor de Viktor no le interesa. Y sin embargo… A veces Alia le pregunta a Viktor si la quiere. El volcán y la lava. El deseo, la tentación… y la cobardía. O el juego. Decía Jeanette Winterson en su novela “La pasión”: «Se juega, se gana, se juega, se gana. Se pierde.» Viktor juega y siempre pierde. Se arruina emocionalmente. Se queda vacío y debe salir a respirar para volver a llenarse. A llenarse de Alia para poder vaciarse de Alia desépus, y vuelta a empezar. La droga de los amantes. El morderse la cola. Morderse. Hacerse sangre. Alia, a veces, es una carnicera. «Me has dado dos encargos», le dice Viktor, «no telefonearte y no verte. Así que ahora soy un hombre ocupado. Hay un tercer encargo: no pensar en ti. Pero ese no me lo has confiado.» Alia es un disparo, es una pistola llena de heridas que están dispuestas a descuartizar. Y Viktor es un vagabundo, un vagaAlias. Decía Carmen Martín Gaite que, a veces, cuanto más largo era el hilo más corta era la distancia. Eso es lo que Viktor pretende. Pero Viktor no ve que Alia es una gran tijera que va cortando los hilos que Viktor trenza todas las noches, todas las mañanas, a todas horas. Viktor sale a por historias que contarle a Alia y ella… Ella se guarda en un cajón y le habla de la vida. ¿Acaso Alia entiende de qué va la vida? ¿Acaso sabe Alia lo que es la vida, así a secas, la vida a secas, sin pretensiones, ni máscaras, ni disfraces? ¿Acaso se puede saber lo que es que, como decía Mathias Enard en “El alcohol y la nostalgia”, unas falanges que no son las tuyas te retengan en el mundo? Viktor lo sabe, y “Zoo o cartas de no amor” son la demostración.

Viktor arriesgó su vida, arriesgaba su vida a cada minuto que amaba a Alia, pero él no lo sabía. Decía Shakespeare que el amor nos hace ciegos. Winterson también decía en “Escrito en el cuerpo” que son ese tipo de frases hechas las que nos hacen daño. «El tiempo todo lo cura», por ejemplo. Qué tristeza de clichés. Y qué tristeza de cartas las de Viktor pero qué extraordinario imán de magia son. Qué poder tienen. Son una batalla. Alia, me temo, es el enemigo a batir. Enemigo que caerá a base de amor. Viktor sabía: «No conocíamos otra cotidianeidad que no fuera la de la guerra o la revolución. Quizá nos perjudica, pero no podemos escapar de ella.» Y dice también: «Pero cada soldado lleva su derrota en la mochila. En el campo de batalla, una vez muerto, se da cuenta de su destino. No sabemos ser ligeros.» Exactamente. Viktor no sabía ser ligero, y bendita desgracia, ¿no? Él no lo sabía pero yo necesitaba que unas cartas así existieran. Hay una frase en “El.Powerbook”, de Jeanette Winterson, que dice algo así: «a veces me preguntas por qué no puedo amarte con más calma, y yo te respondo que amarte con más calma sería no amarte en absoluto.» Parece que la escritora estuviese leyéndole la mente a Shklovski. Viktor no supo amar a Alia de otra forma, ni falta que hacía. No entiendo el amor de otra forma. No entiendo que alguien pueda hacerse un nudo y aguantarse, sobrevivir al arder, al fuego, a la tentación. Hacerse un nudo y pretender. No lo entiendo a menos que no se ame. Y Alia… Si Alia amaba, o amó, a Viktor es algo que debe descubrirse a través de la lectura de este libro. Y Viktor… Viktor sufre en proceso. Los estadios de la guerra, me digo. Y él me dice, entonces: «Hay gente con palabras, y gente sin palabras. La gente con palabras no desaparece y, créeme, he tenido una vida feliz.» Portentoso Viktor. Pero esperad, que no ha acabado: «Se me han pasado las ganas de escribir. No quiero más cartas. No necesito una guitarra. Me da igual si mi amor se parece o no a la transmisión irreversible. Sencillamente no me importa nada. Sé que ni siquiera guardarás mi carta en el cajón derecho de tu mesa.» Después de eso, la nada. El silencio. El mío, digo. Y el dolor de entenderle demasiado bien. Sí, eso también.

¿Dónde está el riesgo en “Zoo o cartas de no amor”? En todo, y en nada. Como en sus cartas, que hablan de amor sin hablar. El riesgo está en el amor negado pero asumido y, sobre todo, en seguir adelante. Porque las cartas siguieron. «Todas mis cartas hablan de cómo amo.» De poco le sirvió a Viktor, como él mismo dijo, pensar en salvar el mundo. Primero debía de salvarse él y él estaba dispuesto a dejarse morir por Alia. «Vivir a pleno pulmón duele. Y en esto me estás ayudando mucho, Alia.»

Termino con una frase que habla de Viktor y habla de mí: «Te quiero como es el querer: para siempre.» Y se cierra el telón. Gracias, ViktOr.

[Artículo aparecido en el número 25 de la revista Granite & Rainbow. Para su descarga gratuita PINCHAR AQUÍ.]

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